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Electivismo e Independentismo en el pensamiento cubano del siglo XIX.  

(Conferencia dictada en el Aula Magna de la Universidad de la Habana el 18 de noviembre de 2010 con motivo del  Día Internacional de la Filosofía, en el marco del XIII Taller Científico Internacional de la Sociedad Cubana de Investigaciones Filosóficas)

Autora: Rita Mª Buch Sánchez

Dra. en Ciencias

Dra. en Ciencias Filosóficas

Profesora Titular y Principal de Historia de la Filosofía

Departamento de Filosofía-Especialidad

Facultad de Filosofía e Historia

Universidad de la Habana  

INTRODUCCIÓN

 

Sobre la historia de las ideas en Cuba, se han desarrollado en los últimos años importantes investigaciones, fundamentalmente en el marco de la elaboración de tesis de maestría y doctorado, que poco a poco han ido ampliando y profundizando  considerablemente el conocimiento del origen y desarrollo de nuestra filosofía.

 

Cada día resulta más “extraña” y “obsoleta”, aquella concepción que insistía en que la filosofía latinoamericana que se desarrolló en la época de la modernidad, fue una “fiel copia”  o un “simple calco” de la europea, que por demás, llegó con retraso a nuestras tierras, producto de la colonización y del propio retraso intelectual de la España ilustrada.

 

Hacia finales del siglo XVIII, al calor de la influencia de las ideas de la Ilustración se observa en Hispanoamérica el surgimiento de una filosofía “electiva”, que proponía  elegir libremente entre todos los sistemas filosóficos, sin adscribirse a ninguno de ellos, seleccionando con orden, razón y mesura, aquéllos elementos que permitieran el paso de la Escolástica a la Modernidad, para conformar un pensamiento de nuevo tipo, portador de un nuevo método que permitiera superar los límites del viejo tomismo, y que sobre todo, fuera capaz de brindar  respuesta a los problemas prácticos de carácter económico y político-social que enfrentaban con urgencia las colonias, tan lejanas  de  la metrópoli.

 

En tal contexto, Cuba no fue una excepción. Hacia finales del siglo XVIII, ya encontramos los primeros intentos de la filosofía por superar los límites de la Escolástica, en la propuesta electiva del padre de nuestra filosofía e iniciador de esa tendencia en el pensamiento cubano. Me refiero a José Agustín Caballero, profesor de filosofía del entonces Real y Conciliar Colegio- Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

 

Bajo la influencia de sus enseñanzas y de su propuesta electiva, se formaron las mentes más preclaras y destacadas de nuestra intelectualidad.

 

En la primera mitad del siglo XIX, entre sus discípulos directos más connotados, se destacan entre otros, los nombres de Félix Varela y José de la Luz, quienes continuaron desarrollando la tendencia electiva iniciada por su Maestro.

 

Posteriormente, en la segunda mitad del siglo XIX, esta tendencia electiva sería retomada por José Martí, quien cierra de manera paradigmática el pensamiento filosófico cubano decimonono.

 

En el presente trabajo, se analiza el decursar de nuestra filosofía electiva a través de estos cuatro pensadores, que a mi juicio, se presentan como las figuras claves de esta tendencia. Por su vínculo orgánico y su significación los he denominado de la manera siguiente:

 

-José Agustín Caballero: El iniciador.

-Félix Varela: El continuador.

-José de la Luz: El polémico.

-José Martí: El integrador.

 

Ellos fueron, entre otros, nuestros padres fundadores, nuestros primeros filósofos, los que forjaron nuestra nacionalidad  e iniciaron la búsqueda de un pensar autóctono, no sólo en el ámbito estrictamente filosófico, sino también en la esfera de la ética y la política.

Considero que la tendencia filosófica electiva asumida por ellos como presupuesto de partida, fue el sustento teórico que permitió el surgimiento de las primeras concepciones políticas en el pensamiento cubano, las cuales en Caballero pudieran ser definidas como autonomistas, si bien muy pronto devinieron en el ideal independentista que definirá el pensamiento de Varela y de Luz, hasta alcanzar finalmente una postura radical en el pensamiento  y  la acción de nuestro Apóstol José Martí.

Este ha constituido el objetivo esencial y el hilo conductor del presente trabajo: Demostrar la relación indisoluble que existe entre electivismo e independentismo en el pensamiento y la acción de los padres fundadores de la nacionalidad cubana.    

 

I

Caballero: El iniciador.

 

José Agustín Caballero y Rodríguez de la Barrera (1762-1835), el iniciador de la Reforma Filosófica en Cuba,  fue el maestro de Filosofía del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, cátedra que ocupó desde 1785 hasta 1805, en la que pudo sentar las bases de un nuevo método de pensar, que enseñó sobre todo “verbalmente” a sus discípulos.

Su labor diaria, paciente y silenciosa en dicha cátedra, unida a su ejemplo personal y a su actividad educativa y divulgadora como destacado colaborador del Papel Periódico de la Havana y como activo miembro de la Sociedad Patriótica, fue poco a poco moldeando nuevas conciencias filosóficas y patrióticas en sus discípulos.

Entre las influencias que recibió Caballero desde el punto de vista filosófico, resalta la figura de Feijóo, también conocido como el Bacon español, quien tuvo una especial repercusión en Hispanoamérica y contribuyó decisivamente a madurar la idea acerca de la necesidad de incorporar las adquisiciones del pensamiento moderno europeo a la filosofía, y la urgencia de romper con el método y las concepciones imperantes de la escolástica aristotélico-tomista. Ambas ideas, junto a otras, sentarían las bases del Iluminismo que se produciría como movimiento de espíritu renovador en el campo de las ideas, en el continente hispanoamericano.

Caballero también manifestó una especial adhesión a las ideas del presbítero secular Juan  Benito Díaz de Gamarra y Dávalos (1745 – 1783), el cual constituye  una de las figuras más representativas  del llamado Reformismo Electivo en el pensamiento filosófico de la América hispana, durante la segunda mitad del siglo XVIII. En su obra “Elementos de filosofía moderna”, Gamarra daba a conocer el pensamiento moderno y abría nuevas posibilidades de superar la escolástica, a partir de la libre elección filosófica.  

