El nominalismo y el realismo en la filosofía medieval

 Dra. Rita María Buch Sánchez[1]

Universidad de La Habana

Hacia el siglo IV a.n.e. Roma comienza a extender sus dominios sobre el Lacio y otras regiones de Italia y en el 

270 a.n.e. ya había llegado a dominar a toda la Italia peninsular. Durante el siglo II a.n.e.  expande su poderío 

fuera del ámbito de la península itálica y tras las guerras púnicas (264 – 201 a.n.e.) la república romana domina 

el Mediterráneo. Paralelamente se apodera de importantes territorios del Oriente (antiguos reinos de Alejandro 

Magno) y Occidente (galos, hispania, entre otros). Esta es la época en que se produce el tránsito de la república al imperio, el cual se extenderá desde el año 30 a.n.e. hasta el 476.

 

Las conquistas romanas determinaron la paulatina desaparición de los estados aislados; la implantación de un 

régimen despótico de violencia; la esclavización de las provincias y la imposición de un régimen de injusticia 

social, todo lo cual fue generando en las provincias romanas la aparición de un sentimiento de apatía y 

desmoralización de la población, no sólo entre los esclavos, sino también entre los hombres libres. Poco a poco se fue apoderando de las grandes masas un sentimiento de desorientación y desesperación. Es en este contexto, que surge el cristianismo, en los primeros años del imperio romano, el cual coincide con la etapa más crítica y compleja, desde el punto de vista económico, político y social.

 

Particularmente, bajo el reinado del emperador Augusto (30 a.n.e. - 14) dentro del judaísmo y en tiempos de la 

diáspora en Palestina, surgieron varias sectas religiosas,  algunas de las cuales representaban religiones basadas en la espera de un Mesías o salvador. En esta época, según la tradición, nació y vivió Jesús de Nazaret, quien por su prédica universalista entre el pueblo hebreo – la cual no era coincidente con el judaísmo - fue perseguido y  finalmente condenado por los judíos a ser crucificado por el poder romano – tal y como era común en aquella  época - .  Para los judíos, que sufrieron más que ningún otro pueblo el yugo del dominio extranjero (persa, greco-sirio, etc.) la espera del Mesías  se convirtió en la piedra angular de la religión, en particular, para algunas sectas, como los esenios (también conocidos como silenciosos, o meditadores de los misterios) y los nazarenos. De una de estas sectas, probablemente surgió en los primeros años de nuestra era, el cristianismo original.

 

Si en la primera etapa de su desarrollo, la religión cristiana no fue más que una de las tantas sectas judías que 

proliferaron en ese tiempo en Palestina, ya a fines del siglo I se había fortalecido, sobre todo  al incorporar 

elementos de origen no hebreo.

 

En el marco de la crisis social generada por el imperio romano, el cristianismo como religión, cumplía determinadas exigencias y reunía características que en gran medida determinaron su rápida difusión:

 

- Frente a las religiones tribales y luego nacionales, se presentaba como una religión mas elástica, no unida a las limitadas condiciones nacionales de un solo territorio o provincia.

- Podía satisfacer las demandas de las heterogéneas masas que formaban la desdichada población, desheredada

por la fortuna, del imperio romano, por cuanto se presentaba, a partir de su prédica, como una religión universal, supranacional.

- Aspirar al papel de religión universal, en ese contexto de crisis social,  podía sólo hacerlo una religión que 

renunciara a levantar obstáculos que dividieran a los hombres por su raza, lengua, tradiciones o posición social y económica.

- Centraba su prédica en dos conceptos fundamentales de su dogmática: pecadosalvación y ofrecía al 

creyente una vida mejor y más justa, después de la muerte, lo que contribuía a brindar consuelo y esperanza a 

los sectores más desposeídos de la sociedad. 

 

Es por esto que Engels planteó que la condición fundamental para el surgimiento del cristianismo fue la formación del imperio romano.[2] 

 

Los primeros cristianos sufrieron una gran persecución por parte del imperio. Pero a comienzos del siglo IV, el 

cristianismo había logrado un gran número de adeptos y representaba un verdadero peligro ideológico para el 

poder imperial de Roma. Bajo el reinado de Constantino (312 - 361) y mediante el Edicto de Milán (313) el 

cristianismo es reconocido como la religión oficial del imperio romano. Años más tarde, en el 325, en el Concilio 

de Nicea se formularán los dogmas fundamentales de la fe cristiana, quedando así fundada la Iglesia como 

Institución.

 

Paralelamente a este proceso de aceptación y oficialización de la religión cristiana en el imperio romano, los 

primeros padres de la Iglesia comenzaron a desarrollar una labor apologética, en defensa de la doctrina cristiana

y se dieron a la tarea de crear, sistematizar y unificar su sistema doctrinal, conformando la filosofía Patrística 

(siglos I – VIII), la cual puede definirse como  la especulación filosófico-teológica, llevada a cabo por los primeros padres de la iglesia cristiana en los primeros siglos de nuestra era, en la cual se destacan figuras como Orígenes, Clemente, Tertuliano y Aurelio Agustín, obispo de Hipona, este último reconocido como el máximo exponente de esta filosofía.

Si bien al principio la Iglesia cristiana no había establecido un proyecto teórico, con el decursar del tiempo y, 

debido fundamentalmente a los ataques del poder imperial y de la filosofía pagana contra la religión, se hizo 

necesaria una exposición sistemática de la doctrina cristiana, para defenderse de sus enemigos externos e 

internos y con el objetivo de ganar adeptos aceleradamente.

 

Es por esto que el propósito inicial de la Patrística fue el de discutir, rechazar y convencer sobre las “verdades 

reveladas”, en aras de fundamentar teórica e ideológicamente al cristianismo y para ello se vio en la necesidad 

de establecer una alianza con la filosofía grecolatina, al encontrar en ella los fundamentos teóricos que le 

permitieran lograr sus objetivos y supo beber  en las fuentes del idealismo filosófico clásico (fundamentalmente 

el platonismo y el neoplatonismo) ahora reinterpretado en un espíritu religioso. Durante la Patrística, el centro 

de la problemática filosófica fue el problema de la relación entre la fe y la razón.

 

Por su parte, la Escolástica occidental (siglos IX – XIV),  como especulación filosófico-teológica que se desarrolló durante el  feudalismo, abarcará cinco siglos en correspondencia con la propia integración, auge y disolución de las estructuras de la sociedad feudal en Europa occidental, pero sus raíces podemos encontrarlas  a partir del siglo V,  en el que se produce el hundimiento del imperio romano de occidente.

 

El “problema de los universales” tiene sus orígenes en las primeras traducciones y comentarios que hace Boecio 

(480 – 524) – conocido como el “último de los romanos”-  a algunos tratados pertenecientes a la lógica de 

Aristóteles. En su obra “Consolación de la filosofía” realiza comentarios a las “categorías” del estagirita, lo cual 

dará origen al problema de los universales (o conceptos generales), al interpretar en éste una posición 

nominalista respecto a los conceptos generales.

 

En el año 529,  el emperador Justiniano ordena el cierre de todas las escuelas filosóficas  de Atenas, que habían 

mantenido viva la tradición filosófica del mundo antiguo. Con el tiempo, se irá acentuando el abandono de la 

investigación naturalista y el interés se  concentrará cada vez más en Dios, la fe y el alma humana, como 

componentes fundamentales del discurso filosófico cristiano.

 

En correspondencia con su propia especificidad, la Escolástica desde sus orígenes se definirá como la expresión 

abstracta y clasista de las relaciones económico-sociales del feudalismo; de igual modo,  su evolución se 

comprenderá  como reflejo del propio desarrollo de la sociedad feudal en que ésta se engendra y desarrolla.

 

En el contexto de la sociedad feudal, en la que predominan la fragmentación territorial y el estatismo social, la 

iglesia representó un poderoso instrumento de dominación que posibilitó la unificación  espiritual a partir del 

cristianismo como religión, a la vez que concentró en sí misma un gran poder económico.

 

El advenimiento del feudalismo en Europa,  produjo una decadencia temporal de la economía. Estamos ante  

una economía sin mercados, eminentemente agraria, destinada al autoconsumo de los feudos, donde no existe 

el intercambio y la propiedad territorial deviene la única fuente de renta y riquezas. La vida urbana pierde 

importancia y su decadencia da paso a una vida rural, basada en la autosuficiencia económica, política, social 

y cultural de los feudos.

 

Se trata de una sociedad, en la cual una exigua minoría pudiente impone su cultura, su visión del mundo, sus 

intereses sociales y económicos. En esta estructura social se inserta la iglesia con plenos poderes como clase 

dominante, que se impondrá de forma autoritaria y coercitiva, a través de la fe y las verdades eternas, por 

cuanto tiene en su poder los instrumentos de “la salvación del alma humana”.

Prácticamente, toda la vida intelectual de la sociedad (la ciencia, el arte, la moral, etc.) en fin, todas las formas

de la conciencia social se subordinan a la religión. En particular, la filosofía llegará a convertirse en una sierva 

de la teología.

En concordancia con su propia definición, la Escolástica (del latín scholae; escuela) puede considerarse como la

especulación filosófica que se cultivó en el feudalismo y su desarrollo se asocia primero a la actividad de los 

conventos y luego a las catedrales y universidades. Fue un movimiento doctrinal extenso, en conformidad con 

la ampliación de la base social de la iglesia.

 

Así, el carácter del discurso escolástico, estuvo directamente  asociado a la enseñanza, por cuanto su origen y 

desarrollo se relaciona estrechamente con la función social de los “escolásticos”, como maestros de artes 

liberales,  función que determinará la forma y el método de la propia actividad literaria, así como  del discurso 

filosófico.

En sus cinco largos siglos de existencia, el contenido de los conceptos y categorías con los cuales opera la 

filosofía escolástica,  sufre toda una evolución, así como los problemas que rigen su desarrollo teórico-

especulativo: 1) el problema de la relación entre la fe y la razón (presente desde la Patrística) y 2) el problema 

de los universales (o conceptos generales) que requería una respuesta desde el punto de vista gnoseológico, 

acerca de la existencia de los universales, o bien como “entes” ideales con existencia propia (Realismo) a la 

manera de las ideas platónicas, o bien como simples nombres que sólo existen en el entendimiento humano 

como nombres que designan determinados objetos (Nominalismo). Ambos problemas en conjunto, constituirían 

el núcleo de la problemática filosófica de la Escolástica.

 

En correspondencia con el desarrollo de la Escolástica y los problemas filosóficos que ocupan su atención,  

suelen distinguirse tres etapas:

 

1) Escolástica Temprana (siglos IX – XII).

 

En esta etapa, el dominio del clero en la sociedad es prácticamente absoluto.  La iglesia concentra un gran 

poder material y espiritual e intenta establecer un orden único, que justifique el orden social existente. De 

este modo, crea un estado de ánimo apocalíptico, de huída del mundo y anhelo de muerte; provoca una 

permanente excitación religiosa, predica el fin del mundo y el juicio final. Organiza peregrinaciones, emprende 

guerras santas (cruzadas) para reconquistar territorios y excomulga a emperadores y reyes. Proliferan los 

monasterios, monopolizando la cultura.

Se destacan en la misma, figuras como las de Anselmo de Aosta, Pedro Abelardo y Bernardo de Claraval. 

Prevalece el realismo sobre el nominalismo y predomina la mística y la subordinación de la razón a la fe, con 

excepción de Pedro Abelardo que representa la postura del “racionalismo teológico”, a partir de su máxima: 

“Entender para creer” y abraza la postura nominalista.

 

2)  Escolástica Madura (siglo XIII).

 

En esta etapa, nos encontramos ante una iglesia como institución ya consolidada, que ha emprendido campañas

 (cruzadas) de las cuales ha salido victoriosa. Se intensifican las  luchas entre el poder imperial y el poder 

eclesiástico (entre el pontificado y el imperio). Se caracteriza por una reanimación paulatina del comercio y de 

la vida urbana. Surgen nuevamente las ciudades, en las cuales las catedrales y universidades ocuparán  un lugar importante en la transmisión del conocimiento y de la fe, como reflejo de la nueva mentalidad que se va formando. 

 

Se observa un incipiente desarrollo de la ciencia (aritmética, álgebra, astronomía) y la técnica (navegación, 

óptica, ingeniería) por una parte, y por otra, del comercio, la artesanía y la navegación, en gran medida gracias

al intercambio con el Oriente y la cultura árabe, producto de las cruzadas.

 

El siglo XII se caracterizó por un sensible aumento de los movimientos sociales de carácter herético, lo que 

generó un amplio movimiento social de emancipación contra la iglesia, que se manifestará a través de herejías 

populares  (cátaros, albigenses, valdenses, etc.), cuyo telón de fondo era la predicación de un ideal de vida 

religiosa y santa, volviendo a la simplicidad evangélica del cristianismo original. 

Como respuesta a este hecho, el papa Inocencio III ordenó una cruzada (1207 – 1214) de gran crueldad, que 

en gran medida acabó con los herejes, mas no con las herejías.

 

La entrada masiva de las obras greco-árabes por medio de las escuelas de traducción y recuperación filológica 

(Toledo, Nápoles, Roma, Oxford, etc.) trajeron al Occidente europeo una fuerte influencia del pensamiento 

escolástico árabe y judío, mucho más tolerante que el cristiano, con relación a la ciencia y a la relación entre 

filosofía y teología.

 

Penetran en Europa las obras de Avicena (980 - 1037) médico y filósofo árabe, conocido por su “Cánon sobre 

Medicina” y sus “Textos sobre Metafísica”, en los cuales expresa importantes ideas emanacionistas y manifiesta 

la coeternidad de Dios y el Mundo.

 

Por su parte, otro destacado pensador árabe, Averroes (1126 – 1198) más tarde será conocido a través de su 

importante obra “Compendio de Metafísica”, en la cual,  imbuido del espíritu aristotélico, expresará importantes 

ideas, tales como la eternidad del mundo y su infinitud en espacio y tiempo; la coeternidad de Dios y la 

naturaleza; el carácter continuo y eterno del movimiento natural; el reconocimiento de la materia como  sustrato universal de todo movimiento y la teoría de la doble verdad, según la cual, las verdades de razón no tienen por qué coincidir con las verdades de fe.

 

Penetran también las ideas de importantes pensadores judíos, como Avicebrón (1021 – 1070), portador de una 

concepción sobre el mundo panteísta – emanacionista y  Maimónides (1135 – 1204) quien desarrolla 

especialmente el racionalismo aristotélico, en su famosa “Guía de los descarriados”.

 

La obra de Aristóteles, imbuida de su auténtico espíritu naturalista desemboca como caudal indetenible que 

incita a su lectura directa mediante traducción o por la vía de los comentarios sobre el estagirita, hecho por 

árabes y judíos.

 

La influencia del averroísmo es indetenible en el mundo latino, logrando adeptos hasta entre los más ilustres 

doctores en teología de la Universidad de París, centro de la cultura escolástica europea.

 

En 1215 se celebra el Concilio de Letrán (1215) que  confirmó la doctrina sobre el poder de los papas, instituyó 

los tribunales inquisitoriales y autorizó la creación de las órdenes mendicantes. Surgen las primeras, entre las que se destacan franciscanos y  dominicos, por su labor proselitista, aunque desde perspectivas divergentes. Dichas órdenes agrupaban a hombres que, apartados de cualquier interés temporal y del menor apego a su tierra, se ponían al servicio exclusivo del pensamiento cristiano.

 

Por su parte, el Papa Inocencio III  desempeñó un importante papel en la fortificación de la unidad cristiana y 

en la lucha contra las herejías. Desde el punto de vista intelectual, alentó a la Universidad de París, que reunía, 

bajo los nombres de la facultad de artes, derecho y teología, a escuelas ya florecientes, pero dispersas y que 

ahora aunaban sus esfuerzos intelectuales en torno a la enseñanza de la teología cristiana.

 

Por cuanto en esta época, sólo el Papa tenía poder de decisión sobre la enseñanza de la teología en la 

universidad, Inocencio III pretendió organizar esta enseñanza, de manera que contrarrestase por todas las vías 

posibles, el peligro que suponía para la teología el desarrollo desmesurado de la dialéctica y la irrupción desmedida del aristotelismo.

 

En 1219 llegaría a expresar: “la inteligencia teológica... debe ejercer su poder sobre cada facultad, de la misma 

manera que lo ejerce el espíritu sobre la carne, y dirigirla hacia el camino recto para que no se extravíe”. Más 

tarde, Gregorio IX en 1231 lanzaría la consigna: “que los maestros de teología no hagan ostentación de filosofía”.

 

Como resultado de esta política del papado, la filosofía quedaría reducida al arte de discutir y extraer 

consecuencias, partiendo de premisas sentadas por la autoridad divina. Se trataba de lograr la unidad del 

cristianismo a toda costa, por motivos sociales y políticos más que intelectuales.

 

Durante el siglo XIII se traducen todas las obras de Aristóteles al latín (ya fuera del griego o del árabe), 

proporcionando la revelación directa de un pensamiento pagano puro, hasta entonces desconocido casi en su 

totalidad.

Ya desde mediados del siglo XII se había desarrollado en Toledo una escuela de traductores bajo el auspicio del 

arzobispo Raimundo (1086 – 1151), que había empezado a traducir del árabe los Analíticos Posteriores, los 

Tópicos y las Refutaciones de los sofistas. Por su parte, Gerardo de Cremona (muerto en 1187) tradujo 

importantes tratados, como los Meteoros, la Física, Del cielo, De la generación y corrupción, etc.

Posteriormente, el conocimiento del griego se extendió y se hicieron traducciones al latín de la Metafísica.

