Ella tiene la culpa
Por María Brandán Aráoz

Mi hermana Loly y yo éramos muy unidas hasta que Ella vino a nuestra casa. Ninguna supo cómo apareció ni cuál de las dos la nombró primero. Un día Ella se quedó en la familia y ya no se movió más. El problema era que ni papá ni mamá la veían, sólo nosotras.

No se vayan a creer que Ella era tonta, todo lo contrario, era inteligentísima. Nos llevaba la delantera en todo. Cuando mis padres se iban, desaparecía por un rato; Loly y yo pensábamos que nos habíamos librado, y no: estaba instalada en el cuarto.

Ella se apropiaba de todo lo nuestro: le sacaba los lápices de colores a Loly, se apoderaba de mis libros, garabateaba nuestros cuadernos... Nos ponía tan nerviosas, que terminábamos peleándonos. Entonces venía mamá a separarnos y nos preguntaba:

-¿Quién tuvo la culpa?

-¡Ella! –gritábamos a coro.

Mamá nos  dejaba toda la tarde en penitencia. ¡Como a Ella no la veía...!

Ella también se divertía jugándonos malas pasadas. A mí, que me costaba estudiar, me burlaba. “Repetís como loro. Así no te va a quedar.” A Loly le hacia morisquetas a través del cristal de la ventana, mi hermana se distraía y... Cuando se daba cuenta, ya era hora de comer y no había hecho los deberes.

La hora de comer. Ése era el momento que Ella más disfrutaba. Bien escondida detrás de nosotras, para que mis padres no la vieran, se entretenía en soplarnos ideas maleducadas. “ Comé las papas fritas con la mano.” “Tomá la sopa haciendo ruido.” “Volcá el vaso de jugo en el mantel.” “Masticá con la boca abierta.” Y desastres por el estilo. Mamá se las agarraba con Loly y conmigo. Y más  de una vez, papá nos dejó sin postre ¡por culpa de Ella!

Nos íbamos a la cama pensando que ya era suficiente, que en algún momento iba a parar y a dejarnos tranquilas. ¡Qué tontas! Ella no podía dormirse enseguida y nos rompía la paciencia hasta tarde. Le hacía cosquillas a Loly y a mí me sacaba las sábanas; tenía ataques de risa y nos contagiaba; agarraba una almohada, se la tiraba primero a Loly y después a mí. La guerra de almohadonazos terminaba cuando venía mamá a apagarnos la luz del cuarto, y a prometernos una flor de penitencia para el día siguiente. Ella la burlaba copiándole todo lo que decía. ¿Y cómo hacíamos nosotras para contener las carcajadas?

Era de no creer las cosas que se le ocurrían a Ella. Me acuerdo de la vez que inventó que estábamos enfermas para que faltáramos al colegio. Ella dijo que nos pusiéramos secantes en los pies, y la temperatura nos subió hasta los treinta y nueve grados. Mamá llamó al doctor, y nos dieron una inyección a cada una. Encima nos obligaron a estar todo el día en la cama y a comer pollo hervido con puré de zanahorias. ¡Mejor hubiera sido ir al colegio! Ella dijo que había sido una idea genial, que nosotros no la apreciábamos y, para vengarse, se lo contó todo a mamá. Al principio yo creí que había sido Loly, y mi hermana creyó que había sido yo, así que estuvimos peleadas como una semana. ¡Por culpa de Ella!

Cuando Loly tuvo varicela y después me contagió a mí, Ella le dijo a mi hermana que se rascara, que no le iba a pasar nada. Ella también me lo repitió, y yo le hice caso. Después a las dos nos quedaron agujeritos en la nariz, la frente y la cara. ¡Todo por culpa de Ella!

Un día Loly y yo decidimos que era hora de que se fuera de nuestra casa. Queríamos ser unidas como antes y dejar de hacer tantas pavadas. Con Ella no podíamos porque siempre nos arrastraba con sus ideas raras. Loly pensó que lo mejor era echarla como personas bien educadas. Así que le dijo: “Andate, chau. Y no vuelvas más. ¿Estamos?” Ella se quedó de lo más campante. “ ¿Por qué me voy a ir yo? ¡Andate vos! ¡A que no te animás!”

Para demostrarle que sí se animaba, Loly se escapó de casa, y mamá la estuvo buscado durante toda la tarde. Antes de comer, Papá la encontró escondida en el jardín detrás de una palmera. Cuando le preguntó por qué había hecho eso, mi hermana dijo:

-¡Ella me obligó!

Me tocaba el turno a mí de decirle que se fuera, y no pensaba hacerlo como una persona bien educada. Así que abrí la puerta y la arrastré a Ella hacia la calle. La seguí hasta el kiosco, a ver qué hacía. Como me dio hambre, me compré un chocolate y me puse a comerlo. Ese día me retaron por salir de casa sin avisar a comprarme golosinas. Ella  volvió detrás de mí, pero no la vieron ni la retaron porque yo la tapaba.

No había caso. Loly y yo no podíamos ser unidas ni portarnos bien si no nos deshacíamos de Ella. Y así pasaron los días y las semanas, hasta que terminaron las clases y llegaron las vacaciones. 

Mamá y papá nos anunciaron que íbamos a pasar un mes en la playa y llevábamos con nosotros a la abuela. ¡Qué contentas nos pusimos! En el auto sólo entrábamos los cinco de la familia. ¡Ella no tendría más remedio que quedarse en casa!

Y así fue. En la playa, Loly y yo nunca nos habíamos llevado mejor. ¡Ni nos acordábamos de Ella! Estábamos tan divertidas, que tampoco tuvimos ganas de portarnos mal ni de hacer pavadas. Cuando volvimos a Buenos Aires, Mamá le comentó a papá. “Las chicas ya están más grandecitas.” Él le dijo que sí, que en el verano habíamos crecido mucho.

Esa noche hacía mucho calor. Al acostarnos, vimos que la ventana estaba abierta de par en par, y el cuarto se había llenado de mosquitos. No podíamos dormir y la llamamos a mamá para que pusiera un espiral. Vino papá, bastante molesto, porque ya estaba casi dormido.

-¿Quién abrió la ventana? –preguntó.

 Ahí nos dimos cuenta que había entrado alguien más en el cuarto.

-¡Ella! –contestamos Loly y yo a coro.

Y sí, queríamos ser unidas y portarnos bien, pero extrañar, la extrañábamos.  ¡Era tan divertido echarle la culpa a Ella!

Por María Brandán Aráoz
Gentileza de http://www.brandanaraoz.com.ar 

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