Caballero, quien bebió de muchas fuentes teóricas, y en especial de Feijóo y de Gamarra, redacta sus lecciones de Philosophia Electiva, cuyo manuscrito representa la primera obra filosófica escrita en Cuba en 1797, para el curso de Filosofía que comenzaba en septiembre de ese año en el Seminario de San Carlos. El manuscrito original, en latín, al morir Caballero, pasaría a uno de sus discípulos, y después sucesivamente a diversos archivos privados, entre los cuales permaneció esa joya de la literatura filosófica cubana inédita durante 147 años. Finalmente, en 1944 fue traducida del latín al castellano por Jenaro Artiles y editada ese mismo año por la Biblioteca de Autores Cubanos de la Universidad de la Habana. 
  
La filosofía electiva, propuesta por Caballero a finales del siglo XVIII, significaba un gran impulso en la lucha contra la Escolástica, como filosofía aún predominante en las instituciones educativas de las colonias de ultramar, en tanto proponía y admitía la posibilidad de “elegir libremente entre todos los sistemas, sin adscribirse a ninguno de ellos”, lo que, de hecho representaba el surgimiento de un pensar autóctono, con matices propios y problemática de una isla que comenzaba a cuestionarse su propia realidad y a buscar sus propios caminos para alcanzar soluciones a intereses de todo tipo, pero sobre todo económicos y socio-políticos, que se diferenciaban sustancialmente de los de la metrópoli española.
 

Caballero define el método electivo del siguiente modo:

“Es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a que adscribirse[1].

Aquí resulta imprescindible una acotación aclaratoria.  

Debe establecerse con total precisión, la diferencia entre “electivismo” y “eclecticismo” en la filosofía cubana. El electivismo es un nuevo método de pensar y hacer filosofía desde y para Cuba, cuyo pionero sin precedentes fue José Agustín Caballero, quien en su lucha contra el método escolástico, de corte aristotélico-tomista, insistía en escoger lo mejor del pensamiento moderno europeo, que resultó ser, por una parte, la idea de Francis Bacon sobre la necesidad de la experimentación para el avance de la ciencia y el dominio de la naturaleza, y por otra, la duda y el método cartesianos, como armas indiscutibles contra la escolástica y el principio de autoridad. 

Con esta línea de pensamiento, se iniciaría una tradición electiva en la filosofía cubana, que se extendería a lo largo del desarrollo de las ideas en Cuba y encontraría sus más altos exponentes durante el siglo XIX en Varela, Luz y Martí, como se apreciará más adelante.

Por su parte, desde el punto de vista cronológico, el término eclecticismo, aun cuando históricamente data de los clásicos antiguos, aparece en la filosofía cubana con posterioridad al electivismo, asociado a la influencia recibida de la escuela de pensamiento francés, conocida también como eclecticismo espiritualista, cuyo máximo exponente fue Víctor Cousin (1792-1867). Los presupuestos teórico-filosóficos de esta corriente de pensamiento distan sustancialmente de los del electivismo cubano. El espíritu que orienta al pensador francés, está bien lejos del electivismo fundado por José Agustín Caballero. 
  
Cuando los escritos de Cousin comienzan a circular por Europa hacia 1815, ya hacía tres décadas que nuestro presbítero había ocupado la cátedra de Filosofía del seminario habanero, EN 1785. La fama de Cousin, llegó a la Habana entre 1830 y 1840, y encontró unos pocos adeptos, fundamentalmente en la Universidad de La Habana, entre los que cabe mencionar a los hermanos Manuel y José Zacarías González del Valle. En esta época, José de la Luz y Caballero se pronunciaría por escrito contra el eclecticismo espiritualista de Víctor Cousin, impugnándolo con particular fuerza y sentido polémico en una de las obras más críticas y audaces que haya conocido la bibliografía latinoamericana del siglo XIX. 

En la línea del electivismo (en tanto elección libre, aunque razonada), se inserta José Agustín Caballero como el padre de nuestra filosofía, como lo denominara el propio Martí, cuando  a  propósito de rememorar la personalidad de Antonio Bachiller y Morales escribiera:  

“Estudió en el Colegio de San Carlos […] cuando el sublime Caballero, padre de los pobres y de nuestra filosofía, había declarado, más por consejo de su mente que por el ejemplo de los enciclopedistas, campo propio y cimiento de la ciencia del mundo el estudio de las leyes naturales; cuando salidos de sus manos, fuertes para fundar, descubría Varela, tundía Saco y la Luz arrebataba(…)”[2]

De este modo, nuestro José Martí, heredero indiscutible de la más pura tradición filosófica cubana electiva, plasmada en la línea que parte de José Agustín Caballero y continúa en Félix Varela y en José de la Luz, entre otros discípulos, supo captar en toda su magnitud, la esencia y el significado de la enseñanza del padre Caballero en la Cátedra de Filosofía del Real y Conciliar Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio, cantera del patriotismo cubano, cuna de nuestra nacionalidad, forjador de conciencias dignas e ilustradas, taller de hombres íntegros y patriotas. 

Esta destacada institución, fundada en la Habana, en 1769, llegaría  a convertirse en el más importante centro de enseñanza  de la filosofía en Cuba, a fines del siglo XVIII y en la primera mitad del  XIX, apoyándose  en el  espíritu iluminista plasmado en sus estatutos originales, redactados por el obispo Santiago José de Hechavarría y Elguezúa.

La labor de Caballero en esta institución, como iniciador de la reforma filosófica en Cuba,  está indisolublemente ligada a su carácter de fundador de la corriente  electiva  en el pensamiento filosófico cubano.

Sus reformas filosófico-pedagógicas, pueden sintetizarse de la manera siguiente:  

1) Incorporó a fines del siglo XVIII nuestra filosofía al pensamiento moderno, a la vez que inauguraba como pionero sin precedentes, la posibilidad de “elección filosófica”, renunciando definitivamente a aceptar el método escolástico como el “único” y el “adecuado” para comprender la realidad. 

2) Otorgó a la educación un rol de primer orden para la ilustración de las mentes y la transformación de la realidad. 

3) Denunció abiertamente la caducidad del sistema de la enseñanza pública de la época y el estorbo que ello constituía para el desarrollo de las artes y las ciencias. 

4) Señaló la necesidad de ampliar las potestades de los maestros y la libertad de elección de éstos sobre cómo instruir a la juventud y qué conocimientos trasmitirles. 

5) Introdujo en la pedagogía filosófica el conocimiento del pensamiento moderno europeo experimentalista y racionalista con sus nuevas propuestas de método. 

6) Solicitó la inclusión de la cátedra de Gramática Castellana. 

7) Reclamó, en fin, una reforma radical en el campo de la enseñanza, que estuviera a la altura del Siglo de las Luces, de la patria y la juventud cubana.

Este espíritu ilustrado y electivo de su filosofía, que parte de su vehemente apología a la nueva física de Newton, Descartes y Kepler, y que según sus palabras, es  “portadora de un método que lejos de adivinar los secretos de la naturaleza, anticipándose a ella, la interroga por medio de la experiencia, y la estudia con observaciones continuas y bien meditadas, con lo cual, cada nuevo descubrimiento tiene una aplicación que redunda en provecho de la sociedad”[3], se refleja en su ideario socio-político, particularmente en su llamamiento a un trato humano hacia los esclavos; en sus concepciones sobre la mujer, y en su idea acerca de la conveniencia de dar gobierno local a las Españas ultramarinas.

Su llamamiento a un trato humano hacia los esclavos, autodenominándose "el amigo de los esclavos" y su denuncia hacia el maltrato del que eran víctimas, como consecuencia de las desigualdades de la sociedad esclavista criolla, aún hoy asombra por su profundidad y valentía, cuando expresara:

"Cuando he visto a estos miserables que después de haber sufrido el peso del día, haraposos, encadenados, y tal vez hambrientos, bajan la escalerilla de la casa de molienda para entrar en su prisión, no he podido menos que volver el rostro por no mirarlos, horrorizado de que nuestros antiguos nos dejasen esta práctica. Práctica nociva que a la madrugada los extrae de aquéllos lúgubres encierros, y exhalados en sudor, abiertos los poros, los saca al campo, al aire húmedo, al frío, y les produce constipaciones, pulmonías, dolores pleuráticos que acaban con ellos y nuestro dinero " (...)

"Quiera Dios que esta hojilla produzca los buenos efectos que me propongo y espero ver coronados, en los que me sigan cuando oigan del Supremo Juez, estaba encarcelado y me visitaste, esto es, me aliviaste redimiendo de estrecheces tan amargas a unos entes de nuestro mismo calibre, a nuestros hermanos y prójimos que debemos tributar la más sincera compasión y benevolencia; a unos brazos que sostienen nuestros trenes, mueblan nuestras casas, cubren nuestras mesas, equipan nuestros roperos, mueven nuestros carruajes, y nos hacen gozar los placeres de la abundancia". [4]

En un escrito menos conocido del padre de nuestro electivismo, Caballero interesantes reflexiones sobre la mujer, cuando expresa:

“La mujer es una máquina muy exquisita y muy complicada. Sus muelles son infinitamente delicados y se distinguen de los de los hombres como un reloj de repetición se distingue de una torre (...) Examinadle sus sentidos: ¡que finos! ¿Y su entendimiento?: ¡que sutil!, ¡que agudo! (...)”  

“La comprensión de las mujeres es tan rápida como un relámpago; su penetración es una ojeada, es casi un instinto. En un abrir y cerrar de ojos deducen una conclusión exacta y profunda; y, si se les pregunta como la han deducido, no contestan (...)”

“A la manera que su comprensión es admirablemente vívida, así como también su alma y su imaginación es extraordinariamente susceptible de diversas afecciones. Es verdad que entre ellas son pocas las que tienen toda la cultura necesaria para escribir bien, pero en las que saben escribir ¡que animadas son sus pinturas! ¡qué patéticas sus descripciones! (...) Aquel espíritu que muestran en su conversación depende enteramente de su grande imaginativa, y en todas partes hablan mejor que los hombres (...)”

“Cuando una de estas mujeres de fantasía se acalora en una conversación, produce mil imágenes agradables. Ninguna baja ni grosera. Pongamos a un hombre en el mismo caso: se podrá encontrar alusiones más fuertes, pero no serán ni tan puras ni tan brillantes.”[5]

No menos interesantes resultan sus concepciones políticas, expuestas hacia 1811, en el documento que elaborara para ser enviado a las cortes españolas, en calidad de ideas y bases para una Constitución de la Monarquía y sus Colonias. En él señala: 

"Ni es razón, ni es posible, que a la distancia en que está el Nuevo Mundo del antiguo, pueda Gobierno ninguno, situado en Europa, gobernar a los pueblos con conocimiento de sus necesidades locales y con arreglo a ellas." (...)   

“Pronto reconocerán las Cortes generales en esta interesante discusión que, remotas y separadas, situadas en opuestos climas del Globo y gobernadas por diferentes usos y costumbres, fundados en su diversa localidad, población, industria y recursos naturales, debe respetarse, en estas remotas Provincias, el privilegio inherente que las asiste en "primer lugar": para prestar el sello de su consentimiento y sumisión a las leyes universales que han de ligar todos los miembros con la cabeza; y en "segundo lugar": para consultar sus propias leyes provinciales y reglamentos domésticos, que sólo ellas pueden conocer y dictar para su propia conservación y conveniencia, siempre a reserva de la ulterior sanción del Monarca, o sea Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo de la Nación".[6]  

Estas ideas políticas de Caballero, han motivado importantes valoraciones, como la referida por Vidal Morales y Morales con las siguientes palabras: 

"La idea de Cuba emancipada y republicana, como la idea de Cuba colonia autónoma de España, se desarrollan en la alborada de la civilización cubana. El austero mentor de maestros, el presbítero doctor José Agustín Caballero, es el precursor de la autonomía...“[7]  

II

Varela: El continuador.

El sacerdote  cubano Félix Varela y Morales (1788-1853), forjador de nuestra nacionalidad y padre de nuestro independentismo, fue el más destacado discípulo y el continuador de la reforma filosófica iniciada en Cuba, a finales del siglo XVIII por el presbítero Caballero en las aulas del Seminario.  

Varela tradicionalmente ha sido reconocido como el primer filósofo cubano,  alegándose que “fue el primero que nos enseñó a pensar”.

Sobre este hecho, resulta importante acotar que la historiografía ha registrado una frase de Luz sobre Varela en la que se expresa que fue “el primero que nos enseñó a pensar”, cuando en realidad, Luz se refirió a Varela como “el que nos enseñó primero en pensar”, refiriéndose a la primacía del pensamiento sobre la acción. Este lamentable error, explica en gran medida el por qué la tradición ha reconocido a Varela cronológicamente como el primero que enseñó a pensar a los cubanos, obviando o subvalorando el papel desempeñado por José Agustín Caballero.

