La yeta
Que la yeta existe, existe
Delfina Acosta

Recuerdo yo que en Villeta había un señor (no puedo decir su nombre), propietario de una despensa en la esquina del pueblo. La gente iba a comprar cosas de su negocio, y salía, a veces, con el semblante medio sombrío, pues sus palabras, mejor dicho, el tono de su voz, sonaba apagado, casi dañino para el oído.

X. S. extravió su billetera en no se sabe qué sitio de su despensa. Una mujer llegó a su negocio en busca de azúcar y perdió un diente de oro en el sitio. Conozco muchos casos infelices en torno al yetudo de marras, pero el espacio periodístico es corto y no puedo entrar en abundancia.

Y había otra gente, conocida por su yeta. No era cuestión de esquivar su presencia, pero sí era cosa de tomar alguna medida para que la mala fortuna no metiera sus narices en la respiración propia.

Ya habrá oído por ahí, señor lector, que cierto individuo trae la yeta. ¿O no es así?

Yo creo en la buena suerte. Por consiguiente, también creo en la mala suerte.

Hay gente a la que todo, todito, le sale bien. Le cae la lotería, le dice sí una bonita mujer, y la salud está de su lado.

Conozco a alguien que es la misma yeta. Bajo su sombra ocurrió el incendio en el supermercado “Ycuá Bolaños”, que costó la vida de más de 400 personas. Tamaña tragedia fue propia del cine catástrofe, de un montaje dantesco.

En el año 2007 apareció el dengue. La enfermedad causó estragos en la población paraguaya. Caronte llevó en su embarcación, a la otra ribera, a los pobres y a los adinerados. Hubo velorios, rezos y llantos en casas con techos de paja y en lujosas residencias.

Ahora tenemos encima la fiebre amarilla. Se sabe que causó mucha mortandad en el año 1904. Y en el año que corre, ya se llevó preciosas vidas. Paraguay es noticia mundial por la aparición de la peste amarílica.

A mí, particularmente, me alarma esta última yeta.

Soy cristiana, pero también tengo mi lado mundano que me lleva a pensar que existen ciertos individuos destinados a atraer las catástrofes, así como hay individuos que son referencia de éxito, progreso, aplausos y simpatía.

Que me perdonen los que no creen en la yeta, pero no puedo sino pensar que este señor, que se declara inmortal, que dice que tendremos años y años de coloradismo en el Gobierno, es yetudo. La bronca es que el pueblo está pagando las consecuencias de su yeta sui géneris.

Por tradición cristiana, siempre que salgo de mi casa, me encomiendo a Dios. “Que tus ángeles, Señor, estén a mi derecha y a mi izquierda”, voy diciendo para adentro.

No soy de usar amuletos contra la mala suerte. Me basta orar con mucha fe antes de encaminarme al portón. La calle es un mundo, un desafío, ¿se enteró?

Viendo como están las cosas, creo que mucha gente debería pedir al santo de su devoción que le proteja de la yeta antes de que claree el sol. Y después de subir la Luna, también.

“Hay más cosas en el cielo y la tierra de las que tu filosofía piensa”, dice Hamlet, por inspiración del genial Shakespeare.

En fin, esperemos que ésta sea la última peste que al Paraguay le castiga con sangre, fiebre y vómitos.

Delfina Acosta
ABC COLOR, Asunción, Paraguay, 10 de marzo de 2008

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