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Recibiendo a una cautiva      
Fragmento de la novela “NARCISA” de Walter Bonetto

El 20 de junio de 1858 se había celebrado en la plaza de la Villa de la Concepción de Río Cuarto una fiesta alusiva a la bandera donde los soldados del cuartel y los alumnos de las escuelas habían cantado el Himno Nacional. Muy contenta Narcisa contemplaba a Mariano en las filas de alumnos de destacada conducta lo que hablaba del comportamiento de su hijo en la escuela, quien había logrado muy buenos avances y según los sacerdotes demostraba ser muy interesado y aplicado por las lecciones. A los dos días de este festejo llegó Damián del cuartel para pedirle a Narcisa que el Comandante,  don Felipe Salas, quería verla a ella y a Rosa.

– No te preocupés Narcisa, no es nada malo.

– ¿Y para qué quiere hablar con nosotras el Comandante? Yo ahora no puedo dejar al Jesús solo.

–Yo lo voy a estar cuidando, quedate tranquila mujer y andá a verlo.

– ¿Vos, no sabés para qué es?

– Es que quieren ayudar a una persona rescatada y les quieren pedir un consejo.

– ¿Un consejo?

– Sí, un consejo. Pero por favor no preguntés más, alistate y andá que las está esperando.

La ansiedad la comía, pero bueno, iba tranquila porque le había dicho su esposo que no era nada malo.

– Gracias por venir señoras, tomen asiento.

– Usted dirá Comandante.

– Las llamé para pedirle ayuda porque no sé bien cómo manejarme y como ustedes tienen la sabiduría de vivir en los toldos les quiero pedir una mano.

– No sé, ¿qué será?

– Esta madrugada una partida de mis hombres encontró en el medio del campo a quince leguas de aquí, en estado lastimoso  a una cautiva y a su hija,  vienen escapando de los toldos, ahora la mujer está con un miedo infernal abrazada a la pequeña y no quiere hablar ni comer, solamente tomaron agua y un poco de leche.

– ¿Pero cómo es que no quiere hablar?

– Será porque está asustada.

– Debe ser… ¿La pueden ayudar?

– Sí, Comandante, cuente con nosotras, vamos hacer todo lo posible.

El Comandante las acompañó, cruzaron el patio, y las hizo pasar a un cuartucho donde tenía un soldado al frente de la puerta, entró  con suavidad mientras ellas permanecían afuera y el soldado las miraba sin decir nada.

– Pase, pase, Narcisa.

Vieron un cuadro no ignorado para ellas: una mujer semidesnuda, sucia, descalza, con los cabellos como crenchas sobre la frente; temblando estaba abrazada a su hija también sin ropas, con una visible languidez que denotaba solamente huesos y piel, la que se acurrucaba en el pecho de la madre y gemían como animalitos acorralados.

– ¡Por favor! ¿Pueden hacer algo por ellas?

– Todo lo posible Comandante… lo voy hacer.

– ¿Qué precisa?

– Tráigame dos ponchos o mantas, una palangana con agua y  toallas. Lo que tenga de alimento, pero no en mucha cantidad y un jarro con agua para que beban.

– ¿Usted ya les ofreció comida?

– Sí, pero no la quieren. Me tienen miedo. –dijo preocupado el Comandante.

– Crupachí, crupachí.  – dijo Rosa en idioma aborigen.

La mujer la miró, pero no dejaba de temblar. Le fue acercando lentamente la mano hasta llegar con suavidad a la cabeza de la mujer mayor, luego la acarició muy suavemente. La cautiva temblaba con desesperación y miedo.

– No tenga miedo, somos amigas. Están salvadas, las vamos a ayudar.

Vio a la niña y se dio cuenta que era una indiecita, la que también tenía mucho miedo.