En los comienzos del siglo XIX, Varela se encargaría de convertir la enseñanza de la filosofía en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, en un taller forjador de las nuevas generaciones. Siguiendo la tradición de su predecesor y maestro Caballero, advertiría a sus discípulos:  

“[…] un maestro debe hablar muy poco, pero muy bien, sin la vanidad de ostentar elocuencia, y sin el descuido que sacrifica la precisión. Esta es indispensable para que el discípulo pueda observarlo todo, y no sea un mero elogiador de los brillantes discursos de su maestro, sin dar razón de ello. La gloria de un maestro es hablar por la boca de sus discípulos” […][8]

Esta expresión encerraba de modo concentrado, el valor y la significación de la tarea asumida por el maestro de filosofía: formar hombres nuevos, capaces de interpretar creadoramente las adquisiciones del pensamiento moderno y contribuir de este modo a la transformación de la realidad. Se trataba de transmitir un nuevo método de pensar, cargado de sentido humanista.  

Las reformas  de Varela pueden sintetizarse de la manera siguiente:

1) La supresión del método escolástico, mediante la objeción del principio de autoridad.

 

2) La inclusión gradual del saber científico-particular en el marco de la enseñanza superior.

 

3) La difusión del pensamiento filosófico moderno, desde el cartesianismo hasta el iluminismo.

 

4) La sustitución del latín por el español en la enseñanza de la filosofía.  

 

5) Promover el amor a la justicia y al derecho constitucional, así como el carácter polémico que debía matizar de nuevo sentido a la filosofía.

En 1812 Varela publica en pliego suelto, en latín, su primer trabajo filosófico, titulado Varias proposiciones para el ejercicio de los bisoños, en el que expresa su adhesión al electivismo de su maestro y define de modo excepcional, qué entiende por filosofía electiva (o ecléctica, como también era denominada en esa época). Así expresa:

“En la filosofía ecléctica no seguimos a ningún maestro, si por esto se entiende que no juramos sobre la palabra de nadie; lo que no quiere decir que la filosofía ecléctica no proceda sin norma ni guía, y que de nadie aprendamos. Lo que la filosofía ecléctica quiere, es que tengas por norma la razón y la experiencia, y que aprendas de todos, pero que no te adhieras con pertinacia a nadie”. [9]

Apoyado felizmente por el ilustrado obispo Espada, Varela prosiguió consecuente y definitivamente  la labor reformadora de su maestro Caballero, destruyó virtualmente el principio de autoridad de la escolástica, y labró sobre la base del electivismo filosófico, los principios de la libertad y el derecho ciudadano en las conciencias más jóvenes y brillantes que escucharon o conocieron su prédica en la cátedra de Constitución, bautizada por él mismo como “la cátedra de libertad, de los derechos del hombre”.

Radicalizada su posición independentista y anticolonialista, y obligado a permanecer en el exilio, donde murió, Varela continuaría mostrando el camino de la conducta ciudadana y la libertad de pensar, consecuente hasta sus últimas horas con la actitud y esencia inigualables de su pedagogía filosófica y política, sustentada en el electivismo.

 

Muchos serían los ejemplos que pudieran referirse, sobre el valor y la significación histórico-social de su ideario político, ético y patriótico, expuesto fundamentalmente en las páginas de El Habanero y otros escritos políticos, así como en sus Cartas a Elpidio, las cuales constituyen un legado a nuestra juventud, que mantiene una vigencia extraordinaria en muchos de sus planteamientos. Sirvan los siguientes pensamientos, como una pequeña muestra de su prédica patriótica e independentista:

 

Si usted llama revolucionario a todo el que trabaja por alterar un orden de cosas contrario al bien de un pueblo, yo me glorío de contarme entre esos revolucionarios…[10]

 

Efectivamente, por la naturaleza todos los hombres tienen iguales derechos y libertad; pero reunidos en grandes sociedades, diversificados por sus intereses y pasiones, necesitan una dirección, y lo que es más, una autoridad que los conserve en sus mutuos derechos, no permitiendo que la sociedad se disuelva, ni que se perjudiquen mutuamente sus miembros[11]

 

“…toda soberanía está esencialmente en la sociedad, porque ella produce con el objeto de su engrandecimiento, incompatible con su esclavitud, y jamás renuncia el derecho de procurar su bien y su libertad, cuando se viere defraudada de tan apreciables dones…”[12]

 

 El gobierno ejerce funciones de soberanía; no las posee, ni puede decirse dueño de ellas. El hombre libre que vive en una sociedad justa, no obedece sino a la ley; mandarle invocando otro nombre, es valerse de los muchos prestigios de la tiranía, que sólo producen su efecto en almas débiles. El hombre no manda a otro hombre; la ley los manda a todos”.[13]

 

Si fuera posible cambiar las cosas, esto es, hacer de la América la Metrópoli y de España una colonia, es indudable que tendrían los peninsulares los mismos sentimientos que ahora tienen los americanos y que serían los primeros insurgentes, expresión que sólo significa: hombre amante de su Patria y enemigo de sus opresores…”[14].

 

El tema político, ético y social fue una constante en la obra de Varela, así como lo fue el tema de la educación y el patriotismo. Es casi imposible deslindarlos entre sí, por cuanto su labor pedagógica en la formación de los ideales patrios estuvo presente en todo su ideario político, mostrándose en total cohesión.

 

Lo mismo desde su cátedra de Filosofía, que en la de Constitución, en el Seminario de San Carlos, como en sus trabajos aparecidos en El Habanero y en sus Cartas a Elpidio, enseñar fue para él la palabra clave y, especialmente inculcar el amor a la patria. Sobre el patriotismo en Varela, resultan significativas las siguientes palabras, casi premonitorias:

 

“No es patriota el que no sabe hacer sacrificios a favor de su patria, o el que pide por éstos una paga, que acaso cuesta mayor sacrificio que el que se ha hecho para obtenerla, cuando no para merecerla. El deseo de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por patriotas, y efectivamente no hay placer para un verdadero hijo de la patria, como el de hacerse acreedor a la consideración de sus conciudadanos por sus servicios a la sociedad; más cuando el bien de ésta exige la pérdida de esa aura popular, he aquí el sacrificio más noble, y más digno de un hombre de bien, y he aquí el que desgraciadamente es muy raro. Pocos hay que sufran perder el nombre de patriotas en obsequio de la misma patria, y a veces una chusma indecente logra con sus ridículos aplausos convertir en asesinos de la patria los que podrían ser sus más fuertes apoyos. ¡Honor eterno a las almas grandes que saben hacerse superiores al vano temor y a la ridícula alabanza![15].

 

 

III

Luz: El polémico.

 

Otra figura cimera en el campo de la pedagogía filosófica cubana, fue la de José de la Luz y Caballero (1800-1862), el polémico. Eminente discípulo y continuador de la filosofía electiva de Caballero fue su sobrino e “hijo espiritual”, y constituye ejemplo cimero de un pensador cubano, que supo colocar en su época nuestra filosofía al nivel de las adquisiciones y discusiones del pensamiento filosófico universal. Esto hace de Luz, no solo una figura ilustre y clásica de la filosofía cubana, sino también del pensamiento filosófico hispanoamericano. 

Luz y Caballero nace con el siglo XIX, centuria plagada de contradicciones sociales e inquietudes espirituales e ideológicas. Son los albores de la primera guerra cubana por la independencia, de 1868, su etapa preparatoria y de conformación de una auténtica conciencia cubana, lo cual se produce a través de múltiples contradicciones sociales internas y se manifiesta hacia el exterior en la polarización cada vez más definible entre los intereses de la colonia y los de la metrópoli.

Particularmente en la primera mitad del siglo XIX se producen los procesos independentistas en la mayoría de los territorios latinoamericanos, lo cual constituiría la manifestación más palpable de la posibilidad de liberación del yugo colonial y encendería la llama de la lucha independentista.

Específicamente en el campo de la filosofía, esto repercutiría en una intensificación de la temática socio-política y moral, con un énfasis peculiar en la ejercitación de un nuevo método, que rompiera definitivamente con la tradición escolástica heredada de España, contribuyera a formar las nuevas generaciones abiertas a la polémica filosófica y que en la práctica social estuviera dispuesta y preparada a la lucha por la independencia y a la proyección de un nuevo modelo de sociedad.

Al igual que Varela, Luz se declara continuador del electivismo de Caballero, al cual define como “la libertad filosófica de pensar, muy diferente de la escuela ecléctica francesa y sus adeptos”[16],  a quienes denominó “pseudo-eclécticos”.  

En la primera mitad del siglo XIX se refuerza extraordinariamente el papel del maestro de filosofía, cuya misión primordial se centra no tanto en trasmitir conocimiento a los jóvenes, como sí un nuevo modo de pensar.

En “Don Pepe”, la misión del “nuevo maestro” fue cumplida a cabalidad. Discípulo de Caballero desde su niñez, por ser su sobrino e hijo espiritual, llegó a destacarse como profesor de Filosofía en varias instituciones docentes, entre ellas, el Seminario de San Carlos y San Ambrosio (a partir de 1824, en sustitución de Saco), especialmente por la aplicación del método explicativo que había fomentado Varela en esas aulas. Más tarde, en 1834 se haría cargo de la dirección del Colegio de Carraguao, inaugurando en este un curso de Filosofía.

En 1838, obtuvo autorización para fundar una cátedra de Filosofía en la Universidad, la cual desempeñará hasta 1843. En 1848 funda el Colegio “El Salvador”, en la barriada del Cerro, en el que desarrolló una destacadísima labor y donde permaneció hasta sus últimos días, dignificando la labor diaria del pedagogo, con lo cual logró una reputación sin par como profesor de Filosofía, por el matiz polémico de su enseñanza y su apertura al conocimiento científico.

En el caso de Luz, estos elementos notorios de su pedagogía están presentes también en toda su obra escrita: aforismos, elencos y discursos académicos; textos educativos, sociales, científicos y literarios; en su famosa polémica filosófica e incluso en los referidos a su vida íntima, es decir, sus epistolarios y diarios. Sirvan de ejemplo estas palabras suyas:

 

“Nos proponemos fundar una escuela filosófica en nuestro país, un plantel de ideas y sentimientos, y de métodos. Escuela de virtudes, de pensamientos y de acciones; no de expectantes ni eruditos, sino de activos y pensadores[17].  

Es necesario destacar el hecho de que José de la Luz, además de poseer desde muy joven aptitudes extraordinarias para el conocimiento de la filosofía, viajó a Estados Unidos y Europa, lo cual afianzó su vasta cultura intelectual y, además, le permitió entrar en contacto con diferentes personalidades del mundo moderno, tales como Cuvier, Goethe, Walter Scott, Gay-Lussac y Alejandro de Humbolt.

Conocedor profundo de las tendencias filosóficas fundamentales europeas en boga, supo seleccionar de manera electiva y creadora las principales adquisiciones del pensamiento científico-filosófico en los campos más variados: matemática, física, química, fisiología, psicología, historia, jurisprudencia, moral, entre otros.  

La integración de conocimientos propició en Luz, la definición de lo que constituiría el objetivo fundamental de su conocida polémica filosófica, desarrollada entre 1838 y 1840, que, entre otras características, tuvo la de ser plasmada en numerosos artículos sucesivos, en contrapunteo abierto, a través de las principales publicaciones periódicas de la Isla, como el Diario de La Habana y la Gaceta de Puerto Príncipe y cuyos autores firmaban bajo seudónimos, como correspondía a la época, en su intento por despersonalizar los puntos de vista acerca de las cuestiones debatidas, en aras de destacar las cuestiones mismas y no las figuras polemizantes.  

En ella participaron, además de José de la Luz (Filolezes o amante de la verdad); Antonio Bachiller y Morales (El crítico parlero); Manuel Aguirre y Alentado (El Adicto), quien fue discípulo de Luz en el Seminario de San Carlos hacia 1824, cuando Luz explicara la clase de Filosofía; Manuel Castellanos Mojarrieta (Rumilio), por entonces Secretario del Ayuntamiento de Puerto Príncipe; y Miguel Storch (El Dómine), de origen catalán, quien fuera director del Liceo Calasancio de Puerto Príncipe. José de la Luz y Caballero, La polémica filosófica, Editorial de la Universidad de La Habana, 1946.

