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9. La medusa de lumbre
Rafael Bolívar
rbolivarg@hotmail.es

 
 
 

Gabriel José de la Concordia García Márquez (1927 -      ) es un escritor, novelista, cuentista, guionista y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Es conocido familiarmente y por sus amigos como Gabo.

 

Características del patriarca

El cometa

Víctimas de un nuevo engaño

Atormentado por un recuerdo

Un eclipse total de sol

Desaparición de Manuela Sánchez

Condenado a no morir de amor

Su cadáver

El embajador Palmerston

Su vejez

El regalo de una máquina de coser

Su madurez

Apuestas en la gallera

El general fantasmagórico

 

Características del patriarca

Fue una de nuestras grandes fechas de desilusión, pues desde hacía tiempo se había divulgado una especie como tantas otras de que:

· El horario de su vida no estaba sometido a las normas del tiempo humano sino a los ciclos del cometa,

· Había sido concebido para verlo una vez pero no había de verlo la segunda a pesar de los augurios arrogantes de sus aduladores, así que habíamos esperado como quien esperaba la fecha de nacer la noche secular de noviembre en que:

- se prepararon las músicas de gozo, las campanas de júbilo,

- los cohetes de fiesta que por primera vez en un siglo no estallaban para exaltar su gloria sino para esperar los once golpes de metal de las once que:

- habían de señalar el término de sus años,

- para celebrar un acontecimiento providencial que él esperó en la azotea de la casa de Manuela Sánchez:

- sentado entre ella y su madre,

- respirando con fuerza para que no le conocieran los apuros del corazón bajo un cielo aterido de malos presagios,

- aspirando por primera vez el aliento nocturno de Manuela Sánchez,

- la intensidad de la intemperie, su aire libre,

· Sintió en el horizonte los tambores de conjuro que salían al encuentro del desastre,

­ escuchó lamentos lejanos,

­ los rumores de limo volcánico de las muchedumbres que se prosternaban de terror ante una criatura ajena a su poder que había precedido y había de trascender los años de su edad,

­ sintió él peso del tiempo,

­ padeció por un instante la desdicha de ser mortal,

El cometa

· Y entonces lo vio, ahí está, dijo, y ahí estaba,

­ porque él lo conocía, lo había visto cuando pasó para el otro lado del universo, era el mismo, reina, más antiguo que el mundo,

­ la doliente medusa de lumbre del tamaño del cielo que a cada palmo de su trayectoria regresaba un millón de años a su origen,

­ oyeron el zumbido de flecos de papel de estaño,

­ vieron su rostro atribulado, sus ojos anegados de lágrimas,

­ el rastro de venenos helados de su cabellera desgreñada por los vientos del espacio

­ que iba dejando en el mundo un reguero de polvo

- radiante de escombros siderales

- y amaneceres demorados por lunas de alquitrán y cenizas de cráteres de océanos anteriores a los orígenes del tiempo de la tierra,

· Ahí lo tienes, reina, murmuró, míralo bien, que no volveremos a verlo hasta dentro de un siglo, y ella:

- se persignó aterrada,

- más hermosa que nunca bajo el resplandor de fósforo del cometa

- y con la cabeza nevada por la llovizna tenue de escombros astrales y sedimentos celestes,

- y entonces fue cuando ocurrió, madre mía Bendición Alvarado, ocurrió que Manuela Sánchez había visto en el cielo el abismo de la eternidad

- y tratando de agarrarse de la vida tendió la mano en el vacío

- y el único asidero que encontró fue la mano indeseable con el anillo presidencial, su cálida y tersa mano de rapiña cocinada al rescoldo del fuego lento del poder.

· Fueron muy pocos quienes se conmovieron con el transcurso bíblico de la medusa de lumbre que:

­ espantó a los venados del cielo

­ y fumigó a la patria con un rastro de polvo radiante de escombros siderales,

­ pues aun los más incrédulos estábamos pendientes de aquella muerte descomunal que había de destruir los principios de la cristiandad e implantar los orígenes del tercer testamento,

­ esperamos en vano hasta el amanecer,

­ regresamos a casa más cansados de esperar que de no dormir

­ por las calles de fin de fiesta donde las mujeres del alba barrían la basura celeste de los residuos del cometa,

Víctimas de un nuevo engaño

· Y ni siquiera entonces nos resignábamos a creer que fuera cierto que nada había pasado,

­ sino al contrario, que habíamos sido víctimas de un nuevo engaño histórico,

­ pues los órganos oficiales proclamaron el paso del cometa como una victoria del régimen contra las fuerzas del mal,

­ se aprovechó la ocasión para desmentir las suposiciones de enfermedades raras con actos inequívocos de la vitalidad del hombre del poder,

