Adiós al amigo y maestro Hugo Rodríguez-Alcalá
Delfina Acosta

Que se me murió el amigo Hugo Rodríguez -Alcalá. Que se murió el poeta de fino canto, en Buenos Aires, y todo el polvo negro del mundo viene a dejarnos ciegos, por un momento, a quienes hemos valorado su enorme capacidad de trabajar, y de hurgar, con lucidez, en la poesía y en la narrativa de América.

En esto de trabajar, ha de saber el lector, que Hugo Rodríguez-Alcalá nació para la densidad intelectual, sin conocer el reposo. Dieciséis horas al día, se daba, entusiasmado, a la lectura y discernimiento de las metáforas y los laberintos encerrados en los libros.

Nació en Asunción en 1917, y ya a los cinco años de edad, o sea, en el tiempo de la pandorga al viento, escribía poemas con rimas. “Para mí la rima era lo más natural del mundo”, decía.

Con los poetas Elvio Romero, Josefina Plá, Hérib Campos Cervera, Oscar Ferreiro y Augusto Roa Bastos, formó parte de aquella generación poética brillante, la del 40, aglutinada en un grupo, hasta el momento, irrepetible.

Fue no solamente un fino poeta, sino además un aventajado crítico. Quizás ha sido el más notable e internacional crítico que ha dado el Paraguay.

En su papel de estudioso de las obras nacionales y extranjeras, ha escrito libros sobre la obra poética de Elvio Romero y sobre los textos narrativos (Yo el Supremo e Hijo de Hombre ) de Augusto Roa Bastos.

Entre sus obras de crítica tienen especial valor “El arte de Juan Rulfo” (1965), que sirvió (y cuánto) a los estudiosos del autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, para comprender mejor la visión escritural del escritor mexicano.

Otra obra crítica de relevancia que forma parte de su antología es “Ricardo Güiraldes: Apología y detracción” (1986).

Estudioso metódico de la literatura

Investigó mucho en la poesía y en la narrativa de nuestro país, dando a conocer libros que nos acercan no solamente al escritor paraguayo y su contexto social, sino que además nos instruyen, nos emparejan con la lógica, pues con un modo de escribir práctico, sencillo, hizo posible la comprensión fácil de nuestra literatura.

Repartió su conocimiento en innumerables ensayos. Y sus ensayos son de valor incalculable, pues él ha sido un intelectual de agudo pensamiento y de vasta cultura. He aquí una reseña, o como se dice, un currículum suyo: Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, Master of Arts in Foreign Languages (Washington, 1949) y doctor en Filosofía y Letras (Wisconsin, 1953). Más de treinta y cinco obras de crítica nos cuentan de su entrega generosa al estudio de libros publicados en nuestra tierra y en el extranjero.

En la vida universitaria de los Estados Unidos, alcanzó la máxima jerarquía académica -Professor above scale - o profesor por encima del escalafón, obteniendo premios y honores. Ha sido director en jefe de las Commemorative Series de la Universidad de California, Riverside, y consejero literario de numerosas revistas. Fue fundador y primer director del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de California. En la capital de México fue director del Centro de Estudios de la Universidad de California (1972-1974). En noviembre de 1982, la Universidad de California le confirió el título de Professor Emeritus.

Medalla Gabriela Mistral

Entre sus galardones más importantes figuran el Premio de las Humanidades y las Artes (EE.UU., 1969), y la Medalla de Gabriela Mistral conferida por el Gobierno de Chile en 1996. Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1999.

Tenía amistad con Jorge Luis Borges (me ha contado muchas anécdotas relacionadas con el poeta argentino), con Nicanor Parra y con lo más granado de los escritores de América.

Al jubilarse en los Estados Unidos, vino al Paraguay. Y vino para seguir trabajando. Formó el Taller “Cuento Breve” en el Club Centenario. Dicho taller fue de mucha utilidad para las narradoras paraguayas, quienes vieron editados sus cuentos en numerosos volúmenes.

Sentía un especial cariño hacia Josefina Plá. Para Hugo Rodríguez- Alcalá, Josefina Plá era una poetisa como nunca se vio en estas latitudes.

Escribió numerosos poemarios. Sentía particular atracción por los romances. En ese campo, hizo un buen camino, al dar al conocimiento público obras como “Romancero de Juan Lobo”.

El portón invisible recoge poesías suyas de fina vestidura. En fin, que todo en él era conocimiento. Gustaba hablar sobre literatura y enfrascarse en proyectos optimistas. Sin faltar a la verdad, y dentro de sus humanas posibilidades, tuvo palabras para cada escritor paraguayo.

Era un niño, a veces, abierto a la poesía de la vida, de las bromas, de la conversación entre amigos.

Se nos ha ido nuestro amigo y maestro Hugo Rodríguez-Alcalá. Ha partido a ejercer su magisterio de poemas, de luces y de rimas, en un lugar distante, en no sé qué sitio hermoso de esto que damos en llamar cielo.

Primer recuerdo

Primero fue la lluvia
Fue la ilusión primera.

Vi una puerta entreabierta
que daba a un patio.

Vi sobre baldosas crearse y deshacerse
copas brillantes, sin ruido.

Vi las mojadas plantas,
vi el paredón mojado,
vi el viento impetuoso
que aplastaba
las copas instantáneas sobre el piso.

Vi contra el cielo oscuro
un tremolar de sábanas de fuego.

Vi el agua, el agua interminable
sobre los vahos del verano.

Vi, dentro, luz eléctrica:
vi unas figuras vagas
mirar la lluvia.

Yo, tras cristales húmedos,
estaba, en brazos fuertes, mudo y tibio
Afuera, la frescura
y la cristalería renovada
sobre el piso.

Y el viento rápido
que iba y volvía impetuoso...

Fue la ilusión primera.

Fue el principio del mundo.

Delfina Acosta
ABC COLOR, Asunción, Paraguay, Domingo 18 de Noviembre de 2007

ABC COLOR

Ir a índice de América

Ir a índice de Acosta, Delfina

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio