¿Qué vas a hacer en año nuevo?
Por María Brandán Aráoz

“¿Qué vas a hacer en año nuevo?” Me preguntó una amiga el otro día. “No lo sé", le contesté pensativa. Y seguí pensativa camino a casa.

Quizá debería aclarar que no disfruto las fiestas. Dejé de disfrutarlo a los siete años cuando mis padres se separaron y, en tanto tiempo, no debo de haber superado el trauma.

Tuve mi época amarga también en la adolescencia. Para las fiestas, todo se complicaba; con tanta familia que atender, una terminaba agotada. Había que comer en casa con mamá y su marido, preferentemente rápido para llegar temprano a lo de papá y su mujer. Brindar con ellos a las apuradas porque mi novio esperaba abajo para ir a cumplir con los futuros suegros. Saludarlos pegados a la puerta, porque venían a buscarnos unos amigos. Y antes de ir al lugar definitivo, pasar por dos o tres casas más, buscando novias, hermanas o amigos con parejas incluidas. Rebotar en varios lugares bailables porque no teníamos mesa reservada, y transpirar en el peor de todos, y en medio del gentío, porque eso era ¿divertido?

Me casé y las cosas no mejoraron: empeoraron. Los primeros dos años, como todavía no teníamos hijos, la elección se volvió más complicada. Mamá se ofendía si decidíamos pasar la fiesta con papá; papá se ofendía si íbamos a lo de mamá; mamá y papá se ofendían si elegíamos pasarla con mis suegros. Y viceversa: padres y suegros se sentían agraviados si optábamos por escurrirnos y celebrar el año nuevo en algún lugar de veraneo.  Al fin optábamos por repartirnos un poco en cada lado. Una vez las doce nos sorprendió en un ascensor.

Lo peor eran los malentendidos. Una noche llegamos a lo de papá poco antes de las doce, contentísimos del promedio alcanzado. Nos recibió lívido; en la mesa, profusión de fiambres, pavos, lechones y ensaladas se entibiaban. Él había entendido que iríamos a comer. Para no desairarlo, comimos de nuevo. Entre el atracón y los nervios, terminé con una feroz descompostura.

Al año siguiente decidí componer las cosas. Caímos a las nueve en punto. Nadie abrió. Papá se había ido a comer afuera.

Llegaron los hijos. Probé de pasarlas en casa. La primera vez invité a todo el mundo: padres, hermanos, familia política... Cada uno llegó a horarios distintos. Nunca terminaba de servir comida, postres, de abrir botellas... Por supuesto todos me ayudaron, así que festejamos las doce en la cocina. La beba se despertó a las doce y cinco, me recluí con ella en el cuarto y me quedé dormida.

Con marido e hijas, probé pasarlas en lo de mis suegros, en Zárate. Esa noche, a mi marido (que tiene cantidades de tíos, tías y primos) no le vi el pelo.  Además, mi hija mayor, en pleno control de esfínteres, me tuvo presa en el baño de doce menos cuarto a una. Cuando salí, harta de esperar el milagro, ella se hizo pis en la alfombra.

Como verán, antes y después he probado pasar dicha fiesta con todos. Por eso este año decidí negar el asunto. Mi amiga, con su pregunta, rescató el evento del inconsciente.

Una solución salomónica seria celebrar el año nuevo en mi casa. El que quiera que venga, que traiga algo de comida, platos y cubiertos descartables, y que se sirva. ¡Y nada de pálidas por favor! Ese día ni pienso recordar enfermos ni muertos; salvo con sus buenas ondas, tal como fueron en vida;  ni pienso compadecerme porque mis padres se separaron en malos términos; porque no salí tan linda como mi hermana; porque ya soy una señora madura o porque el regalo de mi marido no fue lo que yo esperaba. Ni pienso amargarme. Tampoco me voy a divertir si no tengo ganas. Y si no hay plata haré regalos baratos o simbólicos: una linda carta, postales recordatorias, y obsequios útiles tales como peines, gomitas para el pelo o medias.

De pronto me asalta otra idea: ¿y si nos liberáramos de diversiones forzadas y pasáramos el año nuevo como un día cualquiera?

Por María Brandán Aráoz
Gentileza de http://www.brandanaraoz.com.ar 

Ir a índice de América

Ir a índice de Brandán Aráoz, María

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio