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Thomas Mann y el orden instituido
por Oswald Bayer

 

"Lo primordial es transformar la vida, lo demás no tiene importancia". El octogenario Mann cita esta frase de Antón Chejov cuando ya poco falta para su muerte física.

Uno se avergüenza casi, tiembla, se regocija en escalofrío de emoción y reconocimiento ante esa honestidad, entereza, esa racional integridad e integración de si mismo, ese absoluto desconocimiento —por despreciable— de lo pequeño, de lo oportunista, de todo diletantismo, de ese decadentismo brilloso de lo escéptico que nos muestra el hijo de Lübeck a través de toda su obra.

Porque Mann es íntegro cuando panegiriza al Káiser, cuando defiende a los ilusos de la República de Weimar, cuando emprende el camino del exilio y grita su asco por la "falsa masculinidad" de los uniformes pardos que gobiernan su patria y cuando, ya en la meta de su vida y de su obra, realiza la peregrinación a Weimar para rendir homenaje a su bien amado Schiller, sin atender a los escandalizados que desde Bonn derraman en tinta su pequeñez y su histeria y tratan de enlodar el bronce que ya cubre esa goethiana estampa. Porque Mann es ya bronce cuando con su gesto señala el único camino que queda a su eterna Alemania: la unidad y no el odio, la paz y no las gorras prusianas ni el hierro maldito de los cañones que ya comienzan a salir de las fábricas que todavía no han borrado de sus frentes las cicatrices de las bombas incendiarias.

Es Mann, Thomas Mann, el más profundo y sereno intérprete del pensamiento humanista burgués, quien advierte. Es el último genio literario de rasgos definidos, de voz que suena a definitivo, a consumado, de opinión que es veredicto, de presencia que dice de erudición, de sabiduría profunda, de filosofía viva. Después de Goethe no ha habido en la literatura alemana una figura tan definitiva, integrada, estatuaria. Es él quien advierte.

Su advertencia está dirigida a Europa, a su Alemania. La hace a poco de regresar de los Estados Unidos, país que lo acogió en su destierro. Él es un profundo admirador del suelo americano, de su entusiasmo por el saber, de sus escritores y de sus sabios. Pero abandona los Estados Unidos. "He regresado a Europa —dice la voz noble del sabio en "Retour d'Amérique"— y he cambiado a los 78 años de edad nuevamente la base de mi vida, lo que a esta altura no es una pequeñez. Admito que al igual que en 1933" —cuando la sucia turba nazi lo privó de la nacionalidad alemana— "lo político no dejó de tener su influencia en mi resolución. Una desgraciada constelación mundial ha provocado cambios en la atmósfera de un país tan favorecido y que ha alcanzado un poderío increíble; cambios que pueden ser sentidos como agobiadores y alarmantes. La coacción al conformismo, llamado "loyalty", la orientación hacia el espionaje, la desconfianza, la pedagogía de la denunciación, la negación de pasaportes para sabios famosos pero poco populares (una limitación del intercambio científico internacional), la bestial expulsión de los no ortodoxo hacia el desierto económico, todo esto ha llegado desgraciadamente a ser posible."

La serena voz toma matices de ira y de enfático llamado a las conciencias sanas y firmes: "A menudo se oye y no sólo en América, la frase de sólo los fascistas son realmente enemigos positivos de los comunistas". Pero Mann cree todavía, él confía en el pueblo norteamericano: "El carácter del pueblo y el de la inteligencia, carácter bueno y generoso en sí, es poco alentador para el porvenir político de los McCarthy y los McCarran".

Mann vuelve a Europa. "Se puede decir que Europa es al mismo tiempo más exquisita —y por ende— menos histérica que el coloso allende el océano". El anciano escritor no está de acuerdo "de ninguna manera" con la conducta de Europa hacia los Estados Unidos "ni en lo positivo ni en lo negativo". Uno de esos aspectos es el que le hace repetir: "Me avergüenza y me desagrada un sentimiento pusilánime de Europa con respecto a los Estados Unidos que se aviene con la fuerza oscura en forma tan extraña y contradictoria como en Estados Unidos se aviene un profundo respeto por la vieja dignidad histórica y el probado destino de nuestro continente con la inclinación de tratar a Europa como una colonia económica, como una base militar, como una plataforma para la futura cruzada atómica contra Rusia; como un pedazo de tierra, si bien interesante por su carácter de anticuario y turístico, pero que no les preocupará su completa destrucción si ello es necesario para alcanzar el dominio del mundo. En esa vituperable inclinación, creo yo, que se fortalece a aquellos que son lo suficientemente brutales para alimentarla, debido a la indigna devoción de Europa por el dinero y el poder, por la mano pordiosera que se extiende, por la imitación ridícula de costumbres norteamericanas, que hace exigir casi al europeo consciente, todavía consciente de sí mismo, comisiones parlamentarias para la investigación de "Un European Activities"; por la admiración genuflexa de una "sucess story" que se llama "historia americana" —imponente por cierto—, por el alma de lacayos de los de sotana, servidumbre tal que mismo al más honrado amigo de América le nace un sentimiento de alegría y satisfacción ante la más pequeña muestra de orgullo, inflexibilidad, sentimiento de resistencia que todavía sea capaz de proporcionar Europa en su conducta para con el gigante americano, arrogantemente obsequioso".

