Ticio Escobar, ministro de cultura
Delfina Acosta

Nací en Asunción en 1947. Mi nombre oficial es Luis Manuel Escobar Argaña, pero cuando me desempeñaba como ayudante de cátedra en la Facultad de Derecho, junto con Pocho Livieres y Guido Rodríguez Alcalá, los alumnos comenzaron a llamarnos, respectivamente Ticio, Sempronio y Maevio, nombres comunes empleados por los romanos para ilustrar casos de estudio. Bueno, a mí me quedó “Ticio” como nombre de guerra, como alias clandé empleado durante la dictadura, y como apodo amical después. Osvaldo González Real me hizo una entrevista, durante los primeros tiempos de Arte-Sanos, llamándome públicamente Ticio; ahí se instaló este marcante en el mundo del arte. Soy divorciado: tengo una maravillosa ex esposa-amiga-vecina, tres hijos y tres nietas, para quienes ahorro elogios por razones estéticas. Tuve un padre y tengo una madre, cuyas virtudes por iguales motivos callo, y nueve hermanos con quienes río, comparto reveses y comento el mundo. Amigos, pocos, y muchos compañeros, cofrades, colegas, discípulos y camaradas. Procuro no cultivar la enemistad, pero supongo que es destino de los humanos despertar aversiones más allá de nuestros propios proyectos. Tengo sí, claro, el campo adversario, habitado por la intolerancia, la mediocridad y la corrupción.


Hablame de tus compromisos políticos, tu historia en este ámbito, tu ideología:

Milité en derechos humanos durante toda la dictadura: llevo el orgullo de haber sido secretario de Coca Lara Castro en la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos, línea en la que milité siempre (fui cofundador de la Juventud Paraguaya por los Derechos Humanos, de la Comisión de Solidaridad por los Pueblos Indígenas, la Asociación de Apoyo a las Comunidades Indígenas del Paraguay y otras entidades). También milité en movimientos políticos clandestinos (militancia que, unida a las otras, promovió que estuviera preso cinco veces). Luego me afilié a País Solidario, aunque abandoné la militancia en sus filas. Sigo trabajando por los derechos culturales indígenas y me adscribo con entusiasmo a la denuncia de toda forma de discriminación por razones raciales, religiosas, de género, opción sexual, étnicas, lingüísticas y, en general, culturales. Como te darás cuenta, desde el punto de vista ideológico (asumiendo los equívocos que tiene este término), me defino desde una posición de izquierda.

¿Qué estudios cursaste? ¿Cuál es tu carrera académica?

Durante mis estudios de Derecho, fui Secretario de Cultura del Centro de Estudiantes… mis primeros pinitos en el tema. Luego de recibirme de abogado, cursé la carrera de Filosofía en la Universidad Católica, y después, casi espontáneamente, desemboqué en los cursos de Olga Blinder y Livio Abramo, a quienes considero mis maestros, juntamente con Josefina Plá, que me enseñó desde sus libros, sus conversaciones y sus silencios. También en el Centro de Estudios Brasileros asistí a los cursos de grabado de Edith Jiménez: esto me permitió entender mejor el lenguaje de la materia en arte (pero supongo que fui un pésimo alumno como grabador…). Tales estudios, conectados con los de filosofía, me llevaron a la preocupación por la estética y, desde ella, a la crítica de arte. En el Paraguay trabajo en la enseñanza sólo en el seminario de Crítica Cultural que dicto en el Salazar. En Chile soy miembro del claustro de profesores del Doctorado en Filosofía en el ámbito de la Estética. Soy profesor honorario de la IUNA, en Buenos Aires, ciudad donde dicto cursos de posgrado y seminarios. Pero también imparto cursos y conferencias en diversas universidades de América y Europa.

¿Podrías dar algunos datos acerca de tu gestión, una radiografía rápida de tu carrera?