­ se renovaron las consignas,

­ se hizo público un mensaje solemne en que él había expresado mi decisión única y soberana de que estaré en mi puesto al servicio de la patria cuando volviera a pasar el cometa,

Atormentado por un recuerdo

· Él oyó las músicas y los cohetes como si no fueran de su régimen,

­ oyó sin conmoverse el clamor de la multitud concentrada en la Plaza de Armas con grandes letreros de gloria eterna al benemérito que ha de vivir para contarlo,

­ no le importaban los estorbos del gobierno, delegaba su autoridad en funcionarios menores

­ atormentado por el recuerdo de la brasa de la mano de Manuela Sánchez en su mano,

­ soñando con vivir de nuevo aquel instante feliz aunque se torciera el rumbo de la naturaleza y se estropeara el universo, deseándolo con tanta intensidad

Un eclipse total de sol

· Que terminó por suplicar a sus astrónomos que le inventaran:

- un cometa de pirotecnia,

- un lucero fugaz,

- un dragón de candela,

- cualquier ingenio sideral que fuera lo bastante terrorífico para causarle un vértigo de eternidad a una mujer hermosa,

· Pero lo único que pudieron encontrar en sus cálculos fue un eclipse total de sol para el miércoles de la semana próxima a las cuatro de la tarde mi general, y él aceptó, de acuerdo,

· Y fue una noche tan verídica a pleno día que:

- se encendieron las estrellas,

- se marchitaron las flores,

- las gallinas se recogieron

- y se sobrecogieron los animales de mejor instinto premonitorio,

· Mientras él aspiraba el aliento crepuscular de Manuela Sánchez que se le iba volviendo nocturno a medida que la rosa languidecía en su mano por el engaño de las sombras,

Desaparición de Manuela Sánchez

· Ahí lo tienes, reina, le dijo, es tu eclipse, pero Manuela Sánchez:

- no contestó,

- no le tocó la mano,

- no respiraba,

- parecía tan irreal que él:

- no pudo soportar el anhelo y extendió la mano en la oscuridad para tocar su mano,

- pero no la encontró,

- la buscó con la yema de los dedos en el sitio donde había estado su olor,

- pero tampoco la encontró,

- siguió buscándola con las dos manos por la casa enorme,

- braceando con los ojos abiertos de sonámbulo en las tinieblas,

- preguntándose dolorido dónde estarás Manuela Sánchez de mi desventura que te busco y no te encuentro en la noche desventurada de tu eclipse,

- dónde estará tu mano inclemente, dónde tu rosa,

- nadaba como un buzo extraviado en un estanque de aguas invisibles en cuyos aposentos encontraba flotando:

- las langostas prehistóricas de los galvanómetros,

- los cangrejos de los relojes de música,

- los bogavantes de tus máquinas de oficios ilusorios,

- pero en cambio no encontraba ni el aliento de regaliz de tu respiración,

- y a medida que se disipaban las sombras de la noche efímera se iba encendiendo en su alma la luz de la verdad

- y se sintió más viejo que Dios en la penumbra del amanecer de las seis de la tarde de la casa desierta,

- se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti,

- mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, para siempre jamás,

- porque nunca en el resto de los larguísimos años de su poder volvió a encontrar a Manuela Sánchez de mi perdición en el laberinto de su casa,

·  Se esfumó en la noche del eclipse mi general, le decían:

- que la vieron en un baile de plenas de Puerto Rico, allá donde cortaron a Elena mi general, pero no era ella,

- que la vieron en la parranda del velorio de Papá Montero, zumba, canalla rumbero, pero tampoco era ella,

- que la vieron en el tiquiquitaque de Barlovento sobre la mina,

- en la cumbiamba de Aracataca,

- en el bonito viento del tamborito de Panamá, pero ninguna era ella, mi general, se la llevó el carajo,

Condenado a no morir de amor

· Y si entonces no se abandonó al albedrío de la muerte no había sido porque le hiciera falta rabia para morir sino porque sabía que estaba condenado sin remedio a no morir de amor,

· Lo sabía desde una tarde de los principios de su imperio en que recurrió a una pitonisa para que le leyera en las aguas de un lebrillo las claves del destino que no estaban escritas:

- en la palma de su mano,

- ni en las barajas,

- ni en el asiento del café,

- ni en ningún otro medio de averiguación,

- sólo en aquel espejo de aguas premonitorias donde se vio a sí mismo muerto de muerte natural durante el sueño en la oficina contigua a la sala de audiencias,

- y se vio tirado bocabajo en el suelo como había dormido todas las noches de la vida desde su nacimiento,

- con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, y a una edad indefinida entre los 107 y los 232 años.

