Hilario Barrero 
Días de Brooklyn

Delfina Acosta

Ha llegado el cartero, hace unos días, a mi casa, una tarde soleada. Traía muchos paquetes; vale decir, muchos libros. Entre los textos estaba uno, pesado, con la identificación de los Estados Unidos. Venía de parte del poeta español Hilario Barrero, que reside en Nueva York, hace ya un buen tiempo.

Abrir el libro y entrar en las infinitas páginas de su obra Días de Brooklyn me ha llevado bastante tiempo, constante lectura, pero también la satisfacción de recorrer la poesía deshojada, melancólica, de este poeta contemporáneo que es Hilario Barrero.

Cualquiera lo sabe: después del atentado contra las torres gemelas, la vida de millones de seres humanos en los Estados Unidos ya no es la misma. Hay, se diría, un desgano colectivo y una situación de estrés que se sobrelleva, en algunos casos, con píldoras para dormir y ansiolíticos de diversos efectos.

Bien, la cosa es que Barrero nos va contando, con un sostenido lenguaje poético, cómo son los largos días en Brooklyn. Y nos los presenta tristes, con oscuros fantasmas escondidos detrás de cada puerta de los departamentos, con una cultura a la tristeza que se vuelve dominante, según va pasando el tiempo y según las noticias de carácter político se entreveran.

Es cierto que el autor es, desde mi manera de observar al prójimo, un individuo triste. Desde su tristeza íntima, la tristeza del mundo exterior se amplía, tomando los colores, por así decirlo, de esas películas que nos dejan con un sabor amargo en la boca.

La humanidad de Brooklyn expone las huellas de un pasado holocáustico.

El cronista de esta comunidad sugiere que la verdad es ilusoria y que la felicidad es engañosa.

Hay infinitas situaciones bipolares a lo largo de la obra.

De pronto, el amor actúa como un agente relativizador de tanta destrucción y de cierto automatismo. Pero también la ilusión de amar se convierte en una paloma resbalosa entre las manos.

He aquí un párrafo:

Miércoles, 12. Sales a una de las mañanas privilegiadas de mayo, el aire en su sitio, la firmeza del árbol precisa, el olor a la medida, la prisa comedida, un brillo suave en las fachadas, la sombra serena, tan justa que casi ilumina. Y “la luz que sujeta al día”, que dice Emilio Prados.

Bajas a la oscuridad artificial del metro. Entras en el vagón y te fijas en la luminosidad de un cuerpo que leyendo de pie tiene la exacta proporción, la misma intensidad de luz que la mañana, un olor a lluvia, la mirada húmeda y el sentido equilibrado de una estatua de mármol a la que le hubieran cortado la cabeza.

BREVE RESEÑA DEL AUTOR: Hilario Barrero nació en Toledo, 1948. Vive en Nueva York desde 1978. Es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de la ciudad de Nueva York, en la que actualmente es profesor de español. Es autor, entre otros libros, de In tempore belli (1999), Las estaciones del día (2003) y De amores y temores (2005). Ha colaborado en revistas, como Clarín, Hueso Húmero, RevistAtántlica y Turia.

Delfina Acosta
ABC COLOR, Asunción, Paraguay, 6 de enero de 2008

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