 

Guillaume de Moerbeke (1215 – 1286) - gran amigo de santo Tomás -, Enrique de Brabante, Roberto Grosseteste y Bartolomé de Mesina, fueron grandes helenistas que en el siglo XIII tradujeron gran parte de las obras de Aristóteles, especialmente la Política, ignorada por los filósofos àrabes. También se traducen las obras de los comentaristas árabes y judíos (Al Kindi, Al Farabi, Avicena, Averroes y Avicebrón.

 

Tales traducciones tuvieron un efecto fulminante sobre el mundo intelectual cristiano. Fueron develadas las ideas de Aristóteles sobre un mundo eterno e increado, sobre un dios que era sólo concebido como primer motor 

inmóvil, un alma que era la simple forma del cuerpo y que debía nacer y desaparecer con él, sin que tuviera 

algún destino sobrenatural, todo lo cual suprimía de golpe el drama cristiano de la salvación, la creación, la caída, la redención y la vida eterna.

 

Ya en 1211, el Concilio de París prohíbe enseñar la física de Aristóteles y en 1215, en la Universidad de París, 

sólo se admitían los libros del estagirita sobre lógica y ética; se prohíbe la metafísica y la filosofía natural.

 

El papa Gregorio IX ordena la difusión del aristotelismo, expurgado de cualquier afirmación contraria al dogma y 

hacia 1255 Aristóteles llegaría a convertirse en una autoridad indiscutible, por cuanto fue cristianizado.

 

Hacia 1285 existe todo un enfrentamiento entre franciscanos y dominicos. Los primeros, inspirados en el ejemplo 

de San Francisco de Assís y partidarios de la doctrina de San Agustín (también conocido como el “Platón cristiano”, estuvieron representados en el siglo XIII por Juan Fidanza de Toscana (1221 – 1274), más conocido como San Buenaventura en el ámbito intelectual. Por su parte, los dominicos, inspirados en Aristóteles, tendrían como máximo exponente a San Alberto Magno y a Santo Tomás de Aquino.

 

Mientras los franciscanos defendían la idea, según la cual,  la filosofía, escasamente diferenciada de la teología, 

se esfuerza en alcanzar a Dios,  siguiendo el modelo del  neoplatonismo,  por su parte los dominicos  reclamaban 

una separación completa entre la teología revelada y una filosofía que asumiera como punto de partida la 

experiencia sensible y el método racional, afirmando su autonomía e independencia respecto a la teología.  

En su obra In Hexamerón, San Buenaventura en relación a la contraposición entre las dos òrdenes, expresaba: 

“Los predicadores (dominicos) se entregan principalmente a la especulación, de la que han recibido su nombre, y 

después a la devoción; los menores, (franciscanos) se entregan principalmente a la devoción y después a la 

especulación”.

 

Respecto a los franciscanos, hay que decir que San Francisco de Assís, fundador de la orden, ya habìa dado un 

gran impulso a la vida espiritual. Entre sus seguidores, se destacan Juan de Parma; Alejandro de Hales (1170 – 

1245); Juan de la Rochelle (1200 – 1245) y el ya citado San Buenaventura, conocido también como el doctor 

seráfico, quien con sólo 36 años, llegó a ser general de la orden y enseñó en París entre 1248 y 1255.

 

Entre los dominicos se destacan particularmente, dos pensadores. El primero fue San Alberto Magno (1206 –1280) - doctor universal -. Iniciador del movimiento intelectual de los peripatéticos cristianos, fue profesor de Teología en la Universidad de París, de 1245 a 1248 y lector en Colonia, de 1258 a 1260 y desde 1270 hasta su muerte.

 

El segundo Santo Tomás de Aquino (1225 – 1274) - también conocido como el  doctor angélico -. Discípulo de 

Alberto Magno, fue Santo Tomás quien en su pensamiento expresa el esplendor y madurez de la Escolástica, por 

cuanto su sistema se presenta como la síntesis intelectual más completa de la dogmática del medioevo.

 

Su sistema constituye una síntesis filosófico-teológica que parte del aristotelismo, adaptándolo a los dogmas de 

la fe cristiana, mediante su conciente adulteración o tergiversación. De tal manera, emprende la defensa, 

justificación y fundamentación de la fe cristiana, desde una nueva perspectiva que establece a partir de la 

distinción entre filosofía y teología.

 

Como se ha expresado anteriormente, ante la irrupción del aristotelismo, ya el papa Gregorio IX había exigido un 

estudio sistemático del estagirita, para ver la posibilidad de adecuar sus teorías a la ciencia de la fe. El primer 

intento en esta tarea se debió a Alberto Magno, pero es Aquino, quien la lleva hasta sus últimas consecuencias. 

 

Esta tarea implicaría para Aquino:

 

- Examinar cuidadosamente a Aristóteles, con el fin de extraer su ciencia racional y fundirla con las 

verdades que Dios ha revelado a los hombres.

- Separar y distinguir claramente filosofía (razón) y teología (fe), señalando sus diferencias y 

complementación. La filosofía, como ciencia natural, se orienta a través de la razón hacia la realidad que 

circunda al hombre, al ser de lo creado y eleva al hombre, de lo sensible hasta el principio creador: Dios. Por su 

parte, la teología, en tanto ciencia divina, se orienta a través de la fe, al ser de Dios.

 

Esta distinción entre filosofía y teología será el punto de partida metodológico, para dar respuesta al problema de la relación entre la fe y la razón. Al respecto, Aquino planteará:

 

1) La fe no anula la razón.

2) La ciencia divina no destruye la ciencia humana, antes bien, la perfecciona, la dignifica, la libra de errores.

3) La razón es auxiliar de la fe, así como la filosofía es auxiliar de la teología.

4) La razón debe argumentar, demostrar, aclarar las verdades de la fe y debe rebatir opiniones contrarias a 

la fe por medio de la argumentación teórica.

5) Las verdades de razón  deben coincidir con las verdades de fe.

