Rauskin 
Premio Nacional de Literatura 2007

Delfina Acosta

Jacobo A. Rauskin ha ganado el Premio Nacional de Literatura 2007. Es, según mi versión, o sea, mi verdad personal, el mejor poeta vivo del Paraguay. Tiene en su haber poemas cortos y largos. Esto hace a la parte física, por supuesto, de su producción literaria.

En la hondura de su pensamiento, se encuentra una fusión de erotismo, cotidianeidad, y una visión cercana de la ciudad y sus alrededores, con cierto tinte de provincialismo. Se ha dicho, con relación a la premiación lo siguiente: “Después de Hérib Campos Cervera, Jacobo Rauskin es el gran innovador de la poesía paraguaya contemporánea, que es luminosa, irónica y social”. O sea que, nace con su obra, la nueva pintura poética del Paraguay.

Conocedor de la palabra, de los diversos caminos de los versos, Rauskin toma el atajo de la sencillez, la sabia sencillez, para llegar a los lectores. Los elementos del cosmos, de las figuras humanas, de las tradiciones y de las costumbres buscan aliento en sus versos. Él es su principal crítico. Desde luego, un poeta que se precia de tal, debe ser al mismo tiempo, un aventajado autocrítico. Exigente con su ritmo verbal, va por las palabras, las metáforas y las imágenes, como quien va por su propio ser.

Cuando el vate vuelca su esencia, su naturaleza y su intelecto, en la poesía, la misma se vuelve creíble y digna de respeto.

EL PENSAMIENTO MISMO

Opina Victorio Suárez: “Desde Hérib Campos Cervera, el mejor poeta del Paraguay es Rauskin. Él abrió una nueva brecha en la poesía paraguaya”.

Lo íntimo y lo social irrumpen con todas sus fuerzas, en la obra de Jacobo. La figura central de sus poemas es el pensamiento mismo. ¿Cuál pensamiento? Pues el pensamiento que nos lleva a rastrear el origen de las estrellas, la ignorancia o la fe ante Dios, el sentido profundo del amor, la historia del ser, el paso ininterrumpido del tiempo. En un espacio dinámico, los versos del vate van edificando líneas, formas, colores, movimientos, ironías, ausencias, armonía...

Particularmente, creo que la poesía tiene su propio conflicto. Algunos grandes escritores como Pablo Neruda y Jorge Luis Borges lo resolvieron muy bien, dejando un legado coherente e iluminador a las generaciones venideras. En el Paraguay, la llamada generación del 40, con una literatura que vivía bajo la influencia francesa, según Augusto Roa Bastos, tomó acento poético propio, en la obra de nuestro recordado Hérib Campos Cervera. A partir de él, sin desgaste evidente, las publicaciones pasaron por procesos y por nombres como Josefina Plá, Elvio Romero, Oscar Ferreiro, Hugo Rodríguez Alcalá y otros. ¿Qué tenemos ahora? Pues ahora tenemos una producción poética abundante, copiosa, si observamos la generalidad de las obras editadas en los últimos veinte años. O treinta. El nombre del autor de Espantadiablos , el libro ganador está asociado hace tiempo a la fama local. Los trabajos de Jacobo Rauskin tienen el sentido y la manera de la renovación. Sus palabras muestran posibilidades de apertura en la poesía del Río de la Plata y algunos países de América.

Rauskin nos dice : “Si en el Paraguay vivimos un proceso similar al de tantos países de América, es sólo natural que nuestras observaciones poéticas reflejen fragmentos, instantes de vida personal y realidad social similares a los de la poesía latinoamericana de nuestros días. La cuestión es, como siempre, encontrar un lugar en el idioma de nuestra época. No podemos seguir a la sombra de los grandes y admirables maestros de ayer; nuestra obligación es alcanzar un idioma poético propio”.

No sé de qué artimañas se vale siempre Jacobo para salir de lo convencional y entrar en un territorio donde la palabra juega, sorprende, se aventura por difíciles tentaciones, y, siempre llena de imaginación, llama a la puerta de los lectores.

BREVE RESEÑA DEL AUTOR: Jacobo Rauskin nació en Villarrica en 1941. Comenzó a publicar en la década del 70. La importancia de su obra poética, que hoy abarca una veintena de títulos, es reconocida en el Paraguay y también en otros países de América Latina. En toda su trayectoria, pero de especial manera en libros recientes como El dibujante callejero, Doña Ilusión y La rebelión demorada, J. A. Rauskin presenta la mera supervivencia como manera de encantamiento verbal.

                     La noche

Cincuentón, pronto sexagenario,
sin prisa, sin tugurio a modo de oficina,
dejo hablar a los años en Arcadia.

Al viento dejo hablar,
dejo hablar a la noche donde quiera
mi temblorosa estrella
que algo también en mí se estremezca.

La noche pide pan, pide vino.

Pide más, pide un pedacito de muslo
y sienes pétalos y pezones flores.

Quiere el cielo y la tierra.

Quiere constelaciones.

Quiere la flor del sexo, la pide
con la orquídea que sirve de rima y nexo.

Y el amor la confunde como siempre.

Y el amor la ilumina con un beso.

       HOJAS DE JEJUÍ

                  1
Y luego de la quema de las casas
que ardieron como rastrojos,
quedó la estirpe de un hombre a la intemperie.

Sólo entonces se alejaron los soldados.

Muchos años después, ni olvido ni memoria
encuentro en el silencio de ese viejo
sentado en un cajón que fue de frutas,
sentado en medio de la verde nada
que el rico llama campo
y el pobre llama lote, con acierto.

Ahí lo veo, más que dudoso propietario
de otro nuevo lote demencial
de los que ahora entrega el gobierno.

El viejo nos dice buen día
a un funcionario, a un periodista,
a mí, que oficialmente no existo.

En realidad, no es un saludo.

Creo que el viejo quiere decirnos
que el arado es el padre de la artrosis.

Volver a la utopía para encontrarme con la historia.

Volver a la utopía para oír el silencio de un hombre.

                    2
Yo no entiendo la historia que me toca vivir,
pero entiendo a los ríos
y me gusta ese lento, cansado y lento Jejuí.

Un río hermoso para no tomar fotografías.

Un río bueno para sacarse los zapatos
y hacer prontamente las paces
con encarnadas uñas y plantales callos;
un río para mojar en él los pies;
para entrar en él con un resto de jabón en la mano
y bañarse al modo lugareño,
bañando también al caballo y a los niños,
bañando el atardecer sucio en el agua,
bañándonos en el agua del río que somos,
que fuimos y seremos.

              3
El río y yo sabemos algo.

Los dos sabemos que andar cansa.

Los dos llegamos tarde al mismo rayito de luna.

Los dos llegamos tarde al mismo sapo,
al caballo que mira las aguas
y no sabe que el río es una presencia poética
como el sapo, el rayito de luna, como él mismo.

Ese hermoso caballo inocentemente se mira
en el dudoso espejo de la noche en el río.

Jacobo Rauskin
(Del libro premiado Espantadiablos)

Delfina Acosta
ABC COLOR, Asunción, Paraguay, 4 de noviembre de 2007

ABC COLOR

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