Desolación, carnaval y resistencia: la presencia neobarroca en El mundo alucinante de Reinaldo Arenas

Carolina Abello

Licenciada en Lenguas Modernas de la Pontificia Universidad Javeriana.

Tesista de la Maestría en Literatura y Profesora de inglés de la misma Universidad.

Las alucinaciones son innumerables.

Es exactamente lo que siempre tuve: no más fe en la historia,

el olvido de los principios...

debería tener mi infierno para la cólera,

mi infierno para el orgullo

y el infierno de la caricia: un concierto de infiernos

Arthur Rimbaud

 

El otoño me regala una hoja

que sin mayores trámites se apodera de mi

y convertida en hoja de papel

me obliga a dibujar en ella

mi autorretrato

Reinaldo Arenas

El mundo alucinante, una novela de aventuras (1965) del escritor cubano Reinaldo Arenas se construye a partir de la re-escritura de las memorias del dominico mexicano y olvidado prócer del siglo XIX, Fray Servando Teresa de Mier, un hombre cuyo indómito espíritu libre le trajo como consecuencia vivir perseguido por sus controvertidas e incluso visionarias ideas con respecto a la religión y al destipo político de México. Sus escritos —base para la novela de Arenas— Apología y relaciones, historia de la revolución de la nueva España (1813) y un discurso titulado, Profecía (1822) fueron considerados en épocas de Fray Servando —como lo afirma Carolina Alzate en su libro Desviación y verdad. La re-escritura en Arenas y la Avellaneda (1999)— híbridos, transgresores de su tiempo, pues su prosa fue calificada de incoherente, vivaz y agitada.

La odisea de Servando se inicia cuando siendo niño huye de Monterrey, donde un maestro tomó una vara de membrillo y se la hizo astillas en la espalda solamente porque él le hacía tres rabos a la “o” y el maestro decía que no debía hacerle ninguno (Arenas, 1965: 13). Posteriormente, lo encontramos recluido en el monasterio de Santo Domingo, en medio de las atroces condenas y prohibiciones propias de la Inquisición, la negligencia del virreinato, la miseria y la superstición del pueblo y su caída en el veneno de la literatura.

Hacia fines de 1700 sus investigaciones, gracias al conocimiento del brujo Borunda, lo llevan a afirmar en un sermón que la virgen de Guadalupe ya reinaba en América antes de la llegada de los "gachupines" —españoles establecidos en estas tierras— pues ella había llegado en la capa de Quetzalcoált, de acuerdo con algunos códices yucatecos. Este “Gran- Sacrilegio-Realizado-A-La-Virgen-De-Guadalupe-Por-Un-Fraile-Impostor-Llamado-Servando” (45) lo condenará a la furia de todo México, a la hoguera, al destierro, a ser equiparado con el demonio mismo, a andar errante para siempre, “por el hecho absurdo de haber negado la aparición de una virgen que nadie había visto” (54).

Este polémico, extravagante y brillante cura trotamundos será recluido en diversas cárceles de España, de las cuales escapará ingeniosamente para recorrer las cortes de Europa. Allí, entablará amistad con personajes como Simón Rodríguez, Madame de Stáel y Humboldt. En medio de toda suerte de peripecias por las que lo conduce su afanosa búsqueda de la razón y la libertad de América, tan solo encuentra la repetición de la tiranía, disfrazada de moralidad, por todas partes.

Ahora bien, las atrocidades, injusticias y situaciones sin salida que padece este dominico en las cárceles de México y España, durante la época de la independencia latinoamericana, se pueden releer un siglo más tarde en la vida de Arenas, durante la legitimación dogmática de la revolución cubana en los años setenta. Fue incluido en la lista negra del partido comunista y la policía secreta, limitado a publicar artículos en la Gaceta de Cuba, sin poderlos firmar. Sus obras fueron rotundamente censuradas, y tuvo que mandarlas al exterior para que fueran publicadas, tal es el caso de la novela en cuestión, galardonada en Francia, mientras que su autor estaba en Cuba, como él mismo lo afirmó en una entrevista concedida a Liliane Hasson en 1985, sobreviviendo de manera picaresca como uno más de tantos seres anónimos que transitaban las calles de La Habana. Víctima de un montaje, fue llevado a la cárcel El Morro (1973-1975) como un delincuente común, acusado de “escándalo público”. Así, tras un día tejido de fugas, capturas, trabajos forzados y clandestinos, que se repitió durante diez años, logró salir de su país en 1980 rumbo a Estados Unidos, donde vivió por diez años hasta que el sida lo condujo al suicidio en el invierno de 1990.