6) Existe una relación doble de concordancia y subordinación entre la razón y la fe, entre filosofía y teología.

7) No existe contraposición entre la fe y la razón.

 

Respecto a la respuesta que ofrece Tomás de Aquino ante el problema de los universales, puede plantearse que 

éste asume la postura del Realismo moderado, por cuanto el universal existe de 3 modos:

1) Ante rem  (en la mente de Dios), como idea perfecta de las cosas creadas.

2) In re (en las cosas creadas), como forma o especie de las cosas.

3) Post rem (en el entendimiento humano), como conceptos, nombres, que existen en la mente del hombre.

 

Así, según él, la idea preconcebida por Dios, la encontramos posteriormente en las cosas naturales y por último, 

el entendimiento humano las elabora mediante un proceso de abstracción.

 

3)  Escolástica Decadente (fines siglo XIII – XIV).

 

Esta tercera y última etapa, culminará con la disolución de la Escolástica. En la misma, desempeñarán un papel 

fundamental los llamados “maestros de Oxford”, pertenecientes a la orden de los franciscanos. Ellos constituyeron una corriente de pensamiento, que mostró un especial interés por las ciencias matemáticas y experimentales.

 

Como precursor de esta corriente, despunta particularmente Roberto Grosseteste, quien falleció en 1253. Escribió 29 tratados sobre óptica, astronomía, acústica, meteorología, etc. y desde el punto de vista filosófico, sostuvo una concepción del mundo emanacionista, resumida en el siguiente fragmento: “Todo es uno, surgido de la perfección de una luz única, y las cosas múltiples sólo son tales, gracias a la multiplicación de la luz misma”.

El fundador de esta corriente fue Roger Bacon  (1214 – 1294), conocido como “doctor admirable”. De espíritu 

ardiente, fogoso e indomable, fue discípulo de Roberto Grosseteste. En 1278 fue condenado por el general de la 

orden a la pena de cárcel y estuvo recluido durante 14 años en las prisiones de la iglesia, debido 

fundamentalmente a sus concepciones astrológicas, sus ideas en favor de la ciencia experimental y por su 

denuncia ante la corrupción y falsedad del clero.

 

Como datos interesantes sobre la personalidad de Bacon, están su interés por la técnica y la ingeniería (imaginó 

máquinas voladoras con forma de pájaros, que no requerían de la tracción animal; realizó estudios sobre la 

pólvora y sus aplicaciones en la guerra. Puede considerarse un precursor de la filosofía moderna por su crítica al 

método escolástico.

 

Entre sus planteamientos fundamentales, pueden sus planteamientos fundamentales, pueden citarse, que veía en Clemente IV al papa anunciado por los astros para convertir la tierra entera al catolicismo; señaló que el experimentalista es el experto que sabe extraer y utilizar fuerzas ocultas de la naturaleza, desconocidas para el resto de los hombres; declaró la ciencia experimental como ciencia secreta  y tradicional que consiste en la investigación de las ciencias ocultas y en el dominio que su conocimiento proporciona al experto; planteó la existencia de dos tipos de experiencia: externa (dirigida a la naturaleza y al conocimiento de sus fenómenos) e interna (iluminación secreta, sólo recibida por patriarcas y profetas). 

 

Otro de los maestros de Oxford es el franciscano Duns Escoto (1265 – 1308) “doctor sutil”. De vida breve,  

nació en Escocia. Estudió Artes y Teología en las universidades de Oxford y París, donde fue doctor en 1306. 

Fue excomulgado y expulsado de la iglesia. Murió en Colonia en 1308. 

Carlos Marx y Federico Engels expresaron sobre él:

 

“…el materialismo es un hijo innato de la Gran Bretaña… Ya el escolástico Duns Escoto se preguntaba si la materia no podría pensar. Para obrar este milagro, iba a refugiarse a la omnipotencia divina...Duns Escoto era, además, nominalista. Entre los materialistas ingleses encontramos como elemento fundamental el nominalismo, que es, en general, la primera expresión del materialismo”[3].

 

Entre sus principales ideas pueden citarse: su concepción nominalista; su denuncia sobre el carácter nocivo de 

las riquezas eclesiásticas; su idea acerca de las ventajas de la pobreza para la iglesia; su lucha contra el poder 

papal; la diferencia radical que establece entre verdades de razón (propias de la metafísica y válidas para todos 

los hombres) y verdades de fe (a las cuales la razón sólo puede someterse y tienen validez sólo para los 

creyentes); la distinción que establece entre “filosofía”, en tanto  metafísica, conocimiento teorético, ciencia 

necesaria en el más alto grado, fundada en principios evidentes y en demostraciones racionales, y “teología”, 

como conocimiento práctico que condiciona y determina la voluntad y la recta acción del hombre, la cual  no 

puede llamarse ciencia en sentido propio, en tanto sus principios no dependen de la evidencia de su objeto, no 

estando subordinada a ninguna ciencia, ni ninguna otra ciencia a ella.

 

Por último, entre los “maestros de Oxford”, se debe destacar la personalidad de Guillermo de Occam   (1290 – 

1348). De origen inglés, constituye el más ilustre de los nominalistas franciscanos. Sus partidarios fueron 

llamados, terministas o conceptistas. Se conoce que en 1324 fue citado a comparecer en la corte de Avignon 

para responder por algunas tesis sospechosas contenidas en su “Comentario a las sentencias”. En 1326 fueron 

censurados 51 artículos de esa obra y en 1328 tuvo que huir de Avignon, refugiándose en Pisa y luego en 

Munich, donde permaneció hasta su muerte.

 

Entre sus principales ideas se destacan las siguientes:

 

1) Los universales son signos o significaciones, imágenes que representan a las cosas singulares. El universal es siempre un predicado que puede decirse de muchas cosas. Su universalidad consiste sólo en su función significante, por la cual el concepto es un símbolo natural predicable de muchas cosas. Los universales existen sólo subjetivamente, en el entendimiento humano y sólo en éste poseen realidad mental.

