El último gladiador 
Fidel Alcántara Lévano

Eran muy comunes las peleas de gallos en la hacienda SAN COLOMBANO, todos los fines de semana. Era un lugar apacible de verde vegetación pero cerca al mar en la que día y noche se escuchaba el ruido de las olas.

Las familias criaban los gallos de peleas especialmente para hacerlos combatir con otros ejemplares que abundaban en el pueblo. Habían de todos los colores y con nombres sugestivos; muchos herederos de noble casta, pues sus descendientes habían sido campeones de clase singular y que eran orgullo de los dueños de tan nobles aves.


Este era el mundo del gallero SILVINO y su preparador DELICIO, dos criollos morenos de estatura gigante y muy amantes de los gallos. Eran muy famosos en la hacienda por la valentía de sus animales y porque eran los que siempre ganaban las pelas de los fines de semana. A 5 mil metros a la redonda no tenían contrincantes capaces de quitarle el primer lugar y de ahí que eran bien mentados y muy respetados por los aficionados a las lídes gallísticas.

Para el fin de semana, que se habían decidido como siempre a competir con otros criadores, preparaban a los animales con los ejercicios de costumbre, los topaban, los hacían correr, saltar, luego los frotaban con alcohol y le daban una buena alimentación para que estén en buenas condiciones y puedan soportar un esforzado tren de pelea. Para entrar al ruedo había sido designado “CENIZO”, un gallo joven de buena estampa y con pasta de campeón y estaba listo para actuar en la penúltima pelea. También sobresalía aún más, la imponente figura de “LUCIFER”, un hermoso gallo negro campeón de campeones, con grandes lauros obtenidos que era la envidia de los criadores de gallos de pelea.

Fue un domingo para la historia; desde temprano, aficionados en cantidad empezaron a copar las instalaciones del rústico coliseo, luciendo sombreros blancos, camisa blanca, pantalones azul marino y sin zapatos como era la costumbre y de inmediato empezaron a correr las apuestas. Había tremenda inquietud por las peleas de fondo, el interés era cada vez mayor por la calidad de los contrincantes y por los pergaminos que venían precedidos; era seguros ganadores. SILVINO, que estaba preparado para otra tarde de triunfos; muy confiado en la victoria, apostó hasta el último centavo en su engreído. Su contrincante se llamaba “GITANO”, era un moro de color gris, de muy buena familia y con vastos pergaminos que no se quedaba atrás con relación a “CENIZO”.

Llegó la hora del combate y el coso estaba repleto de gente que no entraba un alfiler. Todos gritaban y vivaban a sus preferidos. Era inentendible lo que manifestaban. Sus voces se mezclaban con las de los vendedores de pasteles, cigarrillos y la algarabía estaba al tope. Otros animados por el vino retaban a cualquiera sin medir las consecuencias y el dinero era lo que corría si cesar.
Sonó la campana y soltaron al ruedo a los combatientes; empezaron a tomar distancias y con las plumas bien erizadas a la altura del cuello, se preparaban para atacar. Instintivamente se elevaban y con las patas al aire contratacaban fieramente a su oponente. Las navajas filudas relucían en la tarde con sol y sonaban tétricamente en cada encontrón de las aves. Las garras de los gladiadores arrancaban plumas y se iban ocasionando heridas por los continuos choques de los alados peleadores. En un descuido, “GITANO” sufrió un corte a la altura de la pierna derecha, mientras que “CENIZO” lucía entero y hasta mostraba soberbia en el ruedo. Proseguía la pelea dentro de una tensión sepulcral por parte de los dueños de los gallos y de los apostadores. Pero esa tarde sucedió lo inesperado, ambos se trenzaron en un continuo ataque y la sangre empezó a correr por los cuerpos de las aves en conflicto y girando sobre sus cuerpos “GITANO” le aplicó una certera patada a la altura del cuello y “CENIZO” cayó a la arena y empezó a temblar lo que iba a significaba su muerte casi al instante.

Esta inesperada derrota no figuraba en los planes de SILVINO y DELICIO. Les cayo como un baldazo de agua fría. No sabían que decir. Pero la vida continua y había llegado la hora de la última pelea. De pronto, ambos se reunieron en un apartado, conversaron calladamente y luego se dirigieron a un salón que había al costado del coso con “LUCIFER” en los brazos. Dentro de las cuatro paredes de carrizo y barro; hubo una agria discusión. SILVINO le recriminó:

- Hemo’ perdido mucha plata y si la cosa sigue así, e’ta tarde no iremos a la bancarrota, e’ que e’toy apostando hasta el úrtimo centavo confia’o en gana’ pero to’ ha salido chueco. Ahora queda la ultima pelea y tenemo’ que asegura’ el resultado
- Todo intrigado, replicó DELICIO ¿y que se te ocurre hace’ para no perde’
- ¡Voy a tene’ que pelea’ yo!
- ¡No es para tanto SILVINO! Tu sabe que’s peligroso.
- ¡Escucha DELICIO!, en este pleito mando yo; así que meno’ palabra y mano’ a la obra que ya ‘tan anunciando la pelea.