En este orden de ideas, se puede afirmar que Arenas se identifica con la figura de Fray Servando, como lo manifiesta en la carta-prólogo que inicia la novela: “...pero lo que más útil me ha resultado para llegar a conocerte y amarte, no fueron las abrumadoras enciclopedias, siempre demasiado exactas, ni los terribles libros de ensayos, siempre demasiado inexactos. Lo más útil fue descubrir que tu y yo somos la misma persona” (11). Dicha afinidad se fundamenta en la situación de permanente encarcelamiento y fuga que lo acerca al continuo trasegar del fraile, personaje que, como el mismo autor lo asevera, podría catalogarse como un arquetipo de la historia fatídica del género humano.

De suerte que El mundo alucinante, en sus múltiples facetas (autobiografía, biografía, novela histórica, aunque, irónicamente subtitulada de aventuras, e incluso, novela de caballería) es una alegoría de la visión que Arenas tenía del momento histórico por el que atravesaba Cuba en los años setenta, y de los ciclos engañosos que nos condenan a repetir la historia. A través del recorrido por la travesía de Servando, el lector constata con melancólica alegría que, aludiendo a las palabras de Octavio Paz, la memoria es un presente que no termina nunca de pasar.

Reinaldo Arenas juega con las estructuras semánticas y sintácticas que componen el texto de tal forma que el mensaje desolador, es decir, aquel que hace referencia a la soledad y humillación a la cual se enfrentan quienes son capaces de contradecir las ideologías impuestas por las instituciones poderosas, a la “tristeza del desterrado que es desterrado de su destierro” (127), a la radicalidad fulminante de los sistemas totalitarios y a la constatación de que todo es fraude y corrupción en las esferas elite que deciden el futuro de las naciones, se enmascara detrás del humor, la ironía, la parodia y la hipérbole. Estos elementos que atraviesan la novela tienen el fin corrosivo y desmitificador de cuestionar la omnipotencia de las versiones oficiales de la historia, aquéllas que se limitan al registro exacto e impersonal de fechas y personajes solemnes, que muestran una realidad ajena a la condición humana, es decir, carente de contradicción o fragmentación, y que, además, dejan de lado encuentros cruciales como el de José María Heredia y Fray Servando hacia 1825, el cual pasó a la posteridad gracias a la ficción y no a la historia.

El andamiaje estético de la novela de Arenas puede desvelarse a la luz de los enfoques que integran el actual fenómeno cultural denominado neobarroco, que, como lo define Carlos Rincón, es una pulsión rítmica de exceso y vértigo que se dirige a una dimensión de éxtasis, así como también, una metáfora para un estilo que se cifra en los juegos de mezcla y reciclaje marcados por una forma subyacente que evoca al barroco histórico (Rincón, 1997: 207). El viaje a través de El mundo alucinante se propone como una ruta en constante construcción, y para recorrerla no es posible seguir una dirección unívoca y estable, pues nos encontramos ante la obra como un conjunto multiforme en vía de metamorfosis, en donde la inestabilidad, la conciencia de decadencia y el pesimismo generan una concepción del mundo en la cual predomina la locura así como también la imagen del laberinto (Maravall, 1980).

En consecuencia, como lo plantea Jean Rousset en Circe y el pavo real (1982) se requiere un espectador activo puesto que la obra se hace al tiempo que éste la conoce. De ahí que Arenas invite al lector a dejarse llevar por los pliegues que conforman la historia, la cual parte de un hecho real llevado al plano de la imaginación, en donde la ficción permite constatar que lo real es sólo una de las tantas versiones posibles, ya que se abren las puertas a otras realidades que subyacen a los hechos históricos y unívocos, que adquieren vida al contactarse con la fantasía, hasta el punto de difuminar ese referente tan “real” del cual se parte, suplantándolo por otro, de carácter surrealista.

Dicho surrealismo, se cifra en las hipérboles y condensaciones que encontramos en las páginas de la novela. El propósito de ese “desperdicio del lenguaje” no es sólo desmitificar los iconos religiosos, sino también resaltar la aguda presencia del erotismo en la novela y mostrar a Fray Servando como un humano, capaz de sentir deseos de morir, de engañar o de no creer en la felicidad, y de afirmar que el placer no conoce el pecado, pues el sexo nada tiene que ver con la moral. Servando no es presentado como un héroe de la independencia o como un santo de la iglesia. Simplemente, como un hombre a quien encadenaron mil veces, sin lograr atar su pensamiento, ni su imaginación: “Y el hambre fue mucha, tanta, que yo empecé a comerme las cadenas con tal de echarle algo a mi estómago. Y me las comí. Y de esta manera quedé libre” (55).

La polifonía de voces que atraviesa el texto, que se evidencia por el desdoblamiento de su narrador en autodiegético, homodiegético y heterodiegético a la vez, indica los desplazamientos de un narrador inasible y ubicuo que presenta versiones contradictorias sin que ninguna sea privilegiada o rechazada, es decir, sin implantar autoridad sobre ninguno de los textos que fusiona. Así, pues, no existe una única versión de la realidad histórica, ya que nos enfrentamos siempre a verdades múltiples y cambiantes; por tanto, el discurso se elabora a partir de la figura del caleidoscopio, que posibilita la combinación infinita de variados puntos de vista con el fin de captar por instantes una realidad ondulante y fugitiva. Un ejemplo de esta visión caleidoscópica, sería el capítulo 15 titulado De la visita a la bruja (109) en donde tres voces, nos proponen tres finales distintos, sin desmentirlos y cerrando cada uno con la contundente frase: “Así fue”.

A pesar de que la historia del fraile es aparentemente lineal, lo cual se confirma a través de las referencias históricas explícitas o de los personajes con quienes se encuentra en su trayectoria, desde la infancia hasta la muerte, el autor nos conduce por una aparente progresión burlesca. V.g. Los títulos de los capítulos 16 y 31 (entre otros); “De mi llegada y no llegada a Pamplona. De lo que allí me sucedió sin haberme sucedido” (116), “Nuevas pero viejas peregrinaciones” (208); o durante la descripción del tiempo que pasó preso viajando por el mar: “Y acaeció que un día, aunque pudiera ser una noche... y al otro día, o sea cuando me vine a despertar, que bien pudo ser un siglo después...” (51).

Asimismo, nos encontramos ante la idea del eterno retomo, ya que la historia empieza cuando Servando parte del corojal en Monterrey, y termina con el retomo al corojal, pues el fraile, tras su muerte, emprende el viaje de vuelta a su casa, al principio; tal es precisamente la paradoja de esta (auto)biografía: todo vuelve a empezar. Del mismo modo, a pesar de que nuestro personaje visita muy diversos países, entre ellos, Portugal, Francia, Italia e Inglaterra, descubrimos que está preso en un laberinto de espejos, ya que en todas las ciudades encuentra la misma figura de miseria, decadencia y desolación. Lo cual conduce a Servando a concluir reiterativamente que no hay escapatoria, inclusive, ante la desilusión de su sueño, recurre a las palabras de Bolívar: “Predicar en estas tierras es como hacer emees en el agua” (230), pues a pesar de que se cambien los nombres de los regímenes políticos; monarquía absoluta, república o democracia, no se alcanza la libertad del hombre, y su vida sigue transcurriendo entre persecuciones y fugas apresuradas, angustiantes, absurdas y peligrosas.

Por otra parte, como lo expone Carlos Rincón (1997: 168), si el barroco se define como el arte de la mirada, el neobarroco se caracterizará por la ampliación de los regímenes escópicos, ya que está operado por el deseo en sus formas eróticas y metafísicas, dada la sobrecarga extática de imágenes y el interés por lo indescifrable de la realidad. Por tanto, la locura de ver neobarroca es palimpsesto de lo in-visible; pues se basa en el simulacro, entendido éste desde la perspectiva de Jean Baudrillard (1998: 12), es decir, ese aparentar tener lo que no se tiene, para desde esa ausencia cuestionar y desestabilizar la dicotomía entre falso y verdadero, real e imaginario.