Se acercó Narcisa, las miró con dulzura  y se le sentó  al frente. La cautiva y su hija estaban en el suelo arrinconadas como si esperaran lo peor de la vida. Narcisa y Rosa se mostraron tan comprensivas y sensibles que infundieron un hilito de confianza en esta gente atemorizada y tan indefensa. Alguien golpeó la puerta, era el Comandante pero no pasó. Salió  Narcisa, le dijo que estaba lo pedido. Tomó  un jarro de agua Narcisa y se mojó los labios al frente de ellas. Luego  mojó los labios a la niña y le decía en lo que creía que iba a entender.

–Yagep, yagep. (Agua, agua) Jimpa, jimpa. (la invitaba a beber un poquito) Beber beber.  –la niña tomó el agua y la bebió toda.

¡Pobrecitas, tenían sed! –dijo Rosa; trajeron más agua, intentó la niña tomarla, pero le dieron a la madre. Trajeron mazamorra con mucha leche y azúcar, una fuente a cada una, la comieron toda. Rosa le daba en la boca a la niña y Narcisa le tenía el plato a la madre mientras comía. La verdad que impresionaban el estado en que se encontraban, machucones de golpes en todo el cuerpo, heridas en los brazos, las manos llenas de cortaduras y heridas con infección, los pies deformados por el sufrimiento de andar descalzas, a la madre le faltaban casi todos los dientes, el estado en general era lamentable y no hablaban.

Después de comer  se fueron  tranquilizando, le ofrecieron más mazamorra y aceptaron otro plato. Las hicieron sentar en sillas. Narcisa con mucha delicadeza le hizo colocar un pie en agua tibia de una palangana a la mujer y se lo fue lavando despacio, lo mismo hizo Rosa con la niña. Fueron trayendo agua limpia con jabón y toalla y con mucha paciencia las fueron higienizando. En la medida que las lavaban y curaban, las fueron envolviendo en toallas limpias con mucha precaución y paciencia, porque se daba cuenta Rosa, que la mujer se sentía muy incómoda. Corrió Narcisa y trajo ropas  de su casa, agua de colonia y alcohol para desinfectar heridas y un poco de ropa. Las vistieron a las dos y luego le colocaron un poncho a cada una. El Comandante hizo colocar dos catres en una habitación segura para que descansaran hasta el próximo día. La cautiva dio una fuerte señal de agradecimiento. Rosa le habló en idioma aborigen y quedó más serena. Se levantó de su silla y la acompañó al patio, ahí le dio la mano al Comandante en gesto de gratitud.

Al nuevo día, tempranito ya estaba Rosa, golpeó suavemente y entró  a la pieza,  dormían como hacía tiempo no lo hacían, no las quiso molestar y se quedó en guardia, a la hora despertó  la madre, vio un hábitat nuevo y se sorprendió, la miró a Rosa y esbozó una sonrisa.

– Quédese tranquila. La estamos ayudando.

– ¿Y mi hija?

– Duerme, está muy bien. ¿Cómo se llama la nena?

– Natirú. No sabe hablar en  cristiano.

– Está bien, no se preocupe, la dejaremos descansar todo lo que pueda.

– ¿Tiene hambre, quiere comer?

– No, no.

– Quiero ir a mojar. –se dio cuenta Rosa que la mujer quería ir a orinar. Lo que ocurre que la pobre cautiva le costaba hablar porque estaba muy olvidada de su lengua.

– Yo la acompaño.

Al rato de nuevo en la habitación.

– Yo también fui cautiva y escapé. Estuve en los toldos de Leubucó ¿De dónde viene usted con su niña?

– De los toldos del cacique Naqueluche; hace quince días que cruzamos por el desierto y unos soldados nos encontraron cerca de este lugar. Yo tenía mucho miedo.

– Ya todo pasó, quédese tranquila, usted ganó la libertad y ahora la vamos a ayudar. Su hija está muy extenuada pero comió bien y descansa.

– ¿Usted, de dónde es?

– Yo era de Pergamino, cuando me raptaron tenía esposo y un hijo vivíamos en una chacra, quisiera encontrarlos, pero me da miedo y vergüenza.