Moviendo la cabeza DELICIO y contra su voluntad; acostumbrado a estos mágicos menesteres, sacó de un viejo maletín, la imagen de San Cipriano, cuatro velas negras, y las encendió alrededor de SILVINO que ya se encontraba echado a lo largo en una mesa. Prendió el incienso y una humareda espesa cubrió el cuerpo mientras rezaban ambos. En segundos se llevó a cabo un rito que linda entre lo satánico e inverosímil. SILVINO yacía inerte y “LUCIFER” que había desaparecido, de pronto apareció en escena agitando sus alas con fuerza y cacareando muy alegre. El preparador lo tomó en sus brazos y caminó resuelto e ingresó al ruedo. El juez le recriminó su tardanza a lo que se disculpó cortésmente. Su oponente era “SANSON”, un gallo todo blanco de elegante figura que hacía mucho tiempo que no perdía . Sin tanta demora dieron la orden de pelea y un silencio de muerte empezó a rondar en el coliseo, Los golpes iban y venían. Parecían dos afiatados boxeadores que definían posiciones en el cuadrilátero. Las navajas se cruzaban en el aire en cada ataque y en el ambiente había un extraño presagio como si algo trágico iba a pasar. Iba cayendo la tarde y se posó una lechuza en el techo del recinto y dejó oír su trino demoniaco. De pronto “LUCIFER” como si tuviera un resorte en las patas, se elevó de manera asombrosa y aplicando una fuerte estocada le dejó una ala colgando a “SANSON”, que un tanto mareado se tambaleaba en un charco de sangre. Pero en cuestión de segundos, como presintiendo su muerte, casi para caer el piso; como si fuera un consumado esgrimista le hundió limpiamente la mitad de la navaja por el lado derecho a la altura de la entrepierna y “LUCIFER” cayo en la arena con el pico abierto, sangrando, totalmente cansado y sus ojos empezaron a perder el brillo que lucía antes de la sangrienta jornada. Cantó muy triste como si fuera un gemido de ultratumba que hizo estremecer a los presentes. El coliseo quedó envuelto en un silencio fúnebre. Empezó a entrar gente desconocida al coliseo, lucían chalinas y no se les podía ver el rostro, todos están vestidos de luto y se mezclaron con los asiduos concurrentes si dirigir palabra alguna. Las sombras de la noche se iban haciendo más espesas y por la escasa luz, todo iba quedando en tinieblas. DELICIO luciendo una palidez sepulcral, con su faz rígida; como si hubiera visto al mismo diablo, recogió su gallo malherido entró al aposento misterioso y de inmediato se retiró a casa totalmente callado y meditabundo.

Al día siguiente la novedad en el barrio era que SILVINO estaba agonizando en su lecho de dolor a consecuencia de haber sufrido una herida punzo cortante a la altura del estómago y había comprometido parte de su hígado. La triste noticia dejó consternado a más de un habitante del barrio. El diagnóstico era de pronóstico reservado. Esta novedad corrió por el barrio como reguero de pólvora hasta que en horas de la tarde falleció a pesar del auxilio médico de emergencia. Al revisar sus ropas, encontraron en los bolsillos, las dos navajas con la que no pudo defender su vida. El único que sabía la increíble verdad era DELICIO.

Hoy han pasado los años y cuentan aquellos que los conocieron que en el cementerio en las noches de luna, se escucha desde su tumba; el canto desgarrador, espeluznante y el aleteo aterrador de un gallo con ansias de triunfo y luego se va perdiendo poco a poco en la oscuridad de la noche. Por eso es que los amigos acostumbran dejarle granos de maíz en su tumba pero narran que de manera inexplicable desaparecen, aunque otros cuentan que en las noches claras se ve un gallo negro que agita sus alas al viento y luego pierde en la distancia como una alma en pena que aparece en busca de sus rastros y luego se va.

Fidel Alcántara Lévano

Publicado: Moquegua, 21 de noviembre de 2006
Gentileza de "El Mariateguino"
http://www.ujcm.edu.pe/mariateguino/index.php

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