Integraciones cósmicas (sobre “el gran afuera”)

por Mauricio Álvarez

Paisaje desde Coyachique, Barranca de Batopilas, 2013. Foto: Bob Schalkwijk

Qué tal si rechazamos ser asimilados por la muerte que nos ofrece el sistema? ¿Qué pasaría si más allá de estar acoplados a los aparatos, decidimos enlazar nuestras manos y nuestras ilusiones con la tierra y el cosmos para generar vida? ¿Cuál sería el mensaje que podríamos recibir y el que podríamos entregar?

Dejamos atrás nuestra capacidad mágica que dio a luz alucinaciones en forma de personajes míticos presentes en todas las culturas. Tantos seres como Cuasrán del pueblo brunca que protege las montañas de bordean el Río Grande de Térraba o el Dinamu o “Tigre de Agua” bribri, ser mítico que se escapa debajo de donde nace el sol para recorrer los ríos o los dueños del monte del pueblo cabécar que también protege toda la creación.

Nuestra galaxia interior se ha empobrecido tanto que dejamos de ver las estrellas y el fuego por las noches. Dejamos de ser tribu para vivir en solitario. ¿Dónde perdimos esas raíces que nos vinculaban profundo con el interior y el exterior? ¿Cuándo empezamos a descartar y destruir el entorno y dejar de gozar con la sensación de respirar, alimentarnos del viento y curarnos con el agua? ¿Qué nos hizo perder los hechizos y nos desintegró de otros lazos que nos sustentan y enriquecían tanto espiritualmente que nos llegaban a sanar?

Un estrés monótono y tóxico ha sustituido la adrenalina de la intensidad de vivir y sentir que estamos vivos. Podríamos volver a ver trillos de zompopas y saltos de ballena como regalos divinos y místicos de nuestras formas pasadas, de caminos que cruzamos y habitamos. Tocaría admirarse no sólo la belleza del planeta si no dejarnos guiar por el mismo proceso de creación, las decisiones y voces de la naturaleza, sus rutas y sentimientos.

Nuestra alma y espíritu no sólo anidan dentro de nosotros mismos, eso sería dudar de la grandeza y la sabiduría del universo. Hay múltiples venas conectoras que nos alimentan, no sólo agua y comida, los estímulos y pulsiones que recibimos al ver las hojas moviéndose son formas energéticas complejas que nos integran al todo. El amor es esa forma de vínculos que mantenemos despierta a pesar de tener atrofiados otros vínculos posibles.

Cuando dejamos de leer los ríos, su respiración, su ánimo o su ternura, nos perdemos. Extraviamos el mapa de nuestro espíritu, las cuencas que nos conectan con mares exteriores, con sistemas montañosos interiores que nos cobijan y confortan. ¿Cómo explicamos tanta destrucción y capitalismo si no por el corte que hicimos con todos nuestros “afueras”?

Nos negamos a la vida cuando renunciamos a la sana locura de hablar con plantas y animales para perder los ojos frente a nuestros artefactos de todos los días. Así, colonizados por armatostes, nos hemos resumido y simplificado tanto que perdemos nuestro significado. Cambiamos el miedo por el “susto” y el terror y con ello condenamos al espíritu a vagar sin tejidos que nos unan al cosmos.

Nuestra mente trabaja y crea mundos imaginarios, infinitas posibilidades, dimensiones que construimos y alimentamos todos los días, unos deseos o sueños, otras frustraciones y temores. Regurgitamos mundos internos y fantásticos que cortamos y destruimos sin llegar a concretarlos o darles luz. Nos tragamos estos sentimientos en vez de liberarlos y compartirlos. Cerramos las puertas entre los ricos adentros y las infinitas combinaciones de posibilidades de los afueras.

Nos educan para arrancarnos de estos otros enlaces posibles, de otras formas de complementarnos con el planeta, de recomponer los vínculos que nos permitan seguir la vida.

Si nuestra sociedad está enferma por el sistema que hemos creado, nuestra cura estará afuera de este régimen, en la Naturaleza y los pueblos que escuchan su voz que habla de ciclos y caos organizado.

Tal vez la medicina para la enfermedad que mata el planeta es recuperar esta conexión entre nuestro interior y el cosmos, relación que nunca debió desaparecer del todo y cuya principal clave es el amor. Para ello hay que perderle el miedo al afuera, al sueño de la utopía, a invertir el orden porque reconectarnos con el mundo solo nos puede devolver la magia, la vida.

 

por Mauricio Álvarez
Publicado, originalmente, en "Ojarasca", suplemento de La Jornada (México)
Suplemento Mensual Número 234 octubre 2016
Link del Nº 234
http://www.jornada.com.mx/2016/10/06/ojarasca234.pdf

 

Ver: El gran afuera - Un ensayo sobre nuestro lugar en el mundo, por Linda Hogan (EEUU)

 

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