Mann muestra su alma; su figura no puede dar lugar nunca a falsas interpretaciones o a epítetos y calificativos malintencionados. El lo dice claramente y su obra lo respalda: "La tradición heredada por mí y mi formación personal me hacen incapaz de ser un adicto al comunismo". Pero todo lo negativo "no me impide ver el derecho —tan altamente relativo como sea— de ese comunismo contra las deformidades de nuestro mundo capitalista postrero, que en vez de crear desde su amenazada posición impulsos de renovación interna, incuba desesperados planes de aniquilación pavorosamente armado en la técnica. No considero sabia la incondicional dependencia de Europa Occidental al sistema de defensa americano. No ayudará al mantenimiento de la paz ni es propia de la verdadera misión del continente".

El cree en la tradición humanista, en la perspectiva secular de Europa que no debe conformarse en ser "el siervo de vanguardia de una guerra, en el aliado exclusivo, en la primera victima de determinados mercenarios de este delirio de grandezas".

Así es la posición de Thomas Mann. De esa vida con hombros cargados de dignidad, de lucha, de una agotadora gloria que supo largar por la borda de su monacal profundidad, de su ascética interpretación, de su imperturbable relación con lo humano.

Su imagen del mundo es un firme planteo sin dogma. De ahí su dialéctica. De ahí su concretación de una síntesis de vida y espíritu que nadie —ni ningún Weltanschauung constructivo —podrá pasar por alto. Síntesis de vida y espíritu es su arte. Síntesis que significa humanidad, en cuanto sentimiento.

Mann no es un revolucionario. Revolución sólo puede ser dogma de una antítesis. Como antítesis, sólo como antítesis temporal puede esperarse el gran aliento del vuelco. Una antítesis que no llegue a conformar dogma de la síntesis. Sólo entonces podrá vislumbrar ese mundo —clarificado en la antítesis— cual es la verdadera síntesis: experiencia de la vieja tesis y experiencia reciente, vivida, heroica. Síntesis basada en historia, tradición, religión, revolución y naturaleza. En el hombre mismo. Dogma sí, debe ser el amor a lo humano. Dogma debe ser, por sobre todo, un cristianismo sin dogma. Revolución debe ser antitesis final a una síntesis que exija esa humanidad, como sentimiento, que cumpla con aquella otra síntesis del realista consecuente: vida y espíritu, arte y destino.

Y ahí lo tenemos: es un conservador de la línea clásica porque no se aparta de lo mediato, no se deja arrastrar por el subjetivismo alelado y fantasmal. El se mantiene fiel al hombre y al espíritu de ese hombre. El, como artista, no puede abandonarlo en su lucha, en sus problemas, en su continuo avizorar. Thomas Mann es un realista consecuente.

No es de aquellos que sufren repentinas desilusiones, de los que un día se hallan de improviso ante la Revelación, de los que terminan por confesar sus "errores" no con la limpia crítica racional sino a base de golpes publicitarios para caer en la irracionalidad de lo místico, de algún tótem que sirva de tabla de salvación a su antihumano aburrimiento.

Mann no sufre arrepentimientos porque lo que él abandona lo hace por firme superación. Por reconocimiento de que en cada paso que da encuentra nuevas verdades escondidas, nuevas situaciones para juzgar lo circundante, nuevos elementos que reclaman otra definición. "Mi tiempo sí que fue variable, pero mi vida en él es una unidad."

Si, su juventud está rodeada de Wagner, de la voluntad nietzscheana por el poder, de la admiración por la muerte aprendida de Schopenhauer y del Eros cosmogónico —más tarde estimulado y estipulado por Ludwig Klages.

En Buddenbrook, dentro de su forma detallada de realismo concienzudo, fiel, minuciosamente germano, ya se encuentra Mann frente al complejo de las significaciones —significación, al fin— del arte. Muerte, voluntad, vida, sexo frente al artista. Christian Buddenbrook, el fracasado, el mimo, que lleva en sus venas el elemento más primitivo y simple de lo artístico, fracasa ante la vida burguesa. El niño Hanno muere una débil muerte frente a esa dura vida real que sopla detrás de los cristales. Pero Thomas Buddenbrook, el senador, llora su impotencia en las páginas de Schopenhauer ante la inmensa superioridad artística de su esposa. Y Tony, con el leit-motiv de su pequeño encuentro amoroso con el estudiante progresista.

Escarba Mann entre las dos antítesis: entre burgués y artista, entre vida y espíritu; dadas para su situación social. En "Tonio Kroger" llega a su gran confesión. Llega a su desesperación, a preguntarse el papel que resta al artista en la sociedad burguesa, en el orden instituido: caer en el aislamiento, en el esteticismo, en la remembranza o en la sensación, en la pose o en la castración de todo impulso noblemente pedagógico, en la búsqueda de lo distinto, de lo anormal por anti-normal, de lo especial por anti-común, del suicidio por enemistad para con la vida que todos loa días se vuelca en las calles, de lo literario frente a lo épico. de la erudición ignorante de realidad frente al heroísmo de lo por realizar. De extática decadencia frente a la armonía fecunda del hombre que busca por fin integrarse en la existencia, única trascendencia.

Ese es el problema de Mann. Integrar el arte en la sociedad. La actuación del artista dentro del orden instituido. Y por consiguiente su reacción ante éste. "A menudo siento un cansancio mortal —dice Tonio— "al representar lo humano sin participar en lo humano".

Saltemos desde "Tonio Kroger" por encima de toda la gigantesca monumentalidad de "La Montaña Mágica". de "José y sus hermanos" y de "Dr. Faustos", y veamos su penúltimo trabajo —penúltima obra maestra- escrita un año antes de dejar a so querido mundo de hombres vivientes. El ensayo sobre Antón Chejov.

Que Thomas Mann haya elegido para uno de sus últimos trabajos fundamentales la figura de un hombre escondido tras los bastidores de la dramaturgia ligera y de lo intelectualmente liviano y leve —a primera vista—, mueve a la curiosidad, a la espera expectante, a la confianza de oír algo nuevo, de conocer la interpretación literaria de los mundos en pugna a través de la figura pequeña, soñadora y escurridiza del bondadoso Chejov.

Es que Chejov padeció hasta el último instante de un "honorable insomnio". De una religiosa preocupación por el hombre, de una exasperada ansia de edificar para ese hombre un mundo digno, un mundo "donde la vida será tan clara y llena de alegría como la apacible mañana de un domingo".

El "honorable insomnio" de Chejov citado con un excitante énfasis por el octogenario Mann, por el hijo del aristocrático senador de Lübeck, que también padece de la misma santa enfermedad. El honorable insomnio de Mann no es de los que se conforman con el dogmático conformismo o el dogmático idealismo de las utopías. El observa todo y se pregunta, allí, en Suiza, por el sueño de Chejov. "¿Pero acaso en tu sueño de las enormes y maravillosas casas y magníficos jardines con fuentes que se levantarán en vez de la moribunda ciudad solo espera su fin, no hay algo del ímpetu constructivo socialista con que la moderna Rusia impresiona a Occidente, pese a todo el miedo y la hostilidad que despierta!".

Para el realista Mann, mejorar es más positivo quo odiar. Ayudar al hombre a realizar su obra es preferible a rotular de negro y volver la espalda. Su énfasis está en el construir y no en el destruir para conservar.

En "Lotte en Weimar", Mann se personaliza en Goethe al revivir precisamente el anecdotario goethiano quo mis le recuerda su vida propia. En el ensayo sobre Chejov martillea incesantemente en los problemas que lo persiguen y le preocupan. El vive su honorable insomnio en Chejov. La búsqueda de la justa y salvadora respuesta a la pregunta que debemos hacer?". "Una sola cosa sabía Chejov con seguridad —nos dice Mann— "que el ocio era lo peor y que se debe trabajar porque ocio significa hacer trabajar a los demás, significa explotación y esclavitud". Así, en forma tan simple. el erudito autor nos muestra la salida que Chejov ve ante el orden establecido. Huida, la llama Mann. "Es la misma fuga que siempre se vuelve a repetir en las narraciones de Chejov, la misma que emprendió el anciano Tolstoi a ultimo momento".