Esta gigantesca obra polémica de Luz, recopilada posteriormente  en cinco tomos, bajo el nombre de La polémica filosófica, abarcó cinco aristas bien definidas, según la apreciación de algunos estudiosos de nuestra filosofía.

La primera tiene lugar entre mayo de 1838 y octubre de 1839, como controversia en relación con el problema medular de la filosofía y la ciencia experimental, planteado por Francis Bacon: la cuestión del método. Se desarrolla fundamentalmente en La Habana y Puerto Príncipe.

La segunda se produce entre agosto y septiembre  de 1838 y tiene como tema central la Ideología en su temática medular: el problema del origen de las ideas, fundamentalmente en su vertiente francesa. Se desarrolla en La Habana.

La tercera ocurre entre noviembre y diciembre de 1838, debatiendo el tema de la moral religiosa y la autenticidad del espiritualismo puro. Se desarrolla en La Habana y Matanzas.

La cuarta se produce entre julio y octubre de 1839, en relación con la moral utilitaria. Se desarrolla en La Habana.

La quinta y más importante de estas líneas polémicas, que de hecho incluiría las anteriores, se inicia a partir de septiembre de 1939, en lucha abierta contra el eclecticismo espiritualista, la cual culmina con la inconclusa obra de Luz "Impugnación a las doctrinas filosóficas de Víctor Cousin”, sin precedentes en la filosofía de la América hispana, y en la que se refuta el análisis del filósofo francés sobre el Ensayo sobre el entendimiento humano, de John Locke.  

En el primero y el quinto momentos se abordaron temas de vital importancia en el contexto filosófico cubano: en el primero, porque en Cuba la enseñanza de la filosofía se iniciaba aún por el estudio de la lógica y la metafísica, y Luz proponía su inversión; en el quinto, porque el eclecticismo espiritualista de Víctor Cousin, había adquirido relativamente una amplia difusión hacia las décadas de 1830 y 1840, no solo en Francia y Europa, sino también en los territorios de la América hispana, incluida Cuba, propugnando una franca oposición al sensualismo materialista y a las ideas de la Ilustración.  

A lo largo de toda la polémica, Luz expone su crítica a la ontología metafísica tradicional, basándose en su propuesta del método inductivo-experimental, en estrecho vínculo con su teoría sensualista-racionalista del conocimiento, a través de la cual fluyen interesantes concepciones relativas al hombre, la moral y la religión natural, todo ello en consecuente correspondencia con su concepción del mundo eminentemente naturalista y electivista.

La polémica requería, ante todo, un amplísimo conocimiento de la filosofía universal, de lo cual Luz hace gala a lo largo de toda su obra, colmada de citas y valoraciones del pensamiento universal en todos los tiempos, sorprendentes, si se tiene en cuenta el contexto de la Cuba colonial. Es necesario destacar además, que Luz aún no había arribado a los cuarenta años de edad, lo cual constituye sin lugar a dudas, la expresión más palpable de su capacidad de síntesis y su vasto saber enciclopédico.

Se trataba de demostrar, fundamentalmente, que el estudio de las ciencias físico-naturales debía preceder al estudio de la filosofía, la lógica, la psicología, la ética y las restantes ciencias del espíritu.

También en el caso de Luz, su opción electiva serviría de sustento a su ideario antiesclavista e independentista.

Un hombre como Luz, de sentimientos humanitarios y liberales, no podía ser partidario de la esclavitud, como muestran sus aforismos:  

- En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro
  
- La introducción de negros en Cuba, es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores(…)
[18]

En la cláusula novena de su testamento, otorgado veinte días antes de morir, hizo la siguiente declaración:

“Habiendo repugnado siempre a mis principios apropiarme del trabajo ajeno, y después de haberme ocupado del modo más justo de proceder, para que no forme parte de mi haber materno lo que pudiera haberme correspondido por valor de esclavos, señalo tres mil pesos para que se liberten los que se puedan de los que formaron parte de la dotación del ingenio La Luisa en la época de su enajenación (…)”[19]

Legó también la libertad a los esclavos Dolores, Joaquín y Julio, recomendando que los que fueran menores de edad quedasen al abrigo de su consorte hasta cumplir los 25 años, y mandó que le dieran 6 onzas de oro a cada uno de los dos primeros citados.

En cuanto a Luz y sus ideas independentistas, sirvan de ejemplo estos aforismos sobre libertad y tiranía:  

- La tiranía es una atmósfera que no deja respirar al corazón, y sofoca sus impulsos (…). - 

- El cautivo es el que aprecia la libertad. Sin sentimiento no hay motivo para el pensamiento ni para la acción. 

- La libertad, el alma del cuerpo social. 

La libertad, el fiat del mundo moral. 
Única panacea para restañar y cicatrizar las heridas que ella misma (su abuso, la licencia) u otras causas infieren a la sociedad. 
Absoluta es menester que sea, y ésta es la tendencia de la humanidad (…)
[20]

De este modo, tanto Luz como Varela --entre muchos otros-- fueron dignos continuadores del maestro Caballero y supieron continuar en su obra, de modo ejemplar, la orientación electivista, reformadora y renovadora que el presbítero José Agustín había iniciado en las postrimerías del siglo XVIII, desbrozando el camino hacia el pensamiento moderno y el iluminismo, al proclamar y asumir como iniciador, la actitud electiva en el pensamiento filosófico cubano, actitud que constituiría el soporte teórico de los ideales independentistas de sus continuadores.

IV  

Martí: El integrador.

 

En la segunda mitad del siglo XIX, nos encontramos con la personalidad de José Martí (1853-1895),  el integrador, por cuanto sintetizará en su cosmovisión del mundo, las adquisiciones del pensamiento universal junto a los valores más autóctonos de nuestra filosofía  y de nuestras letras. 

Figura culminante de la tradición electiva en la filosofía cubana decimonona, emerge ante nosotros la gigantesca personalidad del Apóstol de Cuba y de nuestra América.   
  
