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Recuerdos de Mark Twain
La risa como esperanza
Margara Averbach

 
 

Dibujo de Nicolás Vilaró

“Mark Twain”, “marca dos", era uno de los gritos con que los pilotos y marineros   de los vapores del Mississippi se comunicaban la profundidad variable  y  traicionera del gran río del Sur de los Estados Unidos. Así Samuel Clemens, el menos sureño de los escritores sureños, eligió ese grito para dar nombre a la parte de su compleja personalidad que lo llevó a la fama.

 

No era solamente un escritor. También se ganó la vida como humorista oral, como piloto de vapor, como comerciante y como aspirante a inventor, entre otras cosas. Era un hombre contradictorio. Crítico agudo, feroz incluso, de los males y defectos de  su  país y  de  su  época, deseaba el dinero y la comodidad con el mismo fervor que los adoradores del American Dream de quienes se burlaba. Rebelde, adelantado a su tiempo en muchas cosas, llevó consigo un censor interior tan o más poderoso que su mujer (que pensaba, con cierta razón, que Huckleberry Finn era un libro blasfemo). Luchador incansable por los derechos de los que él llamó los "pueblos oscuros", durante mucho tiempo, sus libros transmitieron un odio que no puede calificarse con un término más suave que el de racista contra los indios de su país, con quienes se reconcilió más adelante, y sus figuras negras (el negro Jim en Huck es un ejemplo) respondieron siempre a los estereotipos formulados por la comunidad blanca.

Huck y la literatura norteamericana

 

Blasfemo o no, su Huck Finn inventó la novela estadounidense, decía Hemingway casi un siglo después. La voz de ese muchacho casi analfabeto hijo del borracho del pueblo, que cuenta su propia historia en un largo monólogo, inauguró un medio de expresión distinto para la experiencia norteamericana. Esa primera persona cambió la forma del lenguaje literario de los Estados Unidos, dio otro sonido al inglés y lo acercó a la frontera, a lo americano, a lo propio. La voz de Huck es una convención, por supuesto, pero es una convención poderosa e inteligente de la que depende gran parte de la ficción posterior del país del norte.

 

Twain era un observador, un periodista. La mirada de Huck, a horcajadas sobre el río, pone en los ojos de un chico, que no es tan inocente como parece, todo el horror de la civilización sureña y los valores morales que permiten y alientan la esclavitud. Huck es una novela horrenda y peligrosa, la novela de un iconoclasta. La sociedad estadounidense se defendió de ella con inteligencia, con la misma inteligencia con que se defendió la inglesa de la brutalidad de las Alicias de Carroll: la convirtió en un "libro para chicos", en una "broma inofensiva".

 

Huck no es un libro para chicos y no porque los libros para chicos no puedan (y tal vez deban) ser peligrosos. No lo es porque cuenta una historia cruel, incluso sangrienta. Twain no es escritor para chicos (exceptuan­do tal vez a Tom Sawyer sólo hasta cierto punto). Su humor es demasiado ácido y adulto desde el principio de su carrera y con el tiempo, se hace cada vez más despiadado y amargo. Su visión del ser humano tiene una dimensión filosófica importante que la acerca primero a Rousseau y después al teatro del absurdo y la idea de la muerte de Dios.

 

El adelantado

 

No, Twain no escribía para niños. Una gran parte de su obra (la menos difundida y no hace falta pensar mucho para adivinar por qué) puede leerse como un gran ensayo irónico contra el creciente imperialismo de su país a fines del S. XIX y principios del XX, un ensayo agudo, despierto, sobre todo moderno. Ya en la mitad del siglo pasado, Twain comprendía el mecanismo de lo que llamó en un artículo el  "llevarlas bendiciones de la civilización a nuestro hermano que aguarda, sentado en la oscuridad". Para Twain, esa aventura había "sido un buen negocio" y había "dado buenas ganancias". Mucho antes de que lo dijera la antropología moderna, Twain hablaba de la relatividad de los valores morales. Sabía que lo que es "bueno" para el cristianismo puede no serlo para otra religión y que lo "bueno", por lo tanto, tiene límites espaciales y temporales, límites muy concretos.

 

Cuando Estados Unidos intervino en la guerra de Filipinas, a fines de siglo, Twain se horrorizó. Escribió un artículo acusando al gobierno de haber olvidado los ideales de la Revolución para entrar en una guerra mezquina y sangrienta del lado equivocado. Casi un siglo después, los jóvenes estadounidenses usaron su artículo para protestar por la intervención norteamericana en Vietnam.

 

Dios y el ser humano

 

La desilusión de Clemens con el país en general tuvo un desarrollo paralelo a la evolución de sus ideas sobre la humanidad. Como muchos humoristas de entonces y de ahora (como los últimos libros de Quino), su risa se fue convirtiendo en una mueca de espanto. En El extranjero misterioso, una de sus últimas novelas, presenta otra vez al adolescente testigo como protagonista, pero aquí ya no hay salvación posible, no hay "buen corazón" al que aferrarse, como en Huck. Esta vez, el encuentro con un ángel (que dice llamarse Satán) demuestra al muchacho que Dios ha olvidado al ser humano o más bien que el ser humano es apenas un juguete para Él, un juguete dañino y sin importancia que se puede destruir de un manotazo porque de todos modos, si hace falta, siempre es posible construir más. Para eso sirve la divinidad. La pequeñez de los hombrecitos de barro que el ángel Satán crea y después aplasta por aburrimiento es casi exactamente igual a la de las criaturas trágicas y patéticas del teatro del absurdo, payasos sacudidos por un viento cruel que no comprenden y que los arrastra al más horrible de los infiernos, sin razón aparente.

 

La risa como salvación

 

Y sin embargo, incluso en este libro desesperado, con el ser humano convertido en insecto entre los dedos gigantes de Dios, Twain sentía que quedaba algo rescatable en esa criatura abyecta, algo que la hacía valiosa: la risa. El hombre es pura mentira y vanidad excepto cuando logra verse tal cual es y descubre que el dolor y la impotencia y la culpa son cosa de risa. El hombre es abyecto y absurdo, excepto cuando aprende a reírse de sí mismo, cuando se atreve a mirarse en el espejo deformante y peligroso de la ironía, a mirarse y a reconocerse. Para este último Twain, amargado, desilusionado, feroz con sus criaturas, un Twain que decía que la muerte era una bendición, el humor seguía siendo un camino, una puerta abierta hacia la verdad sobre uno mismo, o una pequeña esperanza.

Margara Averbach
El País Cultural Nº 75
30 de marzo de 1991

Digitalizado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, en el año 2003, primeros pasos del sitio en la web. Twitter: @echinope o email echinope@gmail.com 

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