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La herencia atávica
(a propósito del 12 de octubre)
por Leandro Area
leandro.area@gmail.com

 
 
 

Dicen algunos que: "inocentes de todo mal, que no peligro, recibimos el bautismo iniciático en el río del odio y de la humillación. A partir de entonces somos esclavos mestizos de una ignominia que cual karma definitorio decide por nosotros, lleva y obliga".

Al menos esa es la escena que nos ha vendido el discurso cultural, incluyendo al político, claro está. Que fuimos, y lo seguimos siendo, un país colonizado por invasores. En manos de sifilíticos españoles que llegaron armados de genética, arcabuces y religión con las que les fue fácil violentar el estado paradisíaco, virginal, en el que apacibles, vivíamos. Historiadores, curas, filósofos, diplomáticos y demás, herraron con ese hierro la ideología que hoy se asoma más que nunca.

Tema recurrente ese de la identidad nacional. Cada cierto tiempo se asoma y nos muestra su rostro difuminado e impreciso, que extraviado en vaga niebla, duerme su larga siesta como fauno indescifrable. El purismo racial, neo-racismo, crece en nuestro tiempo, y de qué forma. Ingenuos pretendemos que para encontrar la salida a nuestros males deberíamos regresar a ese estado primigenio de naturaleza. Para acelerar esa película en retroceso, "pulsar el botón de devolver", la estatua de Colón es derribada de lo que fue su pedestal, un 12 de octubre, tal día como hoy, mientras se celebraba el Día de la Raza, o del Descubrimiento de América, o del Encuentro entre Culturas o de La Resistencia Indígena. Casualmente, otro icono de nuestra identidad, "María Lionza", reina de Sorte, meses antes se desmoronaba de desidia sobre el pavimento de una arteria vial capitalina que lleva el nombre, en nuestra tropicalia nacional, de autopista "Francisco Fajardo". Autopsia de tres ingredientes que componen el caldo de cultivo de nuestra identidad. Tierra de Gracia.

El asunto de la identidad es totémico, arrodillador. Nos ha convertido en sujetos y objetos amarrados a un sentimiento ancestral de culpa que ha servido a que seamos manipulados con facilidad bajo el supuesto de que padecemos de un defecto de origen, aborigen, que echó raíces históricas a través del proceso colonizador. El cuento sigue narrando que en su momento nuestros padres libertadores pretendieron e hicieron la guerra en nombre de la libertad para resarcirnos de aquel pecado original. Yugo, imperio, colonia, esclavitud, fueron lanzas de guerra contra sus responsables. Romper con la Madre Patria no fue hazaña fácil, ni en lo material y menos aún en lo espiritual y simbólico.

Entonces, y una vez lograda la inestable independencia, se desata el imperio de los egoísmos que acaba con el sueño de la unidad continental y de las coexistencias nacionales. Guerras intestinas, aquí y allá, aparecen. Y en ese drama muere Bolívar, el Libertador, en Colombia. Lo que faltaba. Pobre, enfermo de soledad, desterrado, incomprendido, odiado, excluido del mundo que ayudó a construir, padece de la distancia de sus hermanos y de sus sueños. Otro hito de nuestra culpa: "Fuimos y seguimos siendo malos hijos". Ahora con nuestros padres liberadores.

Escudo, himnos, banderas, estatuas, historias, escuelas, todo, ha sido insuficiente para pagar esa deuda vital. Generaciones repitiendo un cheque en blanco que caduca cada vez que lo firmamos. Somos lo que no llegamos a ser. Siempre en hipoteca, culpables de deuda ¿Hasta cuándo?

por Leandro Area
leandro.area@gmail.com

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