|
¿Qué vas a hacer en año nuevo? |
|
“¿Qué
vas a hacer en año nuevo?” Me preguntó una amiga el otro día. “No
lo sé", le contesté pensativa. Y seguí
pensativa camino a casa. Quizá debería aclarar que no disfruto las fiestas. Dejé de disfrutarlo a los siete años cuando mis padres se separaron y, en tanto tiempo, no debo de haber superado el trauma. Tuve
mi época amarga también en la adolescencia. Para las fiestas, todo
se complicaba; con tanta familia que atender, una terminaba agotada. Había
que comer en casa con mamá y su marido, preferentemente rápido para
llegar temprano a lo de papá y su mujer. Brindar con ellos a las apuradas
porque mi novio esperaba abajo para ir a cumplir con los futuros suegros.
Saludarlos pegados a la puerta, porque venían a buscarnos unos amigos. Y
antes de ir al lugar definitivo, pasar por dos o tres casas más,
buscando novias, hermanas o amigos con parejas incluidas. Rebotar en
varios lugares bailables porque no teníamos mesa reservada, y transpirar
en el peor de todos, y en medio del gentío, porque eso era ¿divertido? Me
casé y las cosas no mejoraron: empeoraron. Los primeros dos años, como
todavía no teníamos hijos, la elección se volvió más complicada. Mamá
se ofendía si decidíamos pasar la fiesta con papá; papá se ofendía si
íbamos a lo de mamá; mamá y papá se ofendían si elegíamos pasarla
con mis suegros. Y viceversa: padres y suegros se sentían agraviados si
optábamos por escurrirnos y celebrar el año nuevo en algún lugar de
veraneo. Al fin optábamos
por repartirnos un poco en cada lado. Una vez las doce nos sorprendió en
un ascensor. Lo
peor eran los malentendidos. Una noche llegamos a lo de papá poco antes
de las doce, contentísimos del promedio alcanzado. Nos recibió lívido;
en la mesa, profusión de fiambres, pavos, lechones y ensaladas se
entibiaban. Él había entendido que iríamos a comer. Para no desairarlo,
comimos de nuevo. Entre el atracón y los nervios, terminé con una feroz
descompostura. Al
año siguiente decidí componer las cosas. Caímos a las nueve en punto.
Nadie abrió. Papá se había ido a comer afuera. Llegaron
los hijos. Probé de pasarlas en casa. La primera vez invité a todo el
mundo: padres, hermanos, familia política... Cada uno llegó a horarios
distintos. Nunca terminaba de servir comida, postres, de abrir botellas...
Por supuesto todos me ayudaron, así que festejamos las doce en la cocina.
La beba se despertó a las doce y cinco, me recluí con ella en el cuarto
y me quedé dormida. Con
marido e hijas, probé pasarlas en lo de mis suegros, en Zárate. Esa
noche, a mi marido (que tiene cantidades de tíos, tías y primos) no le
vi el pelo. Además, mi hija
mayor, en pleno control de esfínteres, me tuvo presa en el baño de doce
menos cuarto a una. Cuando salí, harta de esperar el milagro, ella se
hizo pis en la alfombra. Como
verán, antes y después he probado pasar dicha fiesta con todos. Por eso
este año decidí negar el asunto. Mi amiga, con su pregunta, rescató el
evento del inconsciente. Una
solución salomónica seria celebrar el año nuevo en mi casa. El que
quiera que venga, que traiga algo de comida, platos y cubiertos
descartables, y que se sirva. ¡Y nada
de pálidas por favor! Ese día ni pienso recordar enfermos ni
muertos; salvo con sus buenas ondas, tal como fueron en vida;
ni pienso compadecerme porque mis padres se separaron en malos
términos; porque no salí tan linda como mi hermana; porque ya soy una señora
madura o porque el regalo de mi marido no fue lo que yo esperaba. Ni
pienso amargarme. Tampoco me voy a divertir si no tengo ganas. Y si no
hay plata haré regalos baratos o simbólicos: una linda carta, postales
recordatorias, y obsequios útiles tales como peines, gomitas para el pelo
o medias. De pronto me asalta otra idea: ¿y si nos liberáramos de diversiones forzadas y pasáramos el año nuevo como un día cualquiera? |
Por
María Brandán Aráoz
Gentileza de
http://www.brandanaraoz.com.ar
|
Ir a índice de América |
Ir a índice de Brandán Aráoz, María |
Ir a página inicio |
Ir a mapa del sitio |