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poema de Magali Alabau
baumala1@hotmail.com
 

 
 
 

UNO DEJA LAS PREDICCIONES.
Se va de un lugar y ya no pertenece.
Con el tiempo uno usa tijeras que cortan en trozos
aquella vida que saltó a otro lado.
No hay palmas ni glorietas,
no hay murales que digan patria o muerte.
No hay agentes que vengan envidiosos
a amenazarnos con fusiles sin balas.
El miedo se termina en ese cruce,
con el nuevo aire y el lenguaje
de una azafata sonriente
que nos habla en otro idioma.
A otros pertenece seguir el laberinto.
Entras por la calle principal, donde descubres
hormigas caminando rápidas y eficientes
como si el mundo estuviera a punto
de acabarse, ejército uniforme
de urnas, de familia,
de préstamos y universidades.
Roma enardecida donde Fortuna existe.
País desordenado que respeta la miseria y la cría.
Están los altos edificios, los besos rápidos,
amores que hacen olvidar el ruido de la isla.
Ese corazón tan aplastado, tan sin vida,
fabrica otra esperanza, otro oído, otro rostro
y se transforma en un hospital desconocido.
Estamos condenados a quedarnos.
Las sogas ya no existen, las desató
el pavimento gris, irreparable, raro.
Ir a un bar, besar, tocar la piel,
acariciar un cuello,
sentir la espuma que te baña,
no importa de cuál orilla sea.
Un hotel lleno de luces de neón y muros plásticos
donde uno busca a alguien o algo sin saber
si ha de abrirnos las puertas,
no importa que esté enfermo, que maltrate,
que tenga la posibilidad de asesinarnos.
El amor anónimo nos hace adictos.

Magali Alabau
baumala1@hotmail.com  

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