Su cadáver

· Así lo encontraron en las vísperas de su otoño, cuando el cadáver era en realidad el de Patricio Aragonés,

­ y así volvimos a encontrarlo muchos años más tarde en una época de tantas incertidumbres que nadie podía rendirse a la evidencia de que fuera suyo aquel cuerpo senil carcomido de gallinazos y plagado de parásitos de fondo de mar.

­ En la mano amorcillada por la putrefacción no quedaba entonces ningún indicio de que hubiera estado alguna vez en su pecho por los desaires de una doncella improbable de los tiempos del ruido,

­ ni habíamos encontrado rastro alguno de su vida que pudiera conducirnos al establecimiento inequívoco de su identidad.

­ No nos parecía insólito, por supuesto, que esto ocurriera en nuestros años,

­ si aun en los suyos de mayor gloria había motivos para dudar de su existencia,

­ y si sus propios sicarios carecían de una noción exacta de su edad,

· Pues hubo épocas de confusión en que parecía tener:

- ochenta años en las tómbolas de beneficencia,

- sesenta en las audiencias civiles

- y hasta menos de cuarenta en las celebraciones de las fiestas públicas.

El embajador Palmerston

· El embajador Palmerston, uno de los últimos diplomáticos que le presentó las cartas credenciales, contaba en sus memorias prohibidas:

- que era imposible concebir una vejez tan avanzada como la suya

- ni un estado de desorden y abandono como el de aquella casa de gobierno en que tuvo que abrirse paso por entre un muladar:

- de papeles rotos

- y cagadas de animales

- y restos de comidas de perros dormidos en los corredores,

· Nadie me dio razón de nada en alcabalas y oficinas

- y tuve que valerme de los leprosos y los paralíticos que ya habían invadido las primeras habitaciones privadas

- y me indicaron el camino de la sala de audiencias donde:

- las gallinas picoteaban los trigales ilusorios de los gobelinos

- y una vaca desgarraba para comérselo el lienzo del retrato de un arzobispo,

· Y me di cuenta de inmediato que él estaba más sordo que un trompo:

- no sólo porque le preguntaba de una cosa y me contestaba sobre otra

- sino también porque se dolía de que los pájaros no cantaran cuando en realidad costaba trabajo respirar con aquel alboroto de pájaros que era como atravesar un monte al amanecer,

· Y él interrumpió de pronto la ceremonia de las cartas credenciales:

- con la mirada lúcida

- y la mano en pantalla detrás de la oreja señalando por la ventana la llanura de polvo donde estuvo el mar

- y diciendo con una voz de despertar dormidos que escuche ese tropel de mulos que viene por allá, escuche mí querido Stetson, es el mar que vuelve.

Su vejez

· Era difícil admitir que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiánico que en los orígenes de su régimen:

- aparecía en los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que un guajiro descalzo con un machete de zafra y un reducido séquito de diputados y senadores que él mismo designaba con el dedo según los impulsos de su digestión,

- se informaba sobre el rendimiento de las cosechas

- y el estado de salud de los animales

- y la conducta de la gente,

- se sentaba en un mecedor de bejuco a la sombra de los palos de mango de la plaza abanicándose con el sombrero de capataz que entonces usaba,

- y aunque parecía adormilado por el calor

- no dejaba sin esclarecer un solo detalle de cuanto conversaba con los hombres y mujeres

- que había convocado en torno suyo llamándolos por sus nombres y apellidos

- como si tuviera dentro de la cabeza un registro escrito de los habitantes y las cifras y los problemas de toda la nación,

- de modo que me llamó sin abrir los ojos, ven acá Jacinta Morales, me dijo,

- cuéntame qué fue del muchacho a quien él mismo había barbeado el año anterior para que se tomara un frasco de aceite de ricino,

- y tú, Juan Prieto, me dijo, cómo está tu toro de siembra que él mismo había tratado con oraciones de peste para que se le cayeran los gusanos de las orejas,

- y tú Matilde Peralta, a ver qué me das por devolverte entero al prófugo de tu marido, ahí lo tienes,

- arrastrado por el pescuezo con una cabuya y advertido por él en persona de que se iba a pudrir en el cepo chino la próxima vez que tratara de abandonar a la esposa legítima,

- y con el mismo sentido del gobierno inmediato había ordenado a un matarife que le cortara las manos en espectáculo público a un tesorero pródigo,

- y arrancaba los tomates de un huerto privado y se los comía con ínfulas de buen conocedor en presencia de sus agrónomos