Esta frase, al saberla escrita a último momento por Mann, sobrecoge, establece un salto dialéctico en el constante paso progresivo del humanista burgués. En esa huida —en ese encuentro final con la humanidad misma, en ese resumen total de la existencia— busca Mann una vez más la relación entre forma y fondo, entre arte y vida: "lo que a mí me interesa es el haberse estatuido una relación entre una evolución hacia la maestría de la forma y el incremento de una irritabilidad referida a la moral y a la critica de la época. Es decir, el sentimiento cada vez más fortalecido para con lo socialmente condenado y decadente y para aquello que vendrá: la relación, entonces, entre lo estético y lo ético. ¿No es acaso esta relación la que otorga a la laboriosidad del arte su dignidad, su sentido, su provecho, y por la cual se deduce la honda estimación que sentía Chejov por el trabajo, su condenación de toda holgazanería y parasitismo, su desprecio cada vez más claro a una vida que, como él mismo dijo está construida a base de esclavitud? Duro veredicto contra la sociedad capitalista-burguesa que tanto se precia de su humanidad y nada quiere oír de esclavitud".

Mann va más allá, se preocupa por loa métodos: en su obra, Chejov muestra "su burla para con la jactancia del burgués progresista. Como médico guarda un manifiesto desdén a los métodos paliativos con que ese burgués progresista combate la enfermedad social".

A través de Chejov, Mann toca el punto candente de la humanidad; a él le basta citar unas frases del relato "Un caso de consultorio" para descubrir el verdadero fondo del mundo donde el súmum de la libre competencia": "cuando él —el protagonista del cuento— vio las fábricas y las barracas donde dormían los obreros volvió a pensar en lo que siempre pensaba cuando veía fábricas. Aunque aquí hubieran funciones para los obreros, conferencias ilustradas, servicios médicos y toda clase de mejoras, los trabajadores que encontró hoy en el camino de la estación no se diferenciaban en nada en su apariencia de aquellos que había visto en su niñez, cuando todavía no existían mejoras ni se daban funciones en las fábricas. No consideraba innecesarias las mejoras en la vida de las fábricas pero las comparaba con las repetidas curas de una enfermedad incurable. Ya que se quiere curar —se le oye decir— atáquense las causas y no las enfermedades. Las enfermerías, las escuelas, los salones de lectura y las farmacias sirven en la actúales circunstancias sólo a la esclavitud, esta es mi convicción".

Es como estar oyendo a Luckács: "Conformismo adornado con sensación. embotamiento hecho apetitoso mediante el éxtasis: eso es lo que exigen del arte los intereses de la burguesía. El escritor como especialista en suspenso, en embriaguez y en apaciguamiento, es un producto de la división capitalista del trabajo". Y a la cita de Chejov buscada por Mann: "como las cosas están dispuestas, la vida de un artista no tiene sentido alguno y cuando más talentoso sea tanto mas extravagante e incomprendido será su papel, porque está demostrado que ese artista trabaja para el regocijo de una sucia fiera de rapiña y con ello respalda el orden instituido".

En 1954, en oportunidad del estreno de la versión radioteatral de "Alteza real", Mann expresa que en figuras y destinos de esa "novela cortesana" (1909): "se pinta la crisis del individualismo de la que ya mi generación estaba atacada; la evolución espiritual hacia lo democrático, hacia la comunidad, hacia lo democrático, hacia el servicio del ser humano, hacia la vida, que llegó a ser el mandamiento de la hora. Mismo la evolución hacia lo político que se hizo consciente al espíritu algunos años después, con los truenos de 1914". Y esta evolución fue siempre la que acompañó toda la jornada literaria del genio.

En "Tonio Kröger" dice "... mucho le resta para ser artista a aquel cuyo más profundo entusiasmo es lo refinado, lo excéntrico, lo satánico". Y precisamente debido a ese culto por lo toscamente humano —por real—, a la búsqueda de los valores éticos universales -por positivos— y a lo bondadosamente angélico —por antimistificador— de toda su obra, es que su actitud queda como la de un orientador. Un orientador, de todos modos.

 

por Oswald Bayer
Gaceta Literaria Nº 10 - julio de 1957

Gentileza de Razón y Revolución - Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales
http://www.razonyrevolucion.org/ceics/GACETA1/gaceta/GL10.pdf (versión en .pdf)
Digitalizado como texto word, y procesado como htm, por el editor de Letras Uruguay.

Al día de hoy, 18 de agosto del 2016, texto inédito, en formato htm, en la red.

 

 

 

 

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