Dicha simulación se entreteje a partir de la estructura y la forma narrativa de la novela, la cual en primera instancia parecería una novela histórica, como ya se ha mencionado, pero resulta ser una camavalización de dicho género. Sí, porque la parodia es otro de los recursos predominantes en esta novela, pues en ella abundan la profanación, la excentricidad y la fusión de géneros e intertextos. Asimismo, de acuerdo con los planteamientos de Andrea Pagni, en su artículo titulado Palabra y subversión en El mundo alucinante (Ette, 1996: 67), Arenas parodia el estilo recargado del barroco de Carpentier que apunta hacia el concepto de la identidad latinoamericana: criolla, mestiza y exótica, criticando también el hecho de poner la imaginación al servicio de las instituciones poderosas. V.g. La gran apología al señor presidente, en la que el poeta “recitaba en forma de letanía... la variedad de árboles que poblaban el jardín, su cantidad exacta de hojas, y finalmente hasta las distintas familias de hormigas que crecían en sus ramas” (224). Servando insiste en que no hay necesidad de inventar el paraíso, pues, si éste no existe, “¿para qué engañamos?” (215).

Otra de las figuras constantes en la novela, que apunta hacia el simulacro y la danza de máscaras, es la anamorfosis, ya que cada personaje sufre degradaciones hiperbólicas en animales, en monstruos, en brujas o miembros viriles que se convierten en paraguas voladores. El protagonista mismo, Servando, se desenvuelve en el claroscuro, pues algunos instantes de su vida se presentan bajo una iluminación intermitente, otros, en la oscuridad absoluta. Cándido y aventurero, teje artificios por medio de las palabras como, por ejemplo, cuando duerme a un hombre contándole historias de Don Quijote, y convertido en picaro, le roba su dinero; o cuando recurre a diversos disfraces para escapar de un lugar a otro, algunas veces es confundido con Dios, otras con el Diablo.

Cabe mencionar otro recurso que apunta hacia la presencia neobarroca en el texto; el acontecimiento tipo cómic, con respecto al cual Arenas manifestó en una entrevista concedida a Ottmar Ette, lo siguiente: “La gente se olvida de los muñequitos, de los cómics, del pato Donald, la pequeña Lulú, el gato Félix... no fue Remedios la bella quien levitó por primera vez, sino Pluto, saltando, brincando hasta las nubes y cayendo sin que nada le pasara” (1996, 75). Así, muchas veces nuestro querido Servando, cae contra el piso desde las alturas, el calor lo quema hasta derretirlo, aterriza en árboles y tejados, huye de la hoguera, aguanta terribles penalidades y picadas de bichos en las peores cárceles de España, y así llega al día de su muerte natural, para que, momificado, tampoco logre descansar eternamente, como nos los indica el epílogo, que a manera de parodia del afán cientifícista, nos remite a un pie de página, en el que se “comprueba” que Servando, siguió en su recorrido por el mundo, aún después de muerto.

Así pues, Reinaldo Arenas, al igual que Fray Servando, crea un contradiscurso para rebatir las ideologías hegemónicas que por siglos nos han alienado. A través de las alucinaciones, se borran las fronteras entre lo real y lo imaginario trazadas por el discurso de la razón, una de las armas con las que Servando luchó por la independencia en el siglo XIX, porque la otra fue la irreverencia, esa que en su infancia le hacía ponerle tres rabos a la o, aunque el maestro dijera que no llevaba ninguno.

Sin embargo, es la razón totalizante la que no permite espacio a la irreverencia y al derecho a disentir, a cuestionar los discursos provenientes de las elites de poder, y nos ha demostrado en el curso de la historia de qué manera se derrumban los imperios cimentados en la lógica racional. Como en el caso de Servando, que después de muerto siguió su camino de piedra rodante, de circo en circo, momificado, o bien de vuelta para Monterrey siendo ya un muchacho, así la búsqueda de la libertad es eterna, viene y va como las olas del mar.

Bibliografía

Alzate, Carolina (1999). Desviación y verdad. La re-escritura en Arenas y la Avellaneda. Society of Spanish and Spanish American Studies.

Arenas, Reinaldo (1992). El mundo alucinante. Una novela de aventuras.   Barcelona: Montesinos.

Baudrillard, Jean (1998). Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós.

Bustillo, Carmen (1997). Barroco y América Latina. Un itinerario inconcluso. Caracas: Monte Avila.

Ette, Tomar (1996). La escritura de la memoria. Reinaldo Arenas'. Textos, estudios y documentación. Frankfurt: Vervuert.

Rincón, Carlos (1997). Mapas y pliegues. Bogotá: Colcultura.

Rousset, Jean (1982). Circe y el pavo real. Madrid: Seix Barral.

 

por Carolina Abello

Originalmente publicado en Cuadernos de Literatura, Bogotá (Colombia), 7 (13.14): 178-185, enero-junio y julio-diciembre de 2001

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Link del texto: http://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cualit/article/view/7833
 

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