- diciendo que a esta tierra le falta mucho cagajón de burro macho,

- que se lo echen por cuenta del gobierno, ordenaba,

El regalo de una máquina de coser

· E interrumpió el paseo cívico y me gritó por la ventana muerto de risa ajá Lorenza López cómo va esa máquina de coser que él me había regalado veinte años antes,

- y yo le contesté que ya rindió su alma a Dios, general, imagínese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida,

- pero él replicó que al contrario, que el mundo es eterno, y entonces se puso a desarmar la máquina con un destornillador y una alcuza

- indiferente a la comitiva oficial que lo esperaba en medio de la calle,

- a veces se le notaba la desesperación en los resuellos de toro

- y se embadurnó hasta la cara de aceite de motor, pero al cabo de casi tres horas la máquina volvió a coser como nueva,

- pues en aquel entonces no había una contrariedad de la vida cotidiana por insignificante que fuera que no tuviera para él tanta importancia como el más grave de los asuntos de estado

- y creía de buen corazón que era posible repartir la felicidad y sobornar a la muerte con artimañas de soldado.

Su madurez

· Era difícil admitir que aquel anciano irreparable fuera el único saldo de un hombre:

- cuyo poder había sido tan grande que alguna vez preguntó qué horas son y le habían contestado las que usted ordene mi general,

- y era cierto, pues no sólo alteraba los tiempos del día como mejor conviniera a sus negocios

- sino que cambiaba las fiestas de guardar de acuerdo con sus planes para recorrer el país de feria en feria con:

- la sombra del indio descalzo

- y los senadores luctuosos

Apuestas en la gallera

· Y los huacales de gallos espléndidos que enfrentaba a los más bravos de cada plaza:

- él mismo casaba las apuestas,

- hacía estremecer de risa los cimientos de la gallera porque todos nos sentíamos obligados a reír cuando él soltaba sus extrañas carcajadas de redoblante que resonaban por encima de la música y los cohetes,

- sufríamos cuando callaba,

- estallábamos en una ovación de alivio cuando sus gallos fulminaban a los nuestros que habían sido tan bien adiestrados para perder que ninguno nos falló,

- salvo el gallo de la desgracia de Dionisio Iguarán que fulminó al cenizo del poder en un asalto tan limpio y certero que él fue el primero en cruzar la pista para estrechar la mano del vencedor,

- eres un macho, le dijo de buen talante, agradecido de que alguien le hubiera hecho por fin el favor de una derrota inocua,

- cuánto daría yo por tener a ese colorado, le dijo, y Dionisio Iguarán le contestó trémulo que es suyo general, a mucha honra,

- y regresó a su casa entre los aplausos del pueblo alborotado y el estruendo de la música y los petardos

- mostrándole a todo el mundo los seis gallos de raza que él le había regalado a cambio del colorado invicto,

El general fantasmagórico

· Pero aquella noche se encerró en el dormitorio y se bebió solo un calabazo de ron de caña

· Y se ahorcó con la cabuya de la hamaca, pobre hombre, pues él no era consciente:

- del reguero de desastres domésticos que provocaban sus apariciones de júbilo,

- ni del rastro de muertos indeseados que dejaba a su paso,

- ni de la condenación eterna de los partidarios en desgracia a quienes llamó por un nombre equivocado delante de sicarios solícitos que:

- interpretaban el error como un signo deliberado de desafecto,

- andaba por todo el país con su raro andar de armadillo,

- con su rastro de sudor bravo,

- con la barba atrasada,

· Aparecía sin ningún anuncio en una cocina cualquiera con aquel aire de abuelo inútil que hacía temblar de pavor a la gente de la casa,

­ tomaba agua de la tinaja con la totuma de servir,

­ comía en la misma olla de cocinar sacando las presas con los dedos,

­ demasiado jovial, demasiado simple,

­ sin sospechar que aquella casa quedaba marcada para siempre con el estigma de su visita,

­ y no se comportaba de esa manera por cálculo político ni por necesidad de amor como sucedió en otros tiempos

· Sino porque ése era su modo de ser natural cuando el poder:

- no era todavía el légamo sin orillas de la plenitud del otoño

- sino un torrente de fiebre que veíamos brotar ante nuestros ojos de sus manantiales primarios,

· De modo que bastaba con que él señalara con el dedo:

- a los árboles que debían dar frutos

- y a los animales que debían crecer

- y a los hombres que debían prosperar,

- y había ordenado que quitaran la lluvia de donde estorbaba las cosechas y la pusieran en tierra de sequía,

Fuente: El otoño del patriarca de Gabriel García Marqués

Enviado por: Rafael Bolívar Grimaldos - rbolivarg@hotmail.es

En Letras-Uruguay desde el 4 de junio de 2012

 

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