Una de las veces que estuve preso, en 1976, Teresita Jariton, mi esposa entonces, fundó la Galería Arte-Sanos, impulsada por Olga Blinder y ayudada por Jesús Ruiz Nestosa y un grupo de artistas. Una vez recuperada mi libertad, me incorporé a ese proyecto, en el que trabajé con ganas durante casi veinte años alternándolo con la enseñanza y la escritura. Cuando cayó la dictadura, asumí la Dirección de Cultura de Asunción durante la Intendencia de Filizzola. Al terminar este cargo, en 1996, decidí arriesgarme a vivir de lo que yo realmente quería: dedicarme a escribir, dictar seminarios, cursos y conferencias y organizar curatorías de exposiciones internacionales. Así de tranquilos transcurrían mis días hasta que decidí aceptar la propuesta del Presidente para ocupar el Ministerio de Cultura.

¿Cómo afectaría este cargo tu trabajo curatorial?

Hablé del tema con el Presidente cuando me propuso el cargo de ministro. Este cargo reducirá mucho mis actividades curatoriales, pero no las cancelará. Y no sólo porque corresponden ellas a una vocación mía insoslayable, sino porque benefician la posición exterior del país. Por una parte, tener un curador general del Paraguay (como el que ejerceré ahora en la Trienal de Chile y en la Bienal de Curitiba, por ejemplo) nos prestigia afuera; por otra, yo aprovecho los viajes para contactos relacionados con mi futura cartera. Por ejemplo, en mis próximos viajes a Chile y Australia, ya tengo marcadas entrevistas con las ministras de Cultura de ambos países; cuando vaya a España trabajaré con las autoridades de la Cooperación Española en proyectos que beneficiarán al ministerio, etc.

¿Cómo pensás encarar la cultura en un país inmensamente pobre?

Buena cuestión. Paraguay es terriblemente pobre en cuestiones económicas, pero es intensamente rico en producciones culturales, lo que vuelve más conflictiva tu pregunta. Quizás los núcleos productores de cultura más intensos se encuentren en comunidades indígenas, quienes son los más pobres entre los pobres. Desespera ver a artistas indígenas que deben abandonar sus comunidades para conchabarse en situaciones inhumanas. A título de ilustración, un solo caso: procedente de la comunidad guaraní de Santa Teresita, Chaco, un valioso flautista indígena, Pascual Toro, dejó el mimby chiriguano para esgrimir el machete de los peones chaqueños. (No sé si volvió a la comunidad: ojalá haya sido así). Esto es apenas un ejemplo de un tipo de etnocidio que el Estado no puede tolerar ya.

¿Cuáles son tus prioridades, cuáles tus primeras acciones?

El primer paso es asegurar una base de recursos que haga posible el trabajo. Tuve una larga conversación con Bruno Barrios, el ministro actual; pues bien, la situación de la Secretaría Nacional de Cultura es desoladora. A partir de la sanción de la Ley 3051, Cultura se desprendió de Educación, pero lo hizo de manera precaria y apurada, de mala gana: ese desprendimiento más correspondió a un proceso de expulsión violenta y desprolija que a una conquista de autonomía bien diseñada. La Secretaría de Cultura nació maltrecha e informe. Y se quedó sin nada. Yo había criticado muchas veces la gestión de esa Secretaría, pero considerando su situación, hoy repienso muchos de esos cuestionamientos. El ministro Barrios carecía en absoluto de recursos operativos para desarrollar proyectos (sólo tenía fondos para pagar los sueldos), su personal estaba sobredimensionado y no contaba con el apoyo político de su presidente ni con el de su partido, ni gozaba de la confianza de la comunidad cultural ni de la buena la disposición del Parlamento. El resultado: hoy la Secretaría no tiene nada. He pedido una reunión con parte del nuevo gabinete para ver cómo podemos solucionar de inmediato cuestiones de supervivencia elemental (Cultura dispone de local sólo hasta setiembre, por ejemplo), medidas urgentes que permitan, por lo menos una base física (en sentido literal) desde donde comenzar a trabajar y asegurar un gabinete mínimo, así como recursos de emergencia. En verdad, cabría declarar en situación de emergencia a la Secretaría. Estoy seguro de que el nuevo Gobierno procurará condiciones dignas para que los asuntos culturales del país puedan ser desarrollados. Es impensable una democracia plena y un desarrollo sustentable sin bases culturales, ya se sabe (y es impensable un ministerio sin base de ninguna clase). Para mí es fundamental el apoyo y la participación de la comunidad cultural: en el último tiempo emergió una sociedad que antes no aparecía bien definida en sus contornos: gente interesada en discutir, contraponer opiniones, buscar soluciones de conjunto, aportar. Esto es estimulante.