 

2) La naturaleza constituye la única realidad cognoscible por el hombre a partir de la experiencia y es ésta la fuente de todo nuestro conocimiento (externa e interna).

 

3) Las verdades de la teología (unidad de Dios, su infinitud, su trinidad...) son puros artículos de fe. No son evidentes por sí mismas. La teología constituye un acervo de nociones prácticas, desprovistas de evidencia racional y validez empírica.

 

4) Declara insoluble y estéril, el problema de la relación entre la fe y la razón. La filosofía tiene por objeto la naturaleza, mientras que la teología constituye un conjunto de verdades prácticas sólo válidas para el creyente. 

 

Teología y ciencia se oponen, así como la fe se opone a la razón.

 

5) Se pronunció contra el absolutismo y la supremacía papal, idea a la cual opuso la propuesta de libertad de conciencia religiosa y de investigación filosófica.

 

6) Apelando a la tesis de la pobreza de Cristo y sus apóstoles, combatió al papado, en particular al de 

Avignon, rico, despótico y autoritario. En tal sentido,  planteó que el poder absoluto del Papa representa la negación del ideal cristiano de la iglesia como comunidad libre, en la que el poder del Papa sólo debe representar la libre fe de sus miembros.

 

7) Planteó que al papado no le pertenece el poder absoluto, ni en materia espiritual ni en materia política, por cuanto el poder papal fue instituido históricamente en provecho de los súbditos y no para que les fuese quitada a ellos la libertad que la ley de Cristo vino más bien a perfec cionar.

 

Como se ha podido apreciar, el nacimiento y desarrollo de las tendencias nominalistas; la aparición del interés 

por el conocimiento experimental de la naturaleza; el comienzo de la emancipación de las ciencias naturales 

del dominio de la teología y la difusión de los conocimientos científicos incipientes, conducirían paulatinamente 

a la disolución de la escolástica y proporcionarían el terreno fértil para el surgimiento de las múltiples corrientes 

de pensamiento que aparecerán en el Renacimiento.[4]

Disputa de los Universales.

 

Recibe este nombre el problema, clásico en filosofía, de determinar qué tipo de entidad, o realidad, les compete 

a los términos universales. ¿Qué es, en realidad, «humanidad»? ¿Qué es verdaderamente «hombre»? Tras estos 

interrogantes, se halla como telón de fondo, la pregunta sobre qué clases de cosas existen. Como de ciertas 

cosas es obvio afirmar que existen, el problema se centró, teóricamente, en aquellas cuya existencia o 

inexistencia era problemático afirmar. W.V.O. Quine formula una cuestión similar preguntándose, en un conocido 

trabajo, «acerca de lo que hay». La respuesta de Platón era: «las Ideas existen»; la de Aristóteles, que 

«existen sustancias compuestas de materia y forma».

 

Históricamente, la polémica surge en el s. XI, en el seno de la filosofía escolástica medieval, pero sus 

antecedentes históricos se hallan en los comentarios de Porfirio (Isagoge) a Aristóteles, y en los comentarios de 

Boecio a Porfirio. El primero plantea inicialmente el problema: si los universales existen; si existen, existen 

separados de las cosas o no; si existen separados de las cosas, qué son. Boecio -«último de los romanos»-

considerado el punto de enclave entre el mundo antiguo y el medieval, transmite las preguntas que suscitaron, 

en la mente de los medievales, la existencia separada de las formas platónicas. Las posturas adoptadas ante la 

cuestión, en tiempos medievales y en la actualidad, son las tres siguientes:

 

a) Realismo extremo o platonismo: la afirmación de que los universales existen realmente, como las ideas 

platónicas.

 

b) Realismo moderado o conceptualismo: la afirmación de que sólo existen como entidades mentales o conceptos, a los que en la realidad corresponden propiedades de las cosas.

 

c) Nominalismo: la afirmación de que los universales no son más que nombres; sólo existen individuos (y, si acaso, para la filosofía moderna, algunas entidades abstractas -las menos posibles-, como las clases).

 

El primer autor medieval que opinó sobre la cuestión fue Roscelino, que sostuvo la tesis de que los universales 

son sólo una «emisión de voz», acentuando que los predicables no son sino sonidos, (flatus vocis), nombres 

(fonemas). Abelardo, discípulo primero de Roscelino y luego de Guillermo de Champeaux, se opuso tenazmente 

a la postura de realismo exagerado sostenida por este último. Para Abelardo, sólo existe lo individual, y sólo 

las palabras pueden ser universales; es el significado lo que les da universalidad.

 

El realismo moderado, inspirado en Aristóteles y Avicena, y cuyo representante más notable es Tomás de 

Aquino, sostiene que los universales existen como formas -esencia, naturaleza- de las cosas individuales.

Esta postura supone una elaborada teoría de la abstracción y de la constitución de las cosas por materia y forma, de inspiración aristotélica. El resultado es que lo universal no existe separado de las cosas, pero existe como esencia o naturaleza de cada cosa de la que se afirma: la «humanidad» no existe separada; sólo existe en la naturaleza de Pedro, Juan y Ana. Por lo mismo, el universal es también un concepto abstracto, porque por su 

medio conocemos lo que son (quo est) los individuos, los únicos que son (quod est). A esto se une la afirmación 

de que los universales existen también en la mente divina, a modo de arquetipos, o ideas ejemplares, (tesis ya 

defendida por san Agustín), ordenados a la creación.

 

Al realismo se opone la nueva lógica de Guillermo de Occam. Igual como sostenían los nominalistas anteriores, no existe nada fuera de la mente que sea universal; todo lo que existe es individual. Para explicar, no obstante, el conocimiento, además de crear un nueva teoría del conocimiento intuitivo del singular, crea una teoría lingüística de los términos lógicos. Un término, un nombre, es una vox (voz), en el sentido de producto fonético, o un sermo, o vocabulum, emisión de voz con significado; éste convierte una vox en un sermo. El significado le llega a un término por la suppositio simplex [sobre esta teoría véase Occam]: capacidad de un término para significar a muchos individuos concretos. La mente posee la capacidad natural de convertir en signo de muchos lo que ha sido conocido intuitivamente como un objeto particular. Así, lo universal es sólo mental y, en los individuos, nada hay de universal o común, de la misma manera que no hay «esencias». A un universal de la mente sólo le corresponde, por una parte un nombre y, por otra, una colección de individuos.

