Delicias de la playa
Por María Brandán Aráoz

Cuando se acerca la época de veraneo, ¿quién no recuerda con nostalgia sus últimas vacaciones en el mar? Una querida amiga me hizo un racconto bastante realista de las suyas.

“Una vez llegados, la tarea primordial era elegir una playa cerca y con carpa disponible. La idea de ir con lo puesto (remera y traje de baño) se frustró unas horas antes. Mis hijas necesitaban baldes, palas, libritos y marcadores. Mi marido su pipa, tabaco y el diario. Yo, al menos un bolso. Y teniendo heladerita portátil no era cuestión de gastar un dineral en almuerzo. Ya que estábamos tampoco costaba nada cargar sombrilla y reposeras.

Llegamos a la playa elegida y, antes de hacer el acarreo, fuimos a alquilar la carpa. El bañero nos mostró un piano repleto de alfileres. “Miren -dijo con orgullo-, está todo tomado. Lo único que queda es esto.” Y señaló, en otro plano, un cuadradito perdido sin alfiler. Aceptamos y, previas idas y venidas (las chicas se olvidaron los baldes, la heladerita hubo que cargarla entre dos y volver por la reposera), nos instalamos. Al rato llegó un señor de anteojos. “Disculpe -Ie dijo a mi marido-, pero se equivocaron de carpa”. Él sacó el recibo del bolsillo. “Mire, no.  Aquí está bien claro: número setenta y ocho”. “No puede ser. ¡Si yo la estoy usando desde diciembre!” 

El error se aclaró. Resultó que el bañero ignoraba la existencia del dueño anterior. El dueño anterior ignoraba la del bañero, que se había hecho cargo del balneario el día primero. Y nosotros que ignorábamos las dos cosas tuvimos que trasladamos a otra parte y buscar la sombrilla en el auto.

En fin,  colonizamos un pedazo de arena húmeda; les puse crema protectora a las chicas, me encremé yo, y abrí la reposera dispuesta a tomar sol. “Mamá, tengo hambre”, informó Dolores. “Yo también”, dijo María. “Y yo”, reaccionó mi marido emergiendo del diario. ¡Eran las once! Organicé el picnic y decidí esperar a que ellos comieran para poder hacerlo tranquila. Saciado el hambre familiar, rescaté el último especial de milanesa. “Ay, ¡qué rico! Yo no comí de milanesa” -protestó María. “Porque no quisiste”, le recordé. “Y ahora sí quiero. ¿Me das un bocadito?” Extendió la mano, yo mi apetitoso sándwich y, de golpe, lo vi caer, irremediablemente, en la arena.

Para consolarme del evento, las acompañé al mar. Mi marido, que había descubierto carpas desocupadas volvió a la casilla del bañero. Nadé poco y grité mucho. A Dolores para que aflojara (insistía en subirse a caballito y al llegar la ola me ahorcaba); a María para que volviera (cada incursión acuática la arrastraba un poco más lejos).

Antes de terminar la tarde hubo distintos incidentes. La sombrilla se voló ante la indignación general; (“¡Qué poco cuidadosos!” “No la clavaron bien”, murmuraban nuestros vecinos); el café del termo estaba sin azúcar; a María la quemó una agua viva; y el heladero pasaba cada cinco minutes pegando el característico alarido.

A eso de las cuatro, mi marido, con la espalda incinerada (se había quedado dormido sin suficiente protector solar) sugirió que nos fuéramos.

La cosa se demoró por los sucesivos acarreos y la insistencia de las chicas en traerse a un perro vagabundo al que no dejaron de alimentar en toda la tarde.

La playa es muy linda. Siempre que uno sepa apreciar sus otras delicias. Vendedores ambulantes que taladran los oídos y nos llenan de arena; perros y chicos ajenos que hacen pis o juegan a las escondidas en el toldo propio (conseguido con esfuerzo y varios cientos); adolescentes adormilados que se confunden o se adueñan de sillas y reposeras (“Perdón, ¿era suya? ¡Cómo la vi vacía!”). Y pelotas que rebotan en los lugares más vitales de nuestra anatomía cuando una pasea por la orilla.

No importa si una vuelve de la playa exhausta, despellejada y con anécdotas varias. Ya se sabe. Amnesia mediante, se vuelve al año siguiente a disfrutar de sus delicias.”

Por María Brandán Aráoz
Gentileza de http://www.brandanaraoz.com.ar 

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