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El artista y su momento histórico 
Rubén Amaya

El artista, frente al lector colectivo, que, en primera instancia es su pueblo, debe resolver una de estas opciones: la asimilación o el rechazo. En la primera, con una consecuencia ineludible. Su obra se verá infiltrada con y en el espíritu del pueblo y no le queda otro horizonte que comprometerse histórica, social y éticamente con el destino colectivo. En la segunda opción, le plantea un sentimiento de culpa o traición subconsciente. Las elites negaron y niegan al folclore, como niegan todas las expresiones nacionales y se refugian en la comodidad de la importación cultural. Estas elites, asociadas o al servicio del poder, ubicaron a la cultura en una región misteriosa de acceso casi imposible, donde sólo pueden convivir ciertos predestinados por vaya a saber que extraño y mezquino dios del paraíso cultural

Jorge Luis Borges, en un breve cuento “Historia del guerrero y la cautiva”, describe a un guerrero lombardo, que, encandilado por el peso cultural de Roma, cambia de bando en plena batalla y muere defendiendo a los enemigos de su pueblo:“Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás o que no ha visto en plenitud (...) Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos (...) Quizás le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada.” (El subrayado es mío) ( J.L. Borges: “El Aleph”. Ed. Sud Americana. Buenos Aires. 1967)Este cuento podría ser autobiográfico, no sólo de Borges, sino de toda una élite que desde el comienzo de nuestra búsqueda de independencia, decidió cambiar de bando. Roger Callois denomina a Borges como el “exiliado”. Esta condición de exiliado identifica a todo este sector que se siente y nos quiere hacer sentir como europeos.

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Jorge Luis Borges

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Mitre

Alberdi

Este sentimiento de ser extraños en su país, es la base ideológica del proyecto político de la oligarquía argentina en el poder, a partir de 1853. Mitre, Sarmiento, Alberdi, Roca, son los representantes

La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli, se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco, desde Paría, Londres, Ámsterdam, nosotros lanzábamos palabras ¡Partenón! ¡Fraternidad! Y en alguna parte, en África, en América, en Asia, otros labios se abrían “¡tenón!” “¡nidad!” (* J.P. Sastre: Prólogo a “Los condenados de la tierra” de Fanon. Ed. F.C.E. México. 1963). Estas élites ven al país, al continente, a sus pueblos y sus orígenes, como la síntesis de la vulgaridad, la negación de “lo culto”. Según las modas o los polos de poder, para ellos, lo importante sucedía en París, en Londres, no importa donde, siempre lejos. Sólo supieron y saben traducir acontecimientos y valores producidos precisamente lejos de ellos. Jamás fueron protagonistas, creativos. Apenas imitadores y consumidores. Esta es en definitiva su propuesta, su proyecto: desde su tradicional posición de administradores de la cultura, reservar a los grandes sectores e la sociedad, el papel de simples y pasivos consumidores de un arte vacío de contenido humano, de sentido local, regional o nacional. Este desvarío pone de manifiesto las consecuencias del abuso de poder sobre los bienes de la cultura. Esta permanente pretensión de disfrutarlos como un privilegio, se corresponde con la inconsciencia con que produjeron el vaciamiento de la historia.

Los orígenes

 

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El enfrentamiento entre las corrientes producidas por estas dos opciones, se pone de manifiesto desde los orígenes de la Revolución de Mayo y permanece en la influencia sobre los creadores en cada etapa histórica. Nuestra literatura se afirma sobre indiscutibles raíces políticas, en los cielitos patrióticos de Hidalgo y Ascasubi. Y se continúa en una línea trazada por la presencia y la obra de Mariano Moreno, José Hernández, Esteban Echeverría, Almafuerte, Evaristo Carriego, Armando Tejada Gómez. Si bien continúan profundamente influenciados por las teorías europeas, comienzan a generar una ideología propia. La cosmovisión de esta literatura, no abarca sólo el tratamiento de una temática “vulgar”, profundamente nacional y por lo tanto nueva en el mundo literario, sino la elaboración de un lenguaje, resultado de interpretar y asimilar las características del país y su habitante común. Independientemente de cualquier opinión crítica de esta literatura, lo fundamentalmente destacable es su sentido nacional, su compromiso histórico. Más allá de enfrentamientos y contradicciones, marca una seria preocupación en la búsqueda de la necesaria identidad nacional. Desde esta perspectiva y acción literaria, el país comenzó a entrever la posibilidad de una personalidad y una presencia en el mundo.