Con él termina el siglo más importante de nuestra cultura y de nuestra filosofía, en el cual Martí representa alfa y omega, por cuanto su cosmovisión del mundo representará la cúspide que cierra de manera brillante el desarrollo alcanzado por el pensamiento cubano del siglo XIX, al tiempo que dejará abiertos nuevos cauces por donde fluyan los manantiales que conduzcan al enriquecimiento de nuestro legado intelectual más precioso.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX estaban bien definidas las corrientes fundamentales que disputaban en el terreno de la política dentro de la Isla: independentismo, reformismo y anexionismo. Levantamientos de esclavos, conspiraciones políticas y alzamientos, denotaban un ambiente general de agitación insurreccional, al tiempo que en la esfera del pensamiento se había formado, sobre todo al calor de las enseñanzas de Luz, una generación de hombres que asumirían la tarea de la independencia de Cuba, respecto al yugo colonial de la metrópoli española.

Hacia 1865 había fracasado el anexionismo, tras culminar la Guerra de Secesión de Estados Unidos, con la victoria del Norte sobre los estados esclavistas del Sur, que habían fomentado la anexión. Por su parte, ganaba terreno el reformismo, aunque sus representantes, a pesar de sus gestiones con el Capitán General de la Isla, no lograban las reformas anheladas, entre ellas, la reforma arancelaria, el cese de la trata negrera y la representación política de Cuba en las Cortes.  

Un hecho histórico  sin precedentes, marcaría como símbolo el inicio de nuestras luchas independentistas, cuando el 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes en su finca La Demajagua, en acto patriótico abolicionista, otorgaba la libertad a sus esclavos. En lo adelante, el independentismo se definiría como la única alternativa posible para librar a Cuba definitivamente del yugo español.

En este contexto, transcurren los primeros quince años de la vida de Martí. Entre 1865 y 1869 recibe directamente las enseñanzas del poeta y gran pedagogo Rafael María de Mendive, quien supo moldear la talentosa personalidad del joven discípulo en lo filosófico, artístico-cultural y político-social. En gran parte, gracias a la formación de su maestro y mentor, Martí se identificó desde muy temprano con los ideales independentistas, que le acompañaron y se radicalizaron a lo largo de su vida.

Quizás, una de las aristas menos estudiadas y divulgadas de la extensa, dispersa y prolífica obra de Martí, sea la relacionada con la filosofía. Numerosos investigadores y especialistas han debido hurgar y rastrear su pensamiento filosófico, en un abundante material conformado fundamentalmente por cartas, discursos, apuntes, crónicas y artículos, en los que su pluma de escritor sin par, indaga en todos los campos relacionados con el hombre, la naturaleza y la sociedad.

Con razón afirma Cintio Vitier:

“Aunque los problemas eternos de la filosofía le interesaron, especialmente en su juventud de estudiante en España, Martí nunca fue un pensador abstracto. Su condición esencial de revolucionario, es decir, de transformador de la realidad, se revela ya en el hecho de que la experiencia, las circunstancias vitales, el contexto histórico y biográfico, fueron siempre decisivos para su interpretación del mundo y la dirección de su conducta como bases innatas o apriorísticas de su carácter, tenía el sentido absoluto de la eticidad, la pasión por la belleza y la vocación redentora. A partir de estos principios asimilaba y encauzaba, a la vez libre y necesariamente, los datos de la realidad múltiple y sucesiva.”[21]

De tal modo, tanto en su prosa como en su verso, aparecen imbricadas sus más variadas preocupaciones en el campo de la ética, la política, la sociedad, la pedagogía, la moral cívica, la cuentística infantil, el patriotismo, el medioambiente, la discriminación social, además de cuestiones propiamente filosóficas, en los campos de la axiología, la ontología, la epistemología, la estética, etc., vinculadas todas ellas a su concepción del mundo eminentemente humanista e iluminista, que sintetiza y hereda, por una parte, lo mejor del pensamiento clásico universal, y por otra, la línea trazada por los más grandes exponentes del pensamiento filosófico cubano electivo: Caballero, Varela y Luz.  

Aunque Martí llamó a Caballero, “padre de los pobres y de nuestra filosofía”,  se reconoció especialmente como heredero de las enseñanzas de Luz, cuando lo identificó como el fundador de la conciencia independentista en la generación de patriotas que conducirían a la isla de Cuba hacia su total independencia.

Acerca de Luz escribió:

 

“Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que sólo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa (…) ;  él, que es uno en nuestras almas, y de su sepultura ha cundido por toda nuestra tierra, y la inunda aún con el fuego de su rebeldía y la salud de su caridad […]”

“(…) ¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer? (…)”

“Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser, como en José de la Luz, lo que en él sólo  ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen; porque hoy, como en Grecia, <se necesita ser fuego para comprender el fuego> (…). De él fue lo más la idea profética e íntima, que no veía acomodo entre su pueblo sofocado y crecedero, (…) y consagró la vida entera (…) a crear hombres rebeldes y cordiales que sacaran a tiempo la patria interrumpida de la nación que la ahoga y corrompe (…)”[22]

En Martí la filosofía permanece como un entramado invisible --aunque perceptible-- en toda su obra escrita, tanto en verso como en prosa. Hay tanta filosofía en su exquisito ensayo “Nuestra América”, como en su conmovedor poema “Los Zapaticos de Rosa”.

En sus Apuntes, devela el problema fundamental de la filosofía, como hilo conductor de su historia, cuando afirma que todas las escuelas filosóficas pueden concretarse en dos: el materialismo, que es para él la exageración de la Física, y el espiritualismo, que es por su parte, la exageración de la Metafísica.  

Y concluye: “Las dos unidas son la verdad: cada una aislada es solo una parte de la verdad, que cae cuando no se ayuda de la otra”.[23]

He aquí la más auténtica expresión del carácter electivo de su filosofía. 

Sobre Dios, expresa:

“Cierto es que no podemos conocer las causas de las cosas en sí mismas, por cuanto ellas no se nos revelan directamente, sino a través de la obra de la Creación. Pero a Dios no podremos preguntarle, porque nos han enseñado a creer en un Dios que no es el verdadero.--El verdadero Dios impone el trabajo como medio de llegar al reposo, la investigación como medio de llegar a la verdad, la honradez como medio de llegar a la pureza. ¡Qué alegre muere un mártir! ¡Qué satisfecho vive un sabio! Cumple con su deber, lo cual, si no es el fin, es el medio”.[24]

Sobre la fe, manifiesta:

“Los hombres libres tenemos ya una fe diversa. Su fe es la eterna sabiduría. Pero su medio es la prueba”.         