 

Realismo.

 

(del latín realis, de res, cosa, objeto, realidad) Creencia en que existe un mundo externo (realismo ontológico) y 

que puede ser conocido (realismo epistemológico). Estas tesis pueden son una simple afirmación ingenua y 

acrítica, si no se  fundamentan más que en la aparente evidencia de los sentidos (realismo ingenuo) o bien 

incluyen una fundamentación más o menos crítica. El realismo filosófico sostiene con argumentos la existencia 

de un mundo real independiente del pensamiento y de la experiencia, pero no afirma que percibamos el mundo 

tal como es en realidad. Es, pues, ante todo, una afirmación de tipo ontológico (acerca de que las cosas son), 

que implica una determinada teoría del conocimiento, así como una teoría sobre la percepción (acerca de que 

las cosas no son tal como aparecen).

 

Históricamente, el realismo es una de las soluciones que en la Edad Media se dio a la llamada cuestión de los 

universales, centrada en decidir qué grado de realidad hay que atribuir a los universales, o ideas abstractas. 

La primera de las tres soluciones dadas al problema, el llamado realismo exagerado, -mantenido, entre otros, 

por Agustín de Hipona y la escuela de Chartres- debe su origen  a la consideración, por parte de Platón, de las 

ideas o formas como  entidades subsistentes y separadas de los individuos particulares. El realismo moderado 

-mantenido, entre otros, por Alberto Magno y Tomás de Aquino-, en cambio, se remonta a la postura de 

Aristóteles que sitúa el universal, como forma que puede ser abstraída por la mente, en los individuos y cosas. 

Frente a esos realismos, el nominalismo sostuvo que los  universales o eran meros nombres o simples conceptos.

 

Nominalismo.

 

(del latín nomen, nombre, término) En la cuestión de los universales, la postura, iniciada por Roscelino, que 

sostiene que los universales no son ni conceptos (conceptualismo) ni objetos (realismo), sino sólo «nombres», 

que se aplican a grupos de cosas semejantes; la única realidad que corresponde al nombre es la emisión de 

sonido al pronunciarlo (flatus vocis) y la del individuo singular al que se aplica.

 

Los principales nominalistas medievales son Juan Roscelino, Pedro Abelardo y Guillermo de Occam.

 

Abelardo, Pedro (Pierre Abailard) (1079-1142).

 

Gran figura de la escolástica incipiente, nacido en Le Pallet, cerca de Nantes (se le llamó Peripateticus 

palatinus), fue discípulo de Guillermo de Champeaux, Roscelino y Anselmo de Laón, grandes maestros de su 

tiempo. En la colina de santa Genoveva, en París, fundó su propia escuela que rápidamente se vio frecuentada 

por estudiantes de todas partes. Maestro famoso en esta época, pero «ligero de corazón», como él mismo dice, 

tuvo una turbulenta historia de amor con Eloísa, discípula suya. Dotado de penetrante ingenio lógico y dialéctico, mantuvo en la cuestión de los universales una postura más bien nominalista, por cuanto no daba al universal otra existencia real que la de los individuos de los que se predicaba y de los que era signo o nombre.

 

Según él, los universales no son ni cosas (res) ni simples fonemas (voces), sino nombres (nomen, sermo) con 

significado, teoría que puede considerarse precursora de las teorías de Guillermo de Occam, en cuanto trata 

los universales como entidades lingüísticas y lógicas. Su afirmación, ambigua en realidad, de que en ética lo 

que más cuenta es la intención o la conciencia le acerca también en cierto modo a Kant. Bernardo de Claraval, 

reformador del Císter, se opuso decididamente al enfoque dialéctico y racionalista de la filosofía de Abelardo, y 

los sínodos de Soissons (1121) y de Sens (1140) condenaron algunas de sus tesis teológicas.

Tomás de Aquino (santo) (1225-1274).

 

Considerado el filósofo y el teólogo de mayor relieve dentro de la filosofía escolástica. Nació en el castillo de 

Roccasecca, Frosinone, hijo de Landolfo, conde de Aquino. Se educó en el monasterio de Monte Cassino y luego 

en la universidad de Nápoles (1239-1244), donde a los catorce años emprende el estudio de las «artes». En 

1244 ingresa en la orden de los dominicos. La madre, que se oponía a tal decisión, encarga a otro de sus hijos 

que le secuestre y encierre en el castillo. Libre, al fin, de la oposición de su familia, al cabo de un año marcha a 

París, donde es discípulo predilecto de Alberto Magno, a quien sigue luego a Colonia; vuelto a París, redacta el 

Comentario a las sentencias (1254-1256), inicia su labor como profesor y enseña en distintos lugares de Italia y 

Francia: Anagni, Orvieto, Roma, Viterbo, París y Nápoles. En esta época escribe sus obras, entre la que destacan Summa contra gentiles, escrito con finalidad misionera, y sobre todo la Summa theologiae, considerada la obra de mayor relevancia de toda la escolástica. Muere mientras se dirigía al concilio de Lyón, convocado por Gregorio X, en la abadía de Fossanova. Fue canonizado por Juan XXII, en 1323, y proclamado doctor de la Iglesia en 1567.

 

Tras la Contrarreforma, fue considerado como el paradigma de la enseñanza católica, pero sus doctrinas no 

siempre habían sido comúnmente aceptadas. En 1277, el obispo de París, Tempier, instigado por el papa Juan XXI, antes Pedro Hispano, y cuyos manuales se utilizaban en muchas universidades europeas, condena un determinado número de tesis entre las cuales una veintena son tomistas; el mismo año, Roberto Kilwardby, dominico y arzobispo de Canterbury, prohíbe una treintena de tesis en la universidad de Oxford, la mayoría de las cuales son tomistas.

