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Su obra está impregnada de desolación, de desnudez, de soledad, de
privación. Y de muerte. Y de tristeza. Pero yo creo, que las obras de los
grandes poetas, tienen una ligazón casi permanente con el páramo que
—a veces— significa la existencia cuando la soledad entra en ellos.
La invocación a la madre muerta es también la carta de su desconsuelo.
¿Habrá tenido ella, Gabriela Mistral, vocación maternal?
No lo sé. Pero cuántos hermosos versos dedicados a los niños hizo. Y cuántas
recitaciones en los colegios y en las escuelas se deben a ellos. La
poetisa se dio enteramente a esos versos, como deseando cubrir un vacío
que le pesaba en el fondo del alma.
Todo en su poesía es revelación.
Y dolor.
Es cierto que la Mistral es sólo para los lectores que quieren revisar a
fondo su poesía, descubrir el hilo dorado de sus metáforas, y encontrar
la realidad de su soledad que la empujaba a agotar la tinta en aquellos
poemas que parecieran ser devorados por sí mismos.
La consagración y difusión de sus obras literarias se abrió en Chile,
pero también tocó países del exterior. Y esto se debe a que la autora
pasó la mitad de su vida fuera de su país.
En realidad, los poetas que “emigran” tienen abiertas las
posibilidades de ver difundidos sus libros en el exterior.
El dolor es predominante en el tema de la poetisa.
¿Por qué?
Ella dice que la muerte de su madre se le volvió “una larga y fría
posada”.
Hay un abanico de muertes en su existencia: la muerte del poeta José
Asunción Silva, a quien dedicara un nocturno.
Cada estación de la vida es una pasaje de reflexión y de privación.
Los recuerdos amorosos de la poetisa son tristes. Se sabe de un empleado
ferroviario, Romelio Ureta, hombre muy atractivo, con quien mantuvo un
romance. Problemas económicos llevaron a su enamorado al suicidio. Y
luego está la otra muerte, la más dolorosa, con su cargamento de
espinas; me refiero a la muerte de su sobrino Yin Yin.
Ella habría de pedir, cuando estaba en los Estados Unidos, muy enferma
ya, que sus restos reposaran junto a los Yin Yin, allá en el valle de
Elqui, en Monte Grande.
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