Bueno, a partir de una consolidación logística básica debo consolidar equipos. Trataré de aprovechar al máximo los funcionarios que están trabajando allí (entre los cuales hay muchos buenos cuadros) y potenciar la formación y la capacitación técnica del personal.

Sólo sobre un suelo estable y seguro podrán despegarse los proyectos, que tomarán lo mejor del Plan Nacional de Cultura (2007-2011); incorporarán las sugerencias de la comunidad cultural expresadas a través de foros, asambleas y reuniones y desarrollarán nuevos programas con el apoyo técnico pertinente.

¿Podrías puntear algunas cuestiones fundamentales que impulsarías?

Tengo la intención de impulsar (para eso preciso primero los medios), la dignificación de la gestión pública, la descentralización de la cultura, la profesionalización de los artistas, intelectuales y gestores, el apoyo a la producción cultural en general, la normatización del guaraní (la defensa de su importancia cardinal), el desarrollo de un modelo de cultura que no se base sólo en las artes, sino en la ciudadanía cultural, la construcción del espacio público: la democratización de la cultura, que supone no sólo (y no tanto) apoyar la difusión y el consumo de cultura, sino promover todo el proceso, comenzando por la creación misma. Hay que apoyar la producción social de cultura.

Creo que si yo logro en el primer tiempo asegurar un terreno firme estaría logrando un buen comienzo, más no podría hacer por ahora.

¿Cuál sería tu política relativa al Fondec?

Gran parte de las buenas intenciones que acabo, un poco utópicamente, de enumerar, precisa fondos operativos de promoción. Hasta ahora la única fuente es el Fondec y no depende de la Secretaría de Cultura, sino del Parlamento. Éste es un punto: según la Ley 3051 tendría que pasar, con todos sus fondos conservados e incrementados, a Cultura. Otra cuestión es que el Fondec debería apoyar la descentralización (hay intentos interesantes en este punto iniciados por la administración actual) e incorporar la promoción no sólo de las ediciones, sino de los trabajos de investigación, ensayo y escritura. Y cuando hablo de escritura me refiero tanto al nivel teórico como al literario. Los inventores de ficciones descubren mapas oscuros del país que son fundamentales para entender la cartografía del conjunto: son mapas no exactos, pero posibles: aquellos que diagraman el sentido oculto. Imaginar realidades paralelas permite entender mejor momentos diversos de la historia y la memoria colectiva. Y permite anudar, aun brevemente, los sueños dispersos que empujan diariamente la línea del horizonte.

¿Tenés pensado aprovechar la televisión?

Lo ideal para cualquier entidad estatal administradora de cultura es contar con una televisión pública, una radio pública o, por lo menos, espacios importantes dentro de los medios audiovisuales. Pero eso dependerá también de futuros apoyos presupuestarios y voluntades políticas, especialmente del Congreso.

Por último, ¿podrías referirte a tu producción como teórico y promotor cultural?

Aparte de los cursos, conferencias y curatorías, ya mencionados, he escrito aproximadamente diez libros sobre arte y cultura del Paraguay, muchos artículos en publicaciones internacionales; he creado una colección de más de dos mil piezas de arte indígena, que conforman el Museo de Arte Indígena, y colaboro con la producción del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro junto a un equipo sin el cual me hubiera sido imposible trabajar.

Delfina Acosta
ABC COLOR, Asunción, Paraguay, 13 de julio de 2008

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