UN CASO LITERARIO EXCEPCIONAL

Don Quijote cabalga cada día mejor
Delfina Acosta

Por qué el escritor español Miguel Cervantes Saavedra, elige como protagonista de su obra maestra un loco, un hombre que ha perdido el juicio de tanto afanarse en la lectura de los libros de caballería, y acaba -también- siendo un caballero andante?

Simple. Es que a través de la razón dividida, la pasión y el idealismo de don Quijote de la Mancha, siempre entreverado en desventuras -que conforme van haciéndose públicas, empapelan con fama su figura y la de su fiel escudero, Sancho Panza- el genial Saavedra ha encontrado el Pensamiento o la Idea del hombre de todos los tiempos.

Don Quijote de la Mancha, oculto en su locura, es igual al individuo que se resiste a convivir con la mediocridad y elude la tragedia de vivir rodeado de mediocres. “-De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho -dijo don Quijote-; porque caballero andante hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática en mitad de un campo real como si fuera graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza”, Miguel Salas.

En esta frase se observa cuán grande era la empresa de don Quijote: imponer orden en las enemistades públicas, y acabar con su lanza, a los hombres de ruines acciones. Salta a la vista que el hablar que el autor pone en la lengua de don Quijote, es lo que, en definitiva, ha dado fama imperecedera a la obra. ¡Cuán acertada contradicción: el alado lenguaje de Miguel Cervantes Saavedra se despliega a sus anchas en los apasionados razonamientos de un hombre que ha perdido -justamente- el juicio! Por la vía de la razón pura y elemental, con el agregado de admiración y sujetamiento hacia un caballero andante como no ha habido otro en el mundo, habla el fiel escudero Sancho Panza.

ASI APRENDIMOS EN LA ESCUELA

Panza, que en la escuela nos era presentado por las maestras como un hombre mediocre, rudo, bruto, de poco entendimiento, es, sin embargo, el escudero que entiende y valora los razonamientos de su amo. Hasta siente admiración por el permanente sujetamiento al juramento que ha hecho para mantenerse en estado de heroísmo cuando todo está en su contra. Una novela que ha alcanzado semejante éxito dentro de la lengua castellana, que todavía permanece vigente por haber llegado a todos los rincones de la imaginería y del humor, que no tiene límites, y que resulta un desafío para los críticos literarios, ¿qué es, finalmente? Tal vez un misterio literario.

Miguel Cervantes Saavedra no se limitó a Don Quijote de la Mancha, sino que también escribió entremeses y otras obras más (ocurre que muy poco se ha leído de él, aparte del libro de marras).

Hay cierto espíritu de discípulo obrando en las humildes personas que buscan aprender a diferenciar el bien y el mal. Sancho, al que caracteriza su llaneza, es el ejemplo. “Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones y donas” (II, 45) sabe que este gobierno le depararía honor y riquezas; pero cuando está a punto de alcanzarlo, lo subordina a su buena conciencia de cristiano y su fidelidad a Don Quijote. Miguel Salas. No es moneda común escribir una novela como la que ocupa estas líneas. Escribir malas novelas sí.

Me parece que la colectividad literaria ya no va a dar más al lector un libro de tales características. Pero puede ser que no ocurra mi vaticinio; todavía puede tenerse fe en los escritores si éstos entienden que prestar servicio a las letras conlleva un verdadero apostolado literario.

DEL AMOR DE DON QUIJOTE POR DULCINEA
El amor que sentía don Quijote por la señora Dulcinea del Toboso nos muestra que en esto de amar, el corazón no está sujeto a la cordura. ¡Si será extremadamente romántico don Quijote que ama la belleza de la sin par Dulcinea, a quien nunca conoció, pero a quien fue fiel hasta los últimos tramos de sus desventuras! Esto es la excelencia del amor romántico. A cuántas resbalizadizas damas que querían tenderle trampas, teniendo conocimiento de su falta de juicio, él se resistió.

Al final de la primera parte de Don Quijote, en carcomida letra, según la historia, fue hallado este epitafio, del Tiquitoc, académico de la argamasilla, en la sepultura de Dulcinea del Toboso.








Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.

Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.

De aquella pensante cabeza del caballero de la triste figura, quien tuvo que vérselas con molinos, castillos encantados, monjes y cuánto le deparaba el polvo del camino por donde iba, seguido siempre por Sancho Panza, queda la idea de que el hombre es un desafío para sí mismo.
“Los juicios morales son epidemias de los tiempos”, dice el filósofo Federico Nietzche. Ciertamente, Miguel Cervantes Saavedra, no vino a sentar juicios morales; simplemente dejó que su peregrinante don Quijote cometiera errores y más errores para mostrar cuán caro resulta querer mejorar el mundo con el idealismo a cuestas.

Delfina Acosta
ABC COLOR, Asunción, Paraguay, Domingo 8 de diciembre de 2002

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