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Almafuerte

Evaristo Carriego

Los laberintos

Minada constante y elaboradamente sus posibilidades de desarrollo por los sectores de poder y los intelectuales a su servicio, cada generación posterior tuvo y tiene que desenredar la historia a brazo partido para encontrar el correcto punto de partida. Y muchos se perdieron y se siguen perdiendo en los laberintos, como los llamaba Neruda.

El intelectual latinoamericano está condenado a recrear el castigo de Sísifo. Sísifo, hijo de Eolo, fue el creador, según la mitología griega, de la ciudad de Corinto. Interesado en que Asopo, el dios río hiciera brotar una fuente en Corinto, le avisó que el autor del rapto de su hija Egina, había sido Zeus. Este, furioso, le envía a Tánatos (la muerte). Sísifo la encadena, como consecuencia ya nadie podría morir en la Tierra. Ares, el dios de la guerra libera a Tánatos, esta captura a Sísifo y lo lleva a los infiernos. Sísifo escapa. Pero Tánatos lo vuelve a capturar y lo lleva de regreso a los infiernos, donde es condenado a empujar un enorme bloque de mármol, desde el pie hasta la cima de un monte. Cada vez que llega a la cima, el bloque resbala y cae hasta el pie nuevamente y Sísifo debe empujar eternamente buscando la cima. Esta es la historia de pensadores y creadores latinoamericanos. Empujar el bloque de mármol de la identidad y la liberación, encontrándose periódicamente en el punto de partida. El creador en nuestro país, se forma en una estructura de educación y cultura que se caracteriza por el rechazo sistemático a sus raíces. Esto determinó la presencia de sectores que, para su mayor complejidad, es imposible diferenciar con precisión. Un sector comprometido con el poder autoritario. Otro, comprometido con su rechazo. Y con diversos matices, otro que niega o elude el compromiso. El primero, es el que celebra sin condicionamientos la aparición y acción de los conquistadores del continente. Fundamenta intelectualmente la presencia de “próceres”, cuya mayor realización fue el genocidio y el despojo de los habitantes naturales de estos territorios: el indio y el gaucho. Sostiene ideológicamente los planes que vulneran la soberanía nacional. Es un artista que pertenece al poder y rechaza la cultura popular. Es también un artista que en cada resurgimiento de la vida democrática, se siente rechazado. El segundo es un artista que vive en una sociedad que ha rechazado las pautas sobre las que 

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intenta fundamentar su obra y vuelca su alienación, vale decir su obra, sobre aquella sociedad que la rechaza e intenta afirmarse en su conciencia, como punto de partida hacia su verdadera personalidad. El tercer sector rechaza el compromiso y se siente rechazado por los dos sectores anteriores. El hecho es que cualquier intento honesto por encontrar el camino hacia una verdadera conciencia y expresar las realidades de su tiempo y sus circunstancias, o lograr el estadio en que el compromiso parta del interior de cada artista hasta una escala de valores sostenidos por esas realidades, no puede ignorar o desechar a priori a ninguno de estos sectores. La literatura argentina tomó el triste camino de ser una copia de la literatura francesa, inglesa, y últimamente norteamericana. Desde luego que siempre cabe la consabida aclaración de “salvo honrosas excepciones”, no como una frase hecha ni para eludir el compromiso de una definición sino como honesto reconocimiento a quienes decidieron no aceptar espejitos de colores.

Rodolfo Walsh

Armando Tejada Gómez

Como para no dejar este reconocimiento en una abstracción, quiero mencionar, sin intención de elaborar una lista definitiva ni excluyente, a Raúl González Tuñón, Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Haroldo Conti, David Viñas, Pedro Orgambide, Juan Gelman, Armando Tejada Gómez, Osvaldo Bayer. Jorge Boccanera, Rozitchner. Y muy especialmente a dos implacables y certeros cronistas de la decadencia argentina, Atahualpa Yupanqui y Enrique Santos Discépolo. De Tucumán, con el riesgo de los olvidos y el capricho de toda elección personal, Nicandro Pereyra, Manuel Aldonate, Eduardo Roszenzvaig, Octavio Cejas, Manolo Serrano Pérez, para nombrar a los más actuales.