Rosa la entendía, sabía más que nadie lo que le pasaba a una cautiva cuando regresaba a la civilización, para colmo, en este caso con una hija de un indio. No la podía decepcionar pero sintió lástima por la sufrida mujer. Se había salvado de los toldos pero ahora no escaparía del sufrimiento en la misma  civilización  donde jamás le perdonarían a la pobre haber sido esposa de un indio.

– ¿Vivió mucho en los toldos?

– Perdí la cuenta, pero creo que como diez años.

– ¿Y cómo escapó?

– Al indio que vivía conmigo lo mataron los soldados y nosotras disparamos a caballo hasta el río quinto y ahí perdimos el caballo, lo largamos a comer, se sacó el freno y se nos disparó. Desde ese lugar venimos caminando y trotando por el medio del desierto hasta que en un amanecer después de una fuerte tormenta los soldados nos encontraron y nos trajeron. Creía que me iban a matar porque me confundían con una india. 

–Bueno Rosa, estoy tan agradecido con su ayuda y la de su hija.

– No tiene nada que agradecer Comandante.

– Este es el dinero que me dieron para que le compre ropas a esta gente y comida, ¿sabe?, lo que preciso es que me pida la boleta de los gastos.

– Está bien, gracias, yo se la voy a comprar ahora nomás, porque mucha falta le hacen.

– Mire Rosa, yo voy hacer con esta mujer lo que pueda y lo que usted me indique. La podemos dejar libre en la Villa ahora, para que ande con su hija.

– Sí, Comandante, la puede dejar libre pero la gente la va a ignorar, le va hacer vacío, y hasta se le va a burlar. Es mejor que la tenga oculta y protegida, por lo menos por un tiempo.

– ¿Y cómo la vamos a mantener así?

– Y bueno, hasta que ella decida irse, porque quiere volver a sus pagos de Pergamino.

– Si, pero yo acá no la puedo tener por mucho tiempo.

– Mire Comandante, yo lo voy a hablar con Narcisa y con mi yerno, y si ellos están de acuerdo, la llevamos unos días a casa y después verá la mujer qué hace.

– Bueno Rosa, le agradezco.

Pasaron varios días, la cautiva  y su hija vivieron agradecidas con Rosa y Narcisa.

Por aquellos tiempos, decenas  de carretas arribaban en constante tráfico  cada semana a  La Concepción, era como si fueran haciendo reemplazo, mientras muchas partían, otras tantas llegaban; hasta en los días de lluvia transitaban la pampa, todas con productos para el comercio, mezclada con aquellas  caravanas pasaban velozmente las diligencias que transportaban personas de manera más confortable y rápida en comparación con las carretas.

Muchas eran estas diligencias que hacían los recorridos aunque poco regular por los pueblos y villas de la pampa llevando viajeros por razones de negocios o residencia y también distribuían el correo, pero fue a partir de junio de 1859 que don Pedro Bargas inauguró un servicio muy formal que salía a Córdoba y regresaba a los dos días a la Villa de La Concepción.

Una mañana el Comandante Salas, después de haber hecho gestiones con el Comandante Militar de Pergamino, recibió las indicaciones de entregar a Jacinta Herrera y a su hija a  don Artemio López, que estaba en funciones como encargado de una tropa de carretas, que varias veces al año hacía el trayecto desde Buenos Aires a Mendoza;  quedó  convenido que  al regreso de uno de aquellos viajes debían recoger a las cautivas de La Concepción. Así fue como partieron por el Camino de las Pampas rumbo a Melicué para luego ir a Pergamino. En la tropa iban varias mujeres, y don  Artemio López le manifestó la seguridad al Comandante Salas que Jacinta Herrera y su hija, viajarían con todas las garantías de respeto, y buen trato, serían entregadas sanas y bien alimentadas al comandante militar de Pergamino, quien ya había  advertido del regreso de esta mujer a su familia que la estaba esperando. 

Walter Bonetto
walterfbonetto@yahoo.com.ar

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