 

Desde 1280, los franciscanos recurrían, con fines polémicos, a un Correctorio sobre el fraile Tomás, redactado 

por Guillermo de la Mare, en el que se pasaba revista a los errores tomistas.

 

El gran mérito que se atribuye a Tomás de Aquino es el de haber logrado la mejor síntesis medieval entre razón y fe o entre filosofía y teología. Sus obras son eminentemente teológicas, pero, a diferencia de otros escolásticos, concede, en principio, a la razón su propia autonomía en todas aquellas cosas que no se deban a la revelación. 

 

Para expresar esta autonomía y naturalidad de la razón recurre a la filosofía aristotélica como instrumento 

adecuado y, así, para combatir el averroísmo latino, utiliza sus propias armas: los textos mismos de Aristóteles. 

 

En la labor de armonización del aristotelismo con el cristianismo, algunas de las cuestiones que Tomás de Aquino 

ha de tratar de diferente manera son: Dios primer motor de un mundo eterno, el alma mera forma del cuerpo, la 

preexistencia de las esencias.

 

Concibe a Dios no meramente, a la manera de Aristóteles, como el primer motor que, desde siempre, mueve un 

mundo eterno, ni tan sólo a la manera de Averroes y Avicena, como causa primera de un mundo eterno, sino 

como el ser subsistente, o simplemente el ser mismo, noción que se constituye en la idea central de todo su 

sistema. «Ser», que en Aristóteles es la idea de «ser en cuanto ser», se convierte en «existir», y explica esta 

noción desde la idea de creación, como un recibir el ser de otro o un comenzar a existir por otro; el que crea, 

por tanto, ha de ser la perfección del existir, y en él se halla la plenitud o el acto puro de ser: actus essendi. 

Sólo en el ser subsistente, Dios, cuya esencia es existir, se identifica realmente la esencia y la existencia; en lo 

creado, esencia y existencia se distinguen y toda esencia, la del hombre, por ejemplo, llega a existir sólo cuando recibe el ser por la creación, siendo entonces un compuesto de esencia y existencia. La creación es un acto libre de Dios, que da origen al tiempo. La tesis del «ser como acto», central en la metafísica de Tomás de Aquino, exige el complemento de la analogía del ser: el ser que, según Aristóteles, «se dice de muchas maneras», permite entender a Dios a partir de lo creado afirmando a la vez que es muy distinto de todo lo creado. La analogía permite construir los argumentos de la existencia de Dios, o las conocidas cinco vías o maneras de llegar a saber que Dios existe a partir de las cosas.

 

Las ideas de Tomás de Aquino sobre el hombre son igualmente innovadoras, respecto de las de Aristóteles: el 

hombre es un compuesto de alma y cuerpo, pero el alma no es la mera forma del cuerpo, que perece con él; es 

su forma, pero le da además el ser y la individualidad: el hombre existe y es individuo por el alma, principio de 

vida vegetativa, sensitiva e intelectual; cada alma posee, a diferencia de lo que sostenían Averroes y Avicena, 

su propio entendimiento agente y su entendimiento posible; cada alma es por lo mismo depositaria de su propia 

inmortalidad. La autonomía que atribuye a la razón humana, aun siendo limitada, plantea en principio la posibilidad de una auténtica actividad filosófica independiente de la fe que, no obstante, Tomás de Aquino no llega a desarrollar. Escribió comentarios sobre diversas obras de Aristóteles y practicó todos los géneros literarios escolásticos de cuestiones disputadas, cuestiones cuodlibetales, tratados, etc.; destacan, además de las mencionadas, De veritate y De regimine principum.

 

Es destacable la aportación de Tomás de Aquino a la noción de estado moderno y al surgimiento de la ciencia 

política. Aplica el naturalismo aristotélico también a la sociedad, que llama civitas o civilitas, y distingue en el 

hombre la doble condición de ser «humano» y «ciudadano»: el ciudadano es el hombre político, no el mero 

hombre. Siguiendo a Aristóteles, para quien la naturaleza no hace nada en vano, tanto la civitas como la 

condición de ciudadano han de poder llegar a su plenitud; por lo que el Estado es un producto de la naturaleza 

del mismo modo que la iglesia es un producto de lo sobrenatural. La «congregación de hombres», que es el 

Estado, ha de poder alcanzar su plenitud lo mismo que la Iglesia.

 

Si el Estado es un producto de la naturaleza, también lo es la ley del Estado, o sea, la ley positiva, la cual, no 

obstante, deriva de la ley natural, por lo que ha de estar de acuerdo con ella. Toda ley se justifica únicamente 

por el bien común, y sólo éste justifica el poder.[5]

Referencias: 

 

[1] A continuación, la autora ofrecerá al lector una introducción general al tema, que aporta elementos 

metodológicos esenciales para el estudio de la filosofía cristiana en sus dos grandes etapas: Patrística y 

Escolástica. Para profundizar en el estudio de la filosofía medieval se recomienda consultar la Historia de la 

Filosofía (Tomo I) de Emile Bréhier.

 

[2] Marx  C. y Engels F. - Sobre la religión. Editora Política. La Habana, 1963, pág. 288.

 

[3] Carlos Marx y Federico Engels - “La Sagrada Familia”. Edit. Grijalbo. México, 1958, p. 194.

 

[4] Por encontrarse en proceso de redacción final el texto de la autora sobre este tema, en aras de ampliar la 

información, a continuación se brindarán varias definiciones tomadas del Diccionario Herder de Filosofía, así 

como datos sobre algunos autores representativos de las posturas fundamentales adoptadas por los filósofos 

escolásticos medievales, respecto al llamado “Problema de los Universales”::1) Realismo ( Extremo y  Moderado) 

y 2)Nominalismo.

 

[5] Diccionario de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996-99. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Todos 

los derechos reservados. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.

Dra. Rita M. Buch Sánchez

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