Amalia Sandoval

Cuento de Nancy Bird-Soto
University of Wisconsin-Milwaukee

Mari se ve atrapada en el telenovelón de las siete, sentada en el sofá, pegada al asiento, con el control remoto en las manos. Mari no se pierde el episodio nuestro de cada día por nada del mundo. Mari tiene dieciocho años y acaba de venir de la Junta de Inscripción Permanente, a donde fue a sacar su tarjeta electoral. Mari suele decir que le interesa la pedagogía y que quiere ser maestra de matemáticas y catecismo de escuela elemental.

El teléfono suena y Mari no contesta. Perderse un minuto de la afamada telenovela es privarse de un momento de intensas emociones que mejor no se pueden expresar a no ser por las arrugas prematuras de la elegantísima mujer que acaba de descubrir que su marido tiene cáncer y que ahora todo cambiaría para siempre. Tendrá él que abandonar sus andanzas donjuanescas forzadas en él por el libreto, y ella, tendrá que tomar licencia sin paga del hospital para quedarse en casa. Amelia parece ser que se llama la protagonista, y el desventurado esposo, Carlos Esteban.

Mari es más que dedicada con eso de no perderse ni un episodio, ni el más mínimo suspiro de los personajes. Mari purga sus miedos y corajes en el deleite de ver a Amelia colgar el teléfono con rabia, o a Carlos Esteban intentando abrazar efusivamente a su esposa, mientras que ella lo rechaza, acusándolo tajantemente de ¡canalla!. Mari se deslumbra por los lujosos aretes que Amelia siempre lleva y su maquillaje celestial y Mari admira el aplomo de la protagonista. Mari ven en Amelia un modelo de estoicismo que, salvo por las colgadas de teléfono y los sollozantes reclamos a su marido, le permite sobrellevar la dura carga de ser mujer en un mundo de canallas; expresión que Mari había aprendido de su abuela.

Mari saca un pañuelo; las lágrimas han empezado a correr por sus mejillas. Mari es muy emocional y a veces sueña con actuar en un escenario para protagonizar alguna historia de pasión maltratada.

El teléfono vuelve a sonar y Mari se molesta. ¿ Quién podría estar llamando a la hora de la telenovela? ¡Algún canalla! Alguien empeñado en tentar su fidelidad al melodrama que se le ofrece en pantalla de televisor todas las noches, religiosamente, a las siete en punto. De seguro era alguien que no comprendería el sentir de una protagonista que tiene que luchar contra rivales para defender que su hombre le pertenece.

Así pensaba Mari mientras la emisora se iba a comerciales y el momento palpitante del episodio se reservaba para la próxima escena.

Entonces dieron las ocho. ¡Qué suspenso! Había que esperar hasta mañana para saber si Carlos Esteban era de verdad el padre del bebé de la tonta amiga de Amelia Sandoval que, como hubiera dicho la abuela de Mari, “se dejó hacer un hijo por él”. Mari no podía ocultar su desconcierto a la vez que se asomaba su deseo de saber a ciencia cierta si aquello era la verdad o sólo un truco femenino para atrapar al prominente abogado.

Sonó de nuevo el teléfono. Era su amiga Amalia. Quería contarle a Mari un asunto muy urgente, un tanto privado. Mari contestó, pero de inmediato le dijo que le hablara más tarde, que ahora tenía que ir a comprar un perfume que hacía ya más de un mes anhelaba tener.

Al día siguiente, poco antes de las siete en punto, la hora sagrada de la telenovela, había un mensaje en el contestador automático de Mari. Era la madre de Amalia. Estaban en el hospital. Mari, echándose perfume mientras escuchaba el mensaje, no entendió bien qué era lo que pasaba. La madre de Amalia estaba destruida y sus palabras se quebraban porque el llanto la sobrecogía. Era algo sobre una hemorragia. Un aborto al parecer.

 

Nancy Bird-Soto
University of Wisconsin-Milwaukee

 

Publicado, originalmente, en: Cuarto propio Revista Literaria No. 6 Mayo 2010

Cuarto propio Revista Literaria es una revista electrónica interdisciplinaria del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo

Link del texto: http://cuartopropio.upra.edu/vol6/amalia_sandoval.pdf

 

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