Algunas propuestas

Retomar la línea ética que estamos señalando, no significa retornar al pasado, como más o menos proponen algunos dirigentes indigenistas. El artista debe considerar en su camino y su búsqueda, la presencia de una sociedad que consume telenovelas, vaqueros y chicles.El nuevo punto de partida debe afirmarse en una observación objetiva de la realidad social, tomando como base las señales emanadas del pueblo en su conjunto. Cuidar de no reemplazar la vieja elite por una nueva. Crear una corriente que supere la liberación en un sentido estrictamente político. De lo contrario corre el riesgo de internarse en un arte nostálgico, en una división entre la vida moderna y el arte, lo cual significa el peligro de caer en una nueva alienación.Si aceptamos que el artista no es un productor de entretenimientos que se puede “pagar” con algún premio, un viaje, o un rinconcito en algún suplemento dominical donde podrá anunciar un libro o los cambios climáticos en el Tibet, podemos llegar a deducir que es un elemento activo de la sociedad. En su naturaleza está inserto irremediablemente el sueño de un mundo distinto. Este sentido revolucionario debe estar contenido en la totalidad de su ser, entrelazando la teoría y la acción con la imaginación. La libertad define la personalidad del individuo y de una nación. La creación artística debe contenerla hasta en la línea más imperceptible. La lucha por la vida y la libertad van creando nuevas respuestas en cada circunstancia. Por ello, el artista que las representa no se verá jamás frenado por la inercia estética, ya que su obra se alimenta de la permanente evolución del hombre y su historia. Ningún individuo comprometido con la vida puede sentirse cómodo en un mundo estructurado sobre bases injustas.“El gran desequilibrio existe en la realidad. Existen unos que no tienen voz, que son marginados y explotados y existen otros que tienen privilegios y explotan a los demás. No se puede rezar el Padre Nuestro así, cuando existen hombres a quienes se les niega hasta su razón de existir” *. *- (Monseñor Enrique Angelelli, Obispo de la Rioja asesinado por paramilitares en 1975) Es imposible pensar en un arte satisfecho. Dice Nietzche: “Ningún artista tolera lo real”. Porque no se tolera la realidad, entre otras cosas, se hace arte. Sin perder la conciencia de que no se puede ni se debe perder de vista la realidad. El arte es entonces, naturalmente transgresor, perturbador. El artista no puede sentirse cómodo ni en éste ni en ningún otro mundo, sin perder de vista que lo inmediato e ineludible es vivir en éste, Porque el mundo, con cualquier tipo de estructura ofrecerá siempre resistencia a la satisfacción de su imaginación y de sus sueños. Por eso debe conocer, padecer, gozar el mundo tal como es, para conocer, padecer y gozar el resultado de su propia búsqueda: un mundo creativo.“El campo del intelectual es por definición el de la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país, es una contradicción andante y todo aquel que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra.”.(* Documento de la CGT de Los Argentinos. 1968)

Palabras finales

Es evidente que en los últimos treinta años, las estructuras sociales cambiaron radicalmente. Pero el sistema de dominación sólo cambió de formas. La recurrida y glorificada globalización, no es otra cosa que una nueva versión maquillada del viejo imperio romano, la diferencia es que en lugar de desplegar sus legiones, ahora dispone de banqueros, economistas, periodistas, publicistas; en lugar de escudos y lanzas, sus elementos de dominación son el uso feroz de la ciencia y la tecnología, planes económicos salvajes, préstamos para el “desarrollo” y en última instancia, cuando es necesario dejar de lado las máscaras, la infantería de marina de los “países libres”. De todas maneras, el mundo es cada día más complejo, exige una mirada y una actitud mucho más abarcadora. Aquellos transparentes sueños de cuarenta años atrás, parecería que se murieron. Pero no de muerte natural. Fueron asesinados junto con muchos soñadores. El mundo es recorrido por vientos y discursos tan extraños, que la sola enunciación de inquietudes por una sociedad mejor, suenan extrañas y fuera de época. El final del siglo fue cubierto por una espesa niebla de desilusión. Ya no se trata de no lograr nuestros sueños. Se trata de que los sueños dejaron de existir. Este es uno de los derechos que debemos recuperar. El Derecho a soñar, El Derecho a tener ilusiones. El Derecho a imaginar que existe un futuro mejor. La capacidad de soñar es profundamente movilizadora. No hay persona más activa que la que se enamora. De otra persona, de un viaje, de un proyecto. Empujada por la emoción, esa persona escribe, comparte sus ilusiones, intenta arrastrar a los otros, desconoce los riesgos. Creo que este es uno de los aportes que el arte debería ofrecer a la época. Despejar las telarañas de la indiferencia, de la apatía, de la individualidad deshumanizada, de la mediocridad, proponernos, convocarnos a volver a enamorarnos de nosotros mismos y del semejante, cualquiera sea su rostro, su color, su origen. Y cuando esto se convierta en un verdadero metejón con la vida, atrevernos a hacer una cita con la esperanza, no allá lejos y hace tiempo, sino en una esquina del barrio.

Rubén Amaya

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