“Se trata de la “fe científica”, y con ella “se puede ser un excelente cristiano, un deísta amante, un perfecto espiritualista”. De ahí que afirma: “Para creer en el cielo, que nuestra alma necesita, no es necesario creer en el infierno, que nuestra razón reprueba.” [25]

 

Sobre la Naturaleza, afirma que es:  

 

“El pino agreste, el viejo roble, el bravo mar, los ríos que van al mar como a la Eternidad vamos los hombres: la Naturaleza es el rayo de luz que penetra las nubes y se hace arco iris; el espíritu humano que se acerca y eleva con las nubes del alma, y se hace bienaventurado. Naturaleza es todo lo que existe, en toda forma,--espíritus y cuerpos; corrientes esclavas en su cauce; raíces esclavas en la tierra; pies, esclavos como las raíces; almas, menos esclavas que los pies. El misterioso mundo íntimo, el maravilloso mundo externo, cuanto es, deforme o luminoso u oscuro, cercano o lejano, vasto o raquítico, licuoso o terroso, regular todo, medido todo menos el cielo y el alma de los hombres es Naturaleza”[26].

Martí define el método filosófico correcto, como “aquel que, al juzgar al hombre; lo toma en todas las manifestaciones de su ser; y no deja en la observación por secundario y desdeñable lo que, siendo tal vez por su confusa y difícil esencia primaria, no le es dado fácilmente observar”[27].

Advierte que el hombre debe tomar “la filosofía no como el cristal frío que refleja las imágenes que cruzan ante él; sino, como el animado seno en que palpita, como objeto inmediato y presente, la posible acomodación de lo real de lo que el alma guarda como ideal anterior, posterior y perpetuo”.   [28]  

Sus ideales independentistas se manifiestan en toda su obra, y en especial, fueron magistralmente plasmados en su magnífico ensayo, “Nuestra América”, cuando expresa:   

“¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”.

“Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, vinimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios”.  

“Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros - de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen,- por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”(…)   

(…) “¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!”
[29]

 

Como se puede apreciar a lo largo de estas páginas, la tendencia filosófica electiva asumida como presupuesto teórico de partida por Caballero, Varela, Luz y Martí,  fue el sustento teórico que permitió el surgimiento de las primeras concepciones políticas en el pensamiento cubano, las cuales, si bien en Caballero pudieran ser definidas como autonomistas, muy pronto devinieron en el ideal independentista que definirá el pensamiento de Varela y Luz, hasta alcanzar finalmente una postura radical en el pensamiento  y  la acción de nuestro Apóstol José Martí.

Demostrar la relación indisoluble que existe entre electivismo e independentismo en el pensamiento y la acción de los padres fundadores de la nacionalidad cubana, ha constituido el objetivo esencial y el hilo conductor del presente ensayo. 

FIN

Notas:

[1] José Agustín Caballero: Philosophia Electiva. Artículo Séptimo de la Disertación Primera: Sobre la Filosofía en general.

[2] José Martí, “Antonio Bachiller y Morales” (1889), Obras completas, t. 5,  Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 143-153.)

[3] Caballero, José Agustín – “Discurso sobre la Física” (En: Caballero, José A. – “Obras”. Escritos Varios. Biblioteca de Autores Cubanos. Editorial de la Universidad de la Habana, 1956. Tomo I, pág. 12 – 13.

[4] Caballero, José Agustín  -  En defensa del esclavo. En: "Obras”. Escritos Varios". Ed. cit. Tomo I. Primera Parte. Capítulo I, p.p. 7 - 8.

[5] Las Mujeres, artículo de José Agustín Caballero, publicado póstumamente en el Diario de Avisos de La Habana, el 3 de febrero de 1844. En: Historia Del Pensamiento Cubano. Tomo I. Eduardo Torres Cuevas, Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 2004.

[6] Caballero, José Agustín   - "Exposición a las Cortes Españolas. Bases para una Constitución de la Monarquía y sus colonias".

[7] Morales y Morales, Vidal  -   Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana. Edit. La Moderna Poesía. La Habana, 1931.

[8] F. Varela, “Lecciones de filosofía”, Obras, t. 1, Imagen Contemporánea, La Habana, 1977, p. 138.

[9] Félix Varela, Varias proposiciones para el ejercicio de los bisoños, en José Ignacio Rodríguez, Vida del presbítero Don Félix Varela, Biblioteca de Estudios Cubanos, Arellano y Cía., La Habana, 1944, p. 11.

[10] Varela, Félix – Observaciones sobre la constitución política de la Monarquía Española. (En: Varela, Félix: Escritos Políticos. Edit. Ciencias Sociales. La Habana, 1977. p.80.

[11] Ibid. p.80.

[12] Ibid. p.34.

[13] Ibid. p.40.

[14] Varela, Félix – Amor de los americanos a la independencia. (En: Varela, Félix – Escritos Políticos. Ed. Cit. p.152).

[15] Varela, Félix – Patriotismo. (En: Varela, Félix – Obras. Tomo I. Edit. Cit. p.436).

[16] Tomado de José Ignacio Rodríguez, Vida del presbítero Don Félix Varela, Biblioteca de Estudios Cubanos, Arellano y Cía., La Habana, 1944, p.  253.

[17] Aforismos de Luz y Caballero. Edit. LEX. La Habana, 1960, p.75.

[18] Aforismos de Luz y Caballero. Edit. LEX, 1960, p.p.81-82.

[19] Aforismos de Luz y Caballero. Edit. LEX, 1960, p. 34.

[20] Aforismos de Luz y Caballero. Edit. LEX, 1960, p.p. 83-84.

[21] Cintio Vitier, Vida y obra del Apóstol José Martí, Centro de Estudios Martianos; La Habana, 2006, pp. 13-14.

[22] En: Artículo de José Martí sobre Luz, publicado en “Patria”, Nueva York, el 17 de noviembre de 1894.

[23] J. Martí. Obras Completas.  Tomo 19. pp. 360-362.

[24]J. Martí. Obras Completas.  Tomo 19. p. 363.

[25] Ibidem.

[26] Ibid, p. 364.

[27] Ibid, p. 360-362.

[28] Ibid. 365.

[29] José Martí, “Nuestra América”, publicado en El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. En O.C., Ed. Cit. Tomo 6.

Dra. Rita